La Rioja

Calagurris aeterna: la ciudad que vuelve a Roma

Hay un momento del año en el que Calahorra cambia realmente de piel. Sucede a mediodía cada Sábado de Pasión, cuando el sol cae recto sobre la calle y, desde un punto lejano comienza a latir el primer tambor. Es un sonido seco, profundo, que se siente casi en el estómago. Recorre las calles, se cuela entre los edificios y despierta una expectación que va creciendo sin remedio. No hace falta anunciar nada. El desfile inaugural lo impregna todo. Mercafórum empieza ahí, en ese pulso entre el pasado y el futuro. Entonces, poco a poco, aparece la historia.

«En el decimonoveno año del reinado del emperador Tiberio y bajo la autoridad de Poncio Pilatos, que este fin de semana gobierna la provincia la antigua Calagurris celebra su gran mercado artesanal, agrícola y ganadero». Y la ciudad, sin necesidad de artificios, se transforma.

La Legión VI Victrix abre la comitiva. Avanza despacio. Lo hace con una cadencia firme, medida, como si cada paso estuviera ensayado durante siglos. El sonido del metal acompaña el ritmo de los tambores, los estandartes se alzan por encima de la multitud y, durante unos minutos, todo se ordena en torno a esa presencia. Hay solemnidad, sí, pero también algo más difícil de explicar: una sensación de continuidad, como si aquello no fuera una recreación, sino una memoria de ciudad que vuelve.

Los soldados no ocultan su entusiasmo. En la forma de mirar, en el gesto contenido, en ese orgullo que atraviesa la formación. Calagurris les recibe como si el tiempo no hubiera pasado, y ellos responden ocupando el espacio con naturalidad.

Pero el desfile no es solo disciplina. Es también una expansión. A la legión se suman otros cuerpos, otras identidades que amplían la escena y la enriquecen. Gladiadores, guerreros venidos de Cantabria, miembros de la Cohors Prima Gállica desde tierras lejanas, voces que irrumpen con un inesperado «¡Viva Libia!» desde Herramélluri. La historia, aquí, es coral.

Algunos de ellos, armados con aceros afilados, no dudan en romper la cuarta pared y desafiar al público. Hay miradas directas, gestos provocadores, pequeños duelos de intensidad que arrancan sonrisas, tensión contenida y ese leve estremecimiento que mezcla juego y realidad. Porque Mercafórum tiene algo de eso: de frontera difusa.

La comitiva avanza hasta la escultura de Marco Fabio Quintiliano. Allí, el movimiento se detiene. El sonido se recoge. El espacio, de pronto, se vuelve ceremonial. Los soldados se forman con precisión y el centurión, pergamino en mano, toma la palabra. Es una declaración de intenciones. Gracias a Mercurio, dios del comercio, se autoriza la apertura del mercado. Pero no todo vale. La advertencia es clara, casi seca: nada de pillaje, mendicidad o desorden. Hay normas, hay orden, hay un marco que sostiene todo lo que está por venir. Y en ese instante —en esa lectura— Mercafórum se consagra.

Con el avance del desfile, la ciudad se convierte también en escenario arquitectónico. Las tropas atraviesan la historia. Lo hacen bajo el gran Arco del Triunfo. A cada paso, la escena se va llenando de referencias: el templo, con su mezcla de herencias etruscas y griegas, se alza como espacio de culto mientras los legionarios traspasan; después el enorme barco, réplica de las naves comerciales romanas, irrumpe en el recorrido.

Y entre ese movimiento constante, aparecen los detalles que terminan de dar sentido al conjunto. Un lararium asoma en un rincón, pequeño altar doméstico donde se honraba a los dioses del hogar; un impluvium recoge simbólicamente el agua como en las antiguas domus; y, en el suelo o en los muros, los mosaicos atrapan la mirada con sus teselas diminutas, trabajadas una a una hasta formar figuras que conectan con la Antigua Roma, como ese Baco o el ciervo que nacen de piezas de apenas un centímetro. Las tropas avanzan entre la Victoria de Samotracia, la Venus de Milo o los frescos pompeyanos, rodeadas de una escenografía cuidada al detalle que no solo acompaña el desfile, sino que lo eleva.

A partir de ahí, la ciudad se despliega y la plebe avanza entre los puestos. El arco del triunfo deja de ser un elemento simbólico para convertirse en umbral real. Tras cruzarlo, el espacio se transforma en experiencia. Los bailes emergen en las calles como si siempre hubieran estado ahí, los gladiadores ocupan el centro de las miradas con combates que mezclan coreografía y tensión, y los puestos de artesanía devuelven a la materia su tiempo original. Y entonces, sin necesidad de explicarlo, Calahorra vuelve a ser Calagurris.

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