El salón de Ibercaja se ha llenado este miércoles en la presentación de la octava edición de Diario de Vendimia con viticultores, bodegueros y amantes del vino para disfrutar de una charla-entrevista que ha puesto en valor el presente y el futuro del sector.
Sobre el escenario, la periodista Leire Díez ha propuesto un viaje de ida y vuelta por la historia y el porvenir de Rioja. A su lado, Pablo Franco, director general del Consejo Regulador, ha aceptado el reto sin preámbulos: hablar claro del modelo que ha mantenido a Rioja en la vanguardia durante un siglo y de las decisiones que, a su juicio, deben blindar ese liderazgo en las próximas décadas. «Somos gente de campo y de calle; nos importa el valor de cada botella pero sobre todo la imagen que transmite», ha arrancado. El tono ha quedado fijado: un diálogo técnico, cercano y, por momentos, deliberadamente disruptivo que ha tenido lugar gracias a la colaboración del Gobierno de La Rioja, Ibercaja, Brener, el Ayuntamiento de Logroño, el Consejo Regulador de la DOCa Rioja, Etilisa y Pedro Azpeitia – New Holland.
La primera estación del viaje ha sido el propio ‘modelo Rioja’. Franco ha defendido una gobernanza más integradora y colaborativa, con un pleno «que sabe asumir riesgos» y que ya ha mostrado «carácter» con decisiones de calado. Nada de volantazos caprichosos: continuidad en lo esencial, pero con una dirección más abierta y pegada al sector, «escuchando a quienes no están en el pleno, pero son actores clave». Ese es, para él, el único modo de preservar el activo más valioso de la denominación: su reputación. «Fuera nos dicen: ‘Yo quiero ser Rioja’. Ese valor hay que cuidarlo todos los días».

FOTO: Fernando Díaz
A partir de ahí, la conversación se ha adentrado en el delicado equilibrio entre el corto plazo y la construcción del mercado del futuro. Franco ha insistido en que el consumo, los hábitos y el ritmo de vida están cambiando y que el vino no es ajeno a esa transformación. Por eso, ha pedido mirar dos pasos por delante: diseñar hoy un mercado al que, quizá, quienes toman decisiones no lleguen como gestores, pero sí como herencia para quienes vienen detrás. En ese futuro inmediato, la convivencia entre proyectos pequeños y grandes grupos le parece una fortaleza: «Ser grande o pequeño es una consecuencia del éxito. La clave es entender la posición de cada cual y reconocer a quienes abrieron camino».
El ejemplo más visible de esa «disrupción con método» ha llegado esta vendimia con los nuevos rendimientos por municipio. Rioja ha pasado de fijar un único tope para toda la denominación a establecer 31 límites distintos, «una medida de control» que, además de ajustar oferta y calidad, pretende «blindar el valor de la uva y despejar sospechas» sobre cómo se gestiona. «El despliegue técnico ha sido amplio», ha explicado Franco, con vías alternativas para quienes pudieran demostrar producciones mayores por condiciones objetivas, verificaciones in situ y un objetivo claro de equilibrio». Los resultados- ha anticipado- «encajan con las estimaciones de campo, en el entorno de los 220–230 millones de kilos, un volumen que obliga a ser audaces para convertir la escasez relativa en oportunidad y no en debilidad comercial».
No ha habido número mágico cuando Leire Díez le ha pedido una «producción ideal». Franco la ha rechazado de plano: «No existe. Lo ideal es preservar las viñas ideales». Suelos de cascajo, roca viva, cepas viejas guiadas por una poda sabia que ha permitido a viñedos centenarios seguir latiendo. «Nuestra riqueza está ahí», ha subrayado. En otras palabras: la cifra es consecuencia; el fin, preservar el patrimonio vitícola y el estilo.
Ese estilo también se defiende con control sensorial. Franco ha explicado la revolución silenciosa del panel de cata: de juicios individuales a descripciones objetivas, con atributos medibles evaluados por un panel entrenado. El sistema, ha dicho, permite armonizar criterios, concentrar recursos donde más riesgo hay y reforzar el control en el vino terminado —el que llega al consumidor—, sin dejar de vigilar el vino base. El curso pasado se cataron unos 8.000 vinos y se intensificó la descalificación cuando hizo falta. «Se trata de garantizar lo que Rioja promete en la etiqueta», ha remachado.

FOTO: Fernando Díaz
El cambio climático ha ocupado, cómo no, un tramo central del diálogo. Franco lo ha planteado como reto y como oportunidad para una tierra con «una riqueza varietal todavía por explotar». Ha rescatado la memoria de la garnacha del Rioja Oriental y ha reivindicado herramientas agronómicas y genéticas para adaptarse: jugar con el graciano en zonas de alta exposición, protegerlo del sol cuando toca, retrasar ciclos, huir del automatismo de vendimiar pronto. «El calor fuerte no puede pillar a la uva en el peor momento», ha resumido. Para que ese conocimiento llegue de verdad al campo, el Consejo ha puesto en marcha una comisión de conocimiento y transferencia centrada, precisamente, en clima y viticultura. La adaptación no pasa -ha advertido- por ‘subir’ 66.000 hectáreas a la sierra, sino por combinar altitud, prácticas culturales y diversidad varietal con cabeza.
La autenticidad ha sido otro hilo conductor. Rioja, ha recordado, ha abierto su paleta con categorías de origen, espumosos o ajustes técnicos recientes pero sin renunciar a su identidad. «Huimos de la uniformidad», ha insistido. La meta es ampliar herramientas competitivas sin diluir el carácter que ha hecho de Rioja un modelo de éxito social, económico y cultural. Y, para que todo eso cale, Franco ha anunciado un plan de transformación cultural interno y externo que acerque el Consejo a viticultores y bodegas y refuerce la idea de pertenencia: «Que sientan el Consejo como algo suyo».
El tramo final lo ha ocupado el futuro en clave humana. ¿Cómo ve Pablo Franco el sector dentro de veinte años? El director general del Consejo Regulador ha respondido con una declaración de principios: personas, cultura y paisaje como eje de la acción. En definitiva «Vivir el vino».


