En Calahorra, la Semana Santa se vive, se escucha y se respira. En la ciudad este tiempo no es solo un calendario de cultos o un puñado de procesiones solemnes: es una forma de ocupar la calle, de mirar el patrimonio con otros ojos y de reconocerse, año tras año, en una emoción compartida. La ciudad entera parece acompasarse cuando se acerca la Pasión. El golpe seco de los tambores, el murmullo contenido antes de una salida, la cera encendida, las túnicas en una esquina del casco antiguo, la piedra vieja de San Francisco o de la catedral convertida en telón de fondo son los sonidos y los escenarios propios de unas fechas como las que llegan.
Ese pulso singular se sostiene sobre dos grandes columnas. De un lado, el Grupo Paso Viviente, responsable de Mercaforum y de la Escenificación de la Pasión, capaz de transformar durante unos días la ciudad en Calagurris y en Jerusalén, en mercado, foro y monte de la Crucifixión. Del otro, la Cofradía de la Santa Vera Cruz, fundada en 1554, custodio paciente de siglos de devoción, de imágenes veneradas por generaciones y de un ceremonial que ha sabido conservar la hondura sin renunciar a renovarse. Entre ambos late una Semana Santa total, donde lo religioso, lo popular, lo artístico y lo turístico no compiten, sino que se entrelazan con una naturalidad admirable.

Foto: Fernando Díaz
Este 2026 llega, además, con una novedad importante en una de sus citas más esperadas. La 43ª Escenificación de la Pasión de Cristo, prevista para el 2 de abril, Jueves Santo, estrenará recorrido. La venta del solar donde tradicionalmente se desarrollaban los juicios de Caifás y Pilatos ha obligado al Grupo Paso Viviente a rediseñar parte del itinerario en la zona del Silo, una alteración que, lejos de restar fuerza al montaje, vuelve a demostrar la capacidad de adaptación de una asociación que lleva décadas levantando una representación multitudinaria con un admirable sentido de detalle.
Antes de esa gran jornada de Jueves Santo llegará Mercafórum, el fin de semana anterior, verdadera antesala de la Pasión y uno de los momentos más vistosos de la primavera calagurritana. Los días 28 y 29 de marzo, la ciudad volverá a sumergirse en su pasado romano con la 30ª edición de esta cita ya inseparable del calendario local. Mercado artesanal, desfiles, danza, teatro, animación de calle, grupos históricos y recreaciones convertirán Calahorra en una ciudad de otro tiempo. No es un simple preámbulo festivo: Mercafórum funciona como el pórtico simbólico de la Pasión, como si el viejo esplendor romano de Calagurris preparara el escenario para el relato último del sacrificio y la redención.

EFE/Fernando Díaz
Y si Paso Viviente aporta la dimensión escénica, popular y participativa de la Semana Santa calagurritana, la Cofradía de la Santa Vera Cruz le da su raíz más antigua, su poso devocional y buena parte de su densidad patrimonial. Pocas instituciones pueden presumir de una continuidad semejante. Fundada en 1554, es una de las primeras cofradías de España y hoy sigue siendo el gran armazón de la Semana Santa de la ciudad. Custodia 19 pasos, mantiene la exposición permanente del Museo de Pasos de San Francisco —única en La Rioja— y organiza un calendario que convierte la Cuaresma en un tiempo de preparación espiritual, cultural y emocional.
La programación anunciada por la cofradía para esta Cuaresma vuelve a demostrar que en Calahorra la Semana Santa empieza mucho antes del Domingo de Ramos. Exposiciones fotográficas, el traslado del Santo Cristo de la Vera Cruz desde San Andrés, las charlas cuaresmales en Santos Mártires, el homenaje a la cruz , el pregón, la concentración nacional de bandas procesionales o la imposición de medallones a los nuevos cofrades. Es un goteo de actos que va centrando poco a poco el ambiente, como quien enciende una lámpara tras otra antes de la gran noche.

Y luego llega la semana grande. El Viernes de Dolores, con el Vía Crucis del Cristo de Medinaceli; el Domingo de Ramos, con la bendición y la procesión de la Borriquilla sorteando los puestos del Mercafórum; el Lunes Santo de los Labradores; el Vía Crucis penitencial juvenil del Martes Santo; la procesión del Santo Cristo de la Agonía el Miércoles; el Encuentro de Jueves Santo; el Silencio de la mañana del Viernes; y, finalmente, la Magna Procesión del Santo Entierro, que es mucho más que una procesión: es el gran catecismo plástico de la ciudad, el despliegue mayor de una tradición que pone en la calle 16 tallas y moviliza a miles de personas.
Pocas estampas resumen mejor la identidad de esta Semana Santa que esa procesión del Santo Entierro avanzando por Deán Palacios, San Andrés, la Enramada, el Raso, la plaza del Doctor García Antoñanzas o la Cuesta de la Catedral. Allí aparecen, una tras otra, la Borriquilla, la Última Cena, la Oración del Huerto, la Flagelación, el Ecce Homo, Pilatos, el Cristo de Medinaceli, el Encuentro, el Cirineo, la Caída, el Cristo de la Agonía, el Cristo de la Vera Cruz, el Descendimiento, la Piedad, el Sepulcro y la Dolorosa. Es casi una ciudad entera puesta en fila detrás de su memoria.

Muchas de esas imágenes poseen, además, un peso artístico y sentimental extraordinario. El Cristo de Medinaceli, de Juan Fernández de Vallejo, es una de las tallas más queridas por los calagurritanos, ligada a la costumbre popular de pedir tres deseos. El Santo Cristo de la Vera Cruz, obra de Guiot de Beaugrant, impresiona por su anatomía renacentista, por esa mezcla de dolor y serenidad que deja al espectador en silencio. La Piedad arrastra una devoción humilde y persistente, hecha durante años de modistillas, flores buscadas casi casa por casa y pequeños esfuerzos anónimos. La Dolorosa, del calagurritano Melitón Madorrán, sigue conmoviendo con su luto sobrio y esa mirada fija en la corona de espinas. Y la Última Cena, soñada durante décadas hasta hacerse realidad tras el Gordo de Navidad de 2002, simboliza también otra cosa muy de Calahorra: la capacidad de convertir un anhelo colectivo en patrimonio vivo.
Hay, en el fondo, una belleza muy propia en la Semana Santa calagurritana: la de las tradiciones que no son una postal inmóvil, sino una herencia en uso. Aquí los pasos no descansan como reliquias mudas. Se limpian, se visten, se restauran, se cargan a hombros, se acompañan con mantilla, con cirio o con tambor; se transmiten de padres a hijos, de cofrades veteranos a jóvenes trabadores, de actores a espectadores que un día terminarán entrando en la escena.
Por eso, cuando marzo decida terminar y las calles se llenen de túnicas, de antorchas y de silencio, Calahorra no solo celebrará una fiesta declarada de Interés Turístico Nacional si no que volverá a convertirse en un gran retablo en movimiento.


