La Rioja

Aromas de otoño en La Rioja: setas, chimeneas y escapadas que huelen a tierra mojada

Martín baja del coche con la calma de quien conoce el monte mejor que su propia cocina. Tiene la cesta colgada del brazo, la navaja vieja en el bolsillo y un gorro de lana que le tejió su mujer hace veinte años. «No hay dos otoños iguales», dice, mientras el rocío le moja las botas. En la umbría del hayedo de Tobía, el aire huele a bosque húmedo y a tierra recién removida. Es temprano, la niebla apenas deja ver el sendero y, de cuando en cuando, un rayo de sol pinta de oro los troncos. Martín se agacha, aparta unas hojas y sonríe: «Mira, una senderuela. Buena señal.

Así empieza el otoño en La Rioja, con el gesto sencillo de quien busca setas y seguro encuentra paisajes. Porque esta tierra, cuando se enfría el aire y los viñedos se tiñen de cobre, se convierte en un mosaico de aromas, colores y sonidos: las hojas que crujen, el río que murmura, la chimenea que respira en los pueblos altos.

Desde Ezcaray hasta Alfaro, pasando por los Cameros y la Sierra, el otoño se despliega como una invitación a caminar despacio. En la Sierra de la Demanda, los hayedos se vuelven trajes de luces; en los valles del Iregua y del Najerilla, el rumor del agua acompaña a senderos que parecen dibujados para la contemplación. Basta con seguir la senda del Salto del Agua de Matute o perderse en la Reserva Natural de los Sotos de Alfaro, donde las garzas y los álamos bailan su propio final de verano.

Los fines de semana, las carreteras se llenan de coches que suben al monte con la ilusión de un descubrimiento. Familias, parejas, cuadrillas… todos buscan lo mismo: ese silencio que solo el otoño regala. En el área recreativa de Ribavellosa, las hojas caen como si alguien las soltara a propósito; en Ortigosa, el humo de las chimeneas marca el camino hacia los bares donde los pucheros y las chimeneas comparten protagonismo.

A media mañana, los pueblos huelen distinto. En San Millán de la Cogolla, el aire trae aroma a leña y a pan recién hecho. En San Vicente de la Sonsierra, los vendimiadores rematan la faena ya en el interior de sus bodegas. En los restaurantes de Valgañón o Viniegra, el menú cambia: ahora mandan los guisos, la calabaza, los pimientos recién asados, las castañas y por supuesto las setas, que llegan desde los bosques cercanos. «Se nota el otoño en la carta», comenta Carmen, cocinera de toda la vida. «El cuerpo pide cuchara y el alma, fuego lento».

El viajero, mientras tanto, sigue la carretera con las ventanillas bajadas, dejando que el olor a hoja mojada. En el retrovisor, los montes se tiñen de ocre; delante, el río Ebro serpentea entre viñas que parecen encendidas desde dentro. En cada curva hay un mirador, en cada pueblo una excusa para parar: un vino joven, una feria de setas, un mercado de productos artesanos, una conversación junto al fuego.

Porque el otoño en La Rioja no es solo una estación: es una actitud. Una forma de mirar el paisaje con otros ojos, de caminar más despacio, de recordar que la naturaleza también descansa. Al final del día, Martín regresa al coche con la cesta medio llena y una sonrisa que no necesita explicación. «Hoy no he cogido muchas —dice—, pero he cogido aire».

Y eso, en el fondo, es todo lo que uno viene a buscar. A respirar La Rioja. A dejarse llevar por su olor a leña, a vino y a tierra mojada.

*La identidad de nuestra tierra en www.productoriojano.com y en lariojaturismo.com

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