La Rioja

¿Y si montamos un bar?: lo que cuesta hoy abrir un garito en el corazón de Logroño

El cierre del Brieva simboliza el fin de una etapa y revela el coste real de mantener vivo un proyecto nocturno en Logroño

La frase surge siempre igual, entre amigos, de generación en generación. En este asunto, da igual cuándo leas esto. El «¿y si montamos un bar?» llega siempre antes del penúltimo pelotazo. Un salto romántico de juventud, toda una aventura hacia la madurez vital. Montar un bar es un deseo recurrente que se topa habitualmente contra la crueldad de un ‘excel’ bien creado.

Hubo un tiempo que en el Casco Antiguo de Logroño llegaron a cristalizar locales como El Bretón o La Cartuja, dos estrellas en aquella constelación de bares de cachis que dieron forma a la noche logroñesa hasta bien entrada la primera década del siglo XXI. Entonces parecía haber alquileres razonables o compra-ventas adecuadas para ganarse la vida mientras la chavalada disponía de numerosas guaridas musicales para ir escalando en la farra nocturna: desde el primer vino, hasta el siguiente cachis con ‘kinito’, pasando por la primera copa, el chupito y lo que se diera. Bares con identidad propia que se hacían hueco en la noche logroñesa y en los corazones de sus clientes habituales. El último ejemplo, sin duda, que marca el final de una era, por supuesto, es el cierre definitivo del Bar Brieva.

El cierre del Brieva, que se ha puesto a la venta por 399.000 euros, ha sentado como un golpe generacional. No solo desaparece un bar, sino un símbolo en el que convivían televisores de tubo, vinilos, himnos que desafiaban a Spotify y una clientela que sabía exactamente cómo y cuándo sonaba ‘La mochila azul’. Su venta marca un punto de inflexión y plantea una pregunta inevitable: cuánto costaría hoy abrir un bar de copas o incluso un restaurante en el Casco Antiguo. La respuesta es algo más fría que aquellos sueños impulsivos: abrir mañana mismo un bar o restaurante exige un desembolso que va desde los 98.000 euros de los locales más económicos hasta cifras cercanas al millón, según Idealista.

El primer vistazo lo ofrecen los bares de copas actualmente en el mercado. El punto más bajo lo marca Afro Vibes, en 98.000 euros por 90 metros cuadrados. A partir de ahí, la pendiente sube: Pub 87 -calle Sagasta- se sitúa en 160.000 euros; el Mal de Amores -calle San Agustín- asciende a 180.000 euros, y el propio Brieva multiplica ese listón hasta rozar los 400.000.

Ahora mismo se está produciendo un regreso por muchos esperado: pronto abrirá sus puertas el espacio que durante muchos años ocupó el Martintxo, en plena reforma, aunque no parece que vaya a ser la guarida de ‘rockeros’, ‘punkeros’ y ‘heavitrones’. Seguirá la tendencia habitual del ‘perreo’ hasta abajo. E ilustra una tendencia que no frena: menos bares con menos personalidad, más caros, igual de angostos, con una estética idéntica, música intercambiable, sin control de acceso ni limitaciones prácticos de aforo, donde la identidad se diluye en un ecosistema cada vez más homogéneo. Salvo honrosas excepciones, conocidas por los más exigentes.

Si el sueño de los amigos púber fuese abrir un restaurante, la inversión se dispara. El antiguo Cocina de Alberto, ahora Restaurante Bombay, se vende por 650.000 euros; la Vid, con un edificio completo en la Laurel, repite esa cifra. El Tal Cual, en San Agustín, roza el millón de euros, mientras que Cecilio, en la calle El Peso, alcanza los 750.000 euros. En el tramo más asumible se sitúan Guardaviñas (180.000 en la calle San Agustín) y el Ardanza (380.000 euros en la calle Portales en un edificio en eterna reforma), aunque incluso esas cantidades exigen una inversión inicial elevada para quien quiera arrancar un proyecto gastronómico con cocina ya montada.

Mientras tanto, las calles del Casco Antiguo han ido acumulando locales vacíos. La noche ya no se vive como antes, cuando la agenda se extendía de jueves a sábado sin discusión. Ahora el ocio se concentra, los precios disuaden y los hábitos cambian. Entre jubilaciones, normativas más estrictas y la progresiva desaparición de locales con carácter propio, la escena nocturna atraviesa una transición silenciosa.

Quizás por eso la venta del Brieva se vive como el final de una época. Aquella en la que abrir un bar era, en cierto modo, una declaración de intenciones, un gesto cultural y una forma de unirse a la vida de la ciudad: «Tengo un bar, soy adulto y me busco la vida». Hoy, en cambio, requiere un capital considerable, una planificación compleja y una enorme capacidad para resistir en un mercado cambiante. La pregunta «¿y si montamos un bar?» sigue apareciendo entre amigos, pero la respuesta no solo necesita de una calculadora, un excel y un buen puñado de realismo. La romántica aventura se ha convertido en una inversión de alto riesgo en un Casco Antiguo que no acaba de encontrar un precio justo para montar un negocio: ya sea un bar, una cafetería o una pequeña tienda de alimentación.

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