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El Encuentro Nazareno: cuando Logroño contiene la respiración

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FOTO: Cofradía de Jesús Nazareno.

Hay días marcados en rojo en el calendario cofrade de Logroño. Días que no se explican: se esperan. El Miércoles Santo es uno de ellos. Es el día del Encuentro.

Puede que sea la segunda procesión en importancia de la ciudad, solo por detrás del Santo Entierro del Viernes Santo. Pero para muchos nazarenos, es otra cosa. Es el día. El momento que se espera durante todo el año con una mezcla difícil de explicar: ilusión y nervio.

Ilusión por volver a ponerse el hábito. Por volver a sentir el peso —físico y simbólico— del paso. Por acompañar, una vez más, al Nazareno de Alejandro Narvaiza, esa imagen que no se mira: se enfrenta. La mano caída, casi humana; la mirada, que atraviesa. Una imagen que obliga a detenerse, aunque uno no sea creyente.

Y nervios. Porque en Logroño, como en tantas ciudades de Semana Santa, hay una pregunta que nunca se pierde: ¿lloverá? Hoy se consulta el móvil. Antes, bastaba con mirar al cielo… o llamar a Agoncillo. Pero la incertidumbre sigue siendo la misma.

Antes de la calle: el silencio que no se ve

Antes de que la procesión exista para el público, ocurre algo que muchos no ven. En el interior de Santiago el Real, la cofradía celebra la bienvenida a los nuevos hermanos. Desde 1993, fue pionera en Logroño en hacerlo de forma pública. Se bendicen hábitos, se imponen medallas y se pronuncian promesas que no se olvidan fácilmente. Algunos llegan por tradición familiar; otros, por convicción. Todos entran a formar parte de algo que les trasciende.

Pero hay un momento aún más íntimo. Los portadores bajan a la capilla. Allí no hay público. Solo ellos, el Cabo de Varas… y el silencio. Se dan las últimas instrucciones. Y después, un Padrenuestro.

Cada año es igual. Y cada año es distinto. Porque ahí, en ese instante, cada portador se queda a solas con su Nazareno. No es un paso. No es una talla. Es una mirada frente a otra. Un diálogo sin palabras. Y entonces se entiende todo: no se trata de cargar un paso. Se trata de ser sus pies.

La puerta de Santiago: donde empieza todo

Fuera, la ciudad ya espera. Cada Miércoles Santo, horas antes de la salida, la calle Santiago se llena. Hay quien llega con tiempo, como quien guarda sitio para algo que sabe que merece la pena. Porque lo que ocurre en esa puerta no es solo una maniobra: es un rito.

El Nazareno se acerca. Sale. Baja. Se inclina hasta casi rozar el suelo. Y, de repente, el grito: «¡Arriba!». El paso sube. Los hombros responden. Y en ese instante, algo cambia.

FOTO: Cofradía de Jesús Nazareno.

 

Pocos saben que este gesto nació por necesidad. En 1969 y 1970 se desmontaba la cruz para sacar la imagen. Hasta que una espina se rompió. Hubo que buscar una solución. Y de aquella solución improvisada nació uno de los momentos más esperados de la Semana Santa logroñesa. Lo que empezó casi en familia es hoy un punto de encuentro para toda la ciudad.

Tradición frente a tendencia

En un tiempo en el que muchas cofradías han adoptado formas importadas, la del Nazareno ha mantenido su identidad. Aquí se sigue portando a varal. Sin artificios. Sin modas. Con el peso compartido de siempre.

Porque cada paso no es solo una imagen en movimiento. Es una forma de entender la tradición. Y, en Logroño, esa forma tiene acento propio.

FOTO: Cofradía de Jesús Nazareno.

Cuando la procesión termina… pero no acaba

El Encuentro recorre la ciudad. Se produce el momento esperado. El Nazareno y su madre frente a frente. La emoción contenida. El silencio que habla. Y después, el regreso. Pero la procesión no termina al cruzar la puerta del templo.

FOTO: Cofradía de Jesús Nazareno.

Dentro, ya sin público, el Hermano Prior eleva una oración por los que ya no están. Por todos los que hicieron posible que hoy la cofradía siga caminando, más de 130 años después de su fundación. Porque en realidad, cada procesión lleva más gente de la que se ve.

Cuando el Encuentro no llega a salir

Hay años en los que el Encuentro no llega a la calle. Y entonces Logroño aprende lo que significa esperar de verdad. Porque el Miércoles Santo es, ante todo, un día de espera. Lo dicen los propios cofrades: desde que amanece, todo conduce a ese momento en el que el Nazareno cruza el dintel de Santiago. Pero no siempre ocurre. La lluvia ha dejado más de una vez el paso dentro, con los portadores ya preparados y el público aguardando fuera. Y entonces queda una sensación difícil de explicar: la de haber estado a punto.

Pero nada marcó tanto como la pandemia. Dos años sin procesión. Dos años sin ese instante en el que el paso baja hasta rozar el suelo y vuelve a levantarse entre aplausos. Dos años sin hombros, sin tambores, sin calle. Solo el silencio. «Fue frustración, pena… vacío», reconocían los propios cofrades.

Y, sin embargo, incluso entonces, el Encuentro siguió existiendo. En la memoria. En los ensayos que no llegaron a culminar. En quienes esperaban su primer año bajo el paso y tuvieron que aplazarlo. En quienes entendieron que la Semana Santa no se suspende: se queda dentro.

Quizá por eso, desde entonces, cada salida se vive de otra manera. Como si cada levantada llevara también el peso de aquellos años en los que no se pudo levantar.

Más que una procesión

El Encuentro Nazareno no es solo una cita en el calendario. Es la suma de muchas cosas: historia, fe, esfuerzo, memoria… y ciudad. Es el niño que mira por primera vez. El portador que repite. El veterano que ya no puede salir, pero sigue estando.

FOTO: Cofradía de Jesús Nazareno.

Es Logroño deteniéndose unos minutos para ver pasar algo que no se explica del todo… pero que se siente. Porque hay momentos que no pertenecen al tiempo. Pertenecen a quienes los viven. Y el Miércoles Santo, en Logroño, es uno de ellos.

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