Llenar el depósito se ha convertido para muchos conductores en una pequeña sacudida económica en apenas unos días. Hace dos semanas pasar por el surtidor rondaba los 70 euros; hoy roza o incluso supera los 100. La subida, cuyo detonante ha sido la escalada del conflicto, los bombardeos en Oriente Medio y el cierre del estrecho de Ormuz, ha sido tan rápida que ha generado un efecto inmediato: colas en las gasolineras, conductores intentando repostar antes de nuevas subidas y una sensación generalizada de incertidumbre.
En las estaciones de servicio ese movimiento se notó con claridad especialmente a principios de semana. «El lunes y el martes fue una pasada», explica la empresaria del sector Itziar Muñoa. «Se vendió prácticamente el doble. El fin de semana la gente empezó a ver las noticias sobre los bombardeos y el lunes todo el mundo fue a repostar».
Ese primer impulso de llenar el depósito antes de nuevas subidas no ha desaparecido del todo. Según Muñoa, aunque la avalancha inicial ha pasado, los conductores siguen apurando el momento de repostar. «La gente sigue pendiente del precio porque ve que continúa subiendo», resume.
Las cifras ayudan a entender esa reacción. En apenas una semana el diésel ha aumentado cerca de 28 céntimos por litro, mientras que la gasolina lo ha hecho en torno a 15 céntimos. Una diferencia que, trasladada a un depósito medio, se traduce fácilmente en unos 25 o 30 euros más cada vez que se llena el coche.
Sin embargo, la subida del combustible no solo golpea al consumidor. También complica el día a día de las estaciones de servicio, especialmente en las pequeñas empresas. «Mucha gente piensa que con los precios altos nos estamos forrando·», explica Muñoa. «Pero en realidad para nosotros también es peor».

EFE/ Raquel Manzanares
El motivo está en el margen de negocio. Las gasolineras compran el combustible a un precio que también se ha disparado, pero no siempre pueden trasladar toda esa subida de golpe al surtidor. «Si el precio de compra sube casi 30 céntimos y yo subo 25 o 28, esa diferencia la estoy asumiendo yo», explica. Además, entrar en una guerra de precios con otras estaciones tampoco es una opción. «Si lo subes todo de golpe puedes convertirte en la más cara, y la gente se va a otra gasolinera», señala.
La situación también ha tenido efectos curiosos en el mercado. Tradicionalmente existía una diferencia clara entre las estaciones ‘low cost’ y las grandes petroleras, pero ahora esa brecha se ha reducido. «Antes podía haber 25 céntimos de diferencia. Ahora igual solo hay diez», apunta.
A todo esto se suma un factor que las gasolineras no siempre pueden prever: los picos de demanda. La avalancha de clientes de principios de semana sorprendió a muchas estaciones. «Yo no tenía preparado tanto personal», reconoce Muñoa. «Cuando sabes que va a haber mucho movimiento, como el día antes de San Bernabé, refuerzas el equipo. Pero esto fue de un día para otro».
El aumento del precio también ha provocado que algunos consumidores cambien sus hábitos. Muchos conductores ya no llenan el depósito, sino que repostan pequeñas cantidades para evitar pagar grandes sumas de una sola vez. Otros intentan retrasar el momento de pasar por la gasolinera.
En el caso del gasoil de calefacción, el efecto ha sido también reseñable: algunos clientes intentan comprar más antes de que el precio suba todavía más. Por eso, en algunos casos, las distribuidoras están empezando a limitar los pedidos para evitar compras masivas. «En marzo la gente comienza a comprar menos teniendo en cuenta que empieza ya el mejor tiempo y está siendo al revés».

Según explica Muñoa, los proveedores también están sufriendo la presión de la demanda. El problema, en muchos casos no ha sido la falta de combustible, sino la logística: «No hay suficientes chóferes para llevarlo todo lo que se está pidiendo».
En medio de este escenario, el sector pide medidas para aliviar el impacto. Las asociaciones de gasolineros plantean que el Gobierno reduzca temporalmente los impuestos del combustible y plantean una rebaja del IVA del 21% al 10%. Según calculan, esa medida permitiría reducir el precio final entre 15 y 22 céntimos por litro.
Sería una alternativa distinta al descuento aplicado en el pasado, que obligaba a las estaciones a adelantar el dinero. «Aquello fue un jaleo porque el descuento lo tenías que aplicar tú y luego el Gobierno te lo devolvía», recuerda.
Mientras tanto, algunos empresarios han optado por pequeñas iniciativas internas para ayudar a sus trabajadores. En el caso de Muñoa, ha decidido ofrecer a sus empleados un bono de 50 euros en combustible para compensar parcialmente la subida. «Somos unas cien personas y sé que para cualquiera es complicado pasar de pagar 70 euros a pagar casi 100 por un depósito», explica.
Lo que más preocupa ahora en el sector no es tanto el precio en sí como la velocidad a la que está subiendo. «En el pasado hemos pagado gasolina cara», reconoce Muñoa. «Pero lo que nunca había visto es una subida de casi 30 céntimos en pocos días, llego toda la vida en el sector y nunca había visto esto».
Y esa incertidumbre continúa. El mercado del combustible funciona prácticamente como una bolsa diaria. «Hasta las cinco o seis de la tarde no sabemos el precio exacto del día siguiente», explica. En algunos momentos, el coste de compra de un solo camión cisterna —unos 33.000 litros— puede variar en miles de euros en apenas unos días.
De momento, la sensación en el sector es de prudencia. Nadie se atreve a predecir cuánto durará esta escalada. Lo único claro es que, al menos por ahora, el surtidor se ha convertido en un termómetro muy visible de la tensión económica global… y en una preocupación cotidiana para miles de conductores.


