La Rioja

Media hora, Marc Anthony y Laura Rivas: así son las bodas civiles en Logroño

En la Sala de Retratos del Ayuntamiento de Logroño el reloj manda: media hora por ceremonia y un carrusel de emociones que nunca se repite. Aquí, la concejal Laura Rivas se ha convertido, además de hace unos días en la nueva edil de Festejos, en la ‘maestra de ceremonias’ más solicitada. «Prefiero casar antes que ir un sábado a una entrega de premios», asegura. Y se nota: sus bodas tienen un sello propio, cercano y cálido, que desmiente el mito de la frialdad administrativa. «Cuando tengo una semana mala pido que me dejen hacer bodas porque es el trabajo más grato como concejal».

Los viernes suelen ser exprés: parejas que vienen a «hacer los papeles”, escuchar los artículos del Código Civil, firmar y salir rumbo al trabajo o a una comida sencilla. Los sábados la historia cambia.  Se visten de ceremonia: novias de blanco, invitados expectantes, música, lecturas y hasta sorpresas pactadas en secreto con hermanos o amigos. A veces son 90 personas; otras, apenas seis: los novios, dos testigos, un amigo y Laura, que no duda en mover una silla para que todos se sienten juntos y la ceremonia tenga ese calor de salón familiar.

La fórmula es simple: «adaptarse a la energía de cada pareja y a sus invitados». Hay quienes lo llevan todo al milímetro y quienes improvisan. Hay tímidos que agradecen una lectura final «sobre el amor y la individualidad de la pareja» y hay fiesteros que convierten la sala en un coro improvisado. Y, si la familia acompaña, Laura se arranca a cantar: su elección casi siempre es la misma: ‘Te amaré’, de Marc Anthony. Ella entona la estrofa, marca el compás y el salón tira de estribillo. Del pudor al aplauso hay una frontera finísima; cuando se cruza, ocurren cosas bonitas: el hermano que comparte un recuerdo, la amiga que lee un poema, el padre que por fin se suelta.

Los anillos dan juego. Los hay que no salen de la caja porque alguien apretó demasiado el lazo; los hay que se confunden -«¿cuál es el mío?»- y los hay que llegan atados al collar de un perro nervioso, protagonista de más de una escena tierna y caótica. En alguna boda, Laura ha terminado casando con una niña en brazos para que la novia y madre pudiera escuchar la ceremonia sin pedir disculpas por los nervios de la pequeña; en otra, el novio, con guion pactado, pidió «un momento» para consultar con los amigos antes del «sí» y la sala estalló en risas.

El ayuntamiento está completo todo el año. Dos bodas los viernes (13:00 y 13:30) y cuatro los sábados (12:00, 12:30, 13:00 y 13:30), dos sábados al mes. La lista de espera ronda los cinco o seis meses: quien pida hoy cita, probablemente se case en febrero o marzo. Algún hueco aparece por cancelaciones de última hora -las menos-, pero lo habitual es planificar. Parte del éxito es práctico: no hay tasa municipal y la ceremonia dura lo justo. «Media hora y a celebrarlo», repite Laura, mientras gestiona tiempos para que la mañana no se alargue hasta las tres.

Detrás del «sí» hay tramitación: documentación, expediente en el juzgado, traslado al consistorio… Incluso han celebrado alguna boda por poderes. «La chica estaba todavía en su país y vino el hermano». Y, por supuesto, por aquí pasan todas las uniones de parejas del mismo sexo, que encuentran en el consistorio un escenario amable y flexible: es posible entrar con mascota, elegir música, incluir ritos como el de las piedras o preparar lecturas sorpresa.

Hay bodas fáciles y bodas difíciles: las que estallan en carcajadas y las que llegan con un duelo cercano. En todas, Laura intenta que la pareja se lleve un recuerdo: una frase, un guiño, una lámina con la rotonda de la Redonda que todos reciben y, sobre todo, la sensación de que lo que pasó allí fue suyo. Ella evita el tono institucional; prefiere hablar de amor presente, de guardar el momento en un «tarro de recuerdos» y de ese pacto secreto de sostenerse ante lo que venga.

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