Desde Logroño hasta una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo. Ese es, a grandes rasgos, el camino que ha recorrido Razvan Borza. Llegó de niño a Logroño. Pasó por el colegio Vuelo Madrid-Manila y por el instituto Tomás Mingot. Después de estudiar en Salamanca y hacer su master en Madrid, hizo prácticas en el CIBIR y hoy trabaja como investigador en el Netherlands Cancer Institute, en Ámsterdam. «Aquí todo el mundo tiene contrato desde el principio. Eso marca mucho la diferencia», reconoce.
Ahora es coautor de un artículo publicado en Science, una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo. Detrás hay años de laboratorio, de preguntas difíciles y de una idea central: que desde La Rioja también se puede llegar muy lejos.
Razvan nació en Rumanía, pero llegó a España siendo un niño. Se crió aquí, estudió aquí y se siente de aquí. Lo cuenta con naturalidad. La biología le llevó primero a Salamanca, porque en La Rioja no existía ese grado universitario, y después a Madrid para cursar un máster en la Autónoma. El salto definitivo llegó con el doctorado en Países Bajos, donde lleva ya seis años. En ese tiempo ha trabajado en un estudio que acaba de colocar su nombre en una de las publicaciones más importantes del mundo. En el ámbito científico, publicar en Science, junto a Nature o The Lancet, es entrar en una de las grandes ligas. No porque lo demás no tenga valor, sino porque estas revistas suelen reservar espacio para hallazgos con un impacto potencial enorme.
Eso es precisamente lo que ha ocurrido con el trabajo en el que ha participado Razvan. El estudio describe el descubrimiento de un mecanismo completamente nuevo, bautizado como Zincore, una especie de «interruptor molecular» que regula qué genes se activan y cuándo. Dicho así suena complejo, y lo es, pero él mismo lo traduce de una forma bastante clara. «Los humanos tenemos unos 20.000 genes, pero no todos funcionan a la vez ni de la misma manera. Lo que hace el cuerpo es encender unos y apagar otros según lo que necesita en cada momento. Y para eso utiliza una serie de reguladores, los llamados factores de transcripción».
El hallazgo del equipo en el que trabaja Razvan tiene que ver con uno de esos sistemas de activación. En concreto, con una gran familia conocida como ‘dedos de zinc’, implicada en la lectura de una parte importantísima del genoma humano. Lo que no se sabía hasta ahora era cómo se activaban exactamente. Y ahí está la clave.
El nuevo mecanismo descrito por el equipo no solo ayuda a entender mejor cómo funciona esa maquinaria, sino que podría abrir la puerta a nuevas estrategias terapéuticas. Cuando este tipo de sistemas falla, explica, puede estar relacionado con enfermedades del desarrollo y también con cánceres. Por eso el descubrimiento tiene tanto interés. No se trata todavía de una cura ni de una aplicación clínica inmediata, y él mismo es prudente con eso, pero sí de una nueva puerta.
«En ciencia, a veces, abrir una puerta ya es muchísimo». La aportación concreta de Razvan fue especialmente importante. Él obtuvo las primeras imágenes tridimensionales del complejo mediante una técnica llamada cryo-EM, que permite observar proteínas a escala atómica. Es, por decirlo de una forma sencilla, una especie de fotografía ultradetallada de las estructuras moleculares. Sin esas imágenes, entender cómo funciona el mecanismo habría sido mucho más difícil.
Lo cuenta sin grandilocuencia, pero se nota que detrás hay años de trabajo fino, de paciencia y de mucha especialización. También de renuncias. Porque la investigación, sobre todo cuando se quiere hacer a alto nivel, sigue obligando a muchos científicos españoles a marcharse fuera. Razvan lo dice con cierta cautela, sin caer en el lamento fácil, pero la realidad es esa: en Ámsterdam tuvo desde el principio un contrato. En España, cuando él estaba terminando su formación, la opción habitual para un doctorado seguía siendo «encadenar becas».
Aun así, no se olvida de dónde empezó todo. De hecho, recuerda con especial cariño sus prácticas en el CIBIR, el Centro de Investigación Biomédica de La Rioja. Fue allí donde tocó por primera vez un laboratorio de verdad, donde empezó a entender cómo se formula una hipótesis y cómo se trabaja una pregunta científica. Fue, en cierto modo, el primer empujón real. Por eso insiste en una idea que atraviesa toda su historia: la buena ciencia también sale de La Rioja. No como eslogan, sino como constatación. Desde una ciudad como Logroño, desde un instituto público, desde unas prácticas en el CIBIR, también se puede acabar participando en un descubrimiento con proyección internacional.
Ahora escribe su tesis y piensa en el siguiente paso. Quizá Estados Unidos, si sale una entrevista que tiene pendiente. Quizá otro laboratorio, otro país, otra etapa. La ciencia, al final, también es eso: moverse, buscar, insistir. Pero hay algo que ya ha quedado claro. Que el camino de Razvan empezó aquí. Y que, a veces, desde aquí también se llega a Science.


