Los planes de 941

Buscando las racimas en Quel: el último latido de la vendimia

Cuando las cuadrillas dan por terminada la vendimia y los tractores ya no suben por los caminos, el viñedo guarda un pequeño secreto: los pequeños racimos que se quedan en la cepa, verdes, rezagados, sin madurar del todo. Son las racimas, las uvas tardías que crecen en los ‘nietos’ de los sarmientos, brotes secundarios que llegan siempre un poco tarde al banquete oficial de la vendimia.

Durante siglos, esas racimas marcaban realmente el final del ciclo del vino. No servían para los caldos de calidad —porque su acidez era más alta y su grado alcohólico, menor—, pero tenían su propio destino. En los pueblos riojanos, especialmente en los del valle del Cidacos, se conocían como ‘el vino de los pobres’. Las viudas o quienes no tenían viñas pedían permiso a los propietarios para recogerlas, y la tradición incluso quedó reflejada en antiguas ordenanzas municipales y legislación al respecto.

«De hecho, había una especie de justicia del viñedo», cuenta José Antonio un vecino de Quel. «Los que no tenían terreno podían ir a buscar las racimas, y así conseguían algo de vino para pasar el invierno». Donde no había peticiones de este tipo, las ovejas salían ganando, porque se las dejaban entrar a comer las uvas que quedaban, y al hacerlo abonaban el campo en un ciclo perfecto.

Hoy, con las cosechadoras inundándolo casi todo, que las racimas queden en las viñas cada vez es más complicado. Pero en Quel, la memoria de ese tiempo postvendimia no se ha perdido. Al contrario: se celebra, se disfruta y se enseña a los más pequeños.

Desde hace tres años, desde el Barrio de Bodegas se recupera esta costumbre bajo el nombre de ‘La Rebusca’, una jornada festiva que rinde homenaje a la última vendimia, la de las racimas. Durante un día, una de las viñas se llena de familias, niños con cubos y tijeras de colegio, y padres que vuelven a pisar la tierra con las herramientas de toda la vida.

En unas hileras reservadas de viñedo, los pequeños aprenden a cortar racimos, a observar la vid y a comprender cuánto trabajo hay detrás de la vida en el campo. Entre todos recogen unos 70 u 80 kilos de racimas, que después llevan hasta el Barrio de Bodegas.

Allí, en la explanada junto al río, la jornada se transforma en una pequeña vendimia popular. Las uvas se echan en cunachos, los niños las pisan. «Y muchos padres también». Luego llega el turno de la prensa: una pequeña joya de madera que los chavales giran con esfuerzo hasta ver correr el zumo rosado. Lo prueban, lo comparten, y al final, cada familia se lleva una botellita para disfrutarla en casa durante unos días.

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