Firmas

Cogiendo el paso: ‘Suntuosidad en tiempos revueltos’

Detalle del exorno floral en el paso de la Flagelación, el pasado sábado en Logroño. FOTO: Daniel Ortiz

Hay tardes que se quedan prendidas en la memoria de una ciudad. El pasado sábado, Logroño vivió una de ellas. El público cofrade aún se relame con los traslados de la Flagelación y el Cautivo a Santa Teresita. Una cita que, concebida como ensayo general, acabó adquiriendo rango de confirmación: notable alto, sin discusión. Y eso que el Astro, gélido y amenazante, parecía invitar a quedarse en casa. No lo logró. Ni a las cofradías, que salieron triunfales del órdago climatológico, ni al público, que volvió a demostrar que hay ganas de Semana Santa.

Hubo, además, un valor añadido que conviene subrayar: el contraste. Los recorridos trazaron un itinerario casi emocional en el que los pasos mutaban según el entorno. Del recogimiento íntimo de las callejuelas del Casco Antiguo -donde el sonido retumba y la luz se amarillenta- a la amplitud de los espacios más urbanos tras dejar atrás Portales, donde la escena se ensancha y adquiere un aire más urbanita. Dos registros distintos, complementarios, que evidencian hasta qué punto la ciudad también forma parte del relato.

El Cautivo, accediendo por primera vez a Santa Teresita. FOTO: Daniel Ortiz.

Una de las gratas sorpresas fue comprobar el empeño por dotar de solemnidad a los cortejos. Y aquí no hablamos solo de esfuerzo humano, sino también económico. Las cofradías, lejos de vivir al margen de los vaivenes del mundo, padecen sus consecuencias como cualquier hijo de vecino, aunque en distinto grado. La inestabilidad global, con sus derivadas en los mercados, ha encarecido elementos básicos para la puesta en escena de una procesión.

Sirva como ejemplo la botánica. Los exornos florales que lucieron ambos pasos el pasado sábado evidenciaron un cuidado notable, pese a que su coste se ha disparado. El tren de borrascas del invierno ha mermado la producción de viveros nacionales (menor oferta, precios al alza) y el encarecimiento del carburante, ligado a la tensión geopolítica, ha elevado los costes de importación desde países como Holanda, Ecuador o Colombia. Y, sin embargo, las flores siguen ahí. No como un adorno superfluo, sino como parte esencial del lenguaje simbólico heredado del barroco: cada especie y cada gama cromática dialoga con la escena y la completa (Enrique Salvo Tierra y Miguel Ángel Vargas firmaron un completísimo estudio al respecto en su libro ‘Botánica cofrade‘). Por si gustan de echar cuentas sobre cuánto cuesta decorar un paso, no encontrarán clavel por menos de 50 céntimos (si lo encuentran, cómprenlo).

Algo similar ocurre con el hilo de oro que sostiene muchos de los bordados que contemplamos al asomarnos a una procesión. Su precio se ha multiplicado en pocos meses -un kilo de plata fina costaba el año pasado unos 900 euros y ya ronda los 3.000– arrastrado por la subida de los metales preciosos, convertidos en valor refugio en tiempos de drones, tanques y misiles. Donde antes había cierta estabilidad -tampoco demasiada-, ahora hay un escenario volátil que obliga a rehacer presupuestos y afinar en la toma de decisiones.

Pese a todo, las cofradías no renuncian a ofrecer el mejor patrimonio posible, siempre dentro de unas economías modestas en el caso de Logroño. Y, sin embargo, no faltan voces que, ante un estreno o una restauración, recurren al fácil reproche de la ostentación: «Ya podrían gastarse ese dinero en acabar la pobreza». Una crítica que simplifica y, en muchos casos, ignora el esfuerzo colectivo que hay detrás de cada mejora. Pero, sobre todo, que olvida la labor social que llevan a cabo las cofradías cuando nadie mira.

Conviene, por tanto, cambiar la mirada. Entender que ese patrimonio no es un lujo, sino una inversión cultural con retorno social, que además genera empleos que sin la tradición cofrade ni siquiera existirían. La Semana Santa de Logroño, reconocida desde hace más de una década como Fiesta de Interés Turístico Nacional, no solo moviliza emociones: también atrae visitantes, dinamiza la economía local y proyecta la imagen de la ciudad. Lo que se ve en la calle no pertenece únicamente a quienes lo portan ni a quienes lo sienten como propio, sino a una comunidad entera que, consciente o no, se beneficia de esa mal llamada ostentación.

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