San Mateo

De la inocencia al primer beso: el San Mateo de la niñez

Los actos infantiles movilizan a padres y abuelos que recorren la ciudad con sus peques en busca de la fiesta y bonitos recuerdos

Un tal Gorka acaba de «vapear por primera vez». Se lo dice una joven de no más de quince años a un grupito de amigas que parecen haber quedado impresionadas con este giro de los acontecimientos, inesperados en pleno inicio de la adolescencia. Porque mientras analizan la jugada poco saludable del tal Gorka, las amigas esperan con cierta distancia el inicio de una nueva actuación de Gorgorito. Quieren crecer, pero siguen sintiendo impulsos infantiles. Sigue habiendo esperanza.

Es sencillo imaginar que saben cómo irá la función. Es más, les sorprende lo de vapear, pero están seguras de que los enredos de la Bruja Ciriaca no les va a coger tan por sorpresa. Han seguido sus historias una y mil veces, en otros sanmateos. Existe un tipo de fiesta diferente dependiendo de la edad. Está la que les toca vivir en plena adolescencia, con gestos inesperados por parte de amigos y conocidos que parecen querer crecer demasiado rápido y saltarse etapas a toda pastilla.

Es durante los veranos, que se cierran en San Mateo, cuando se observa, a ciertas edades, que nada volverá a ser como antes. Que la inocencia se va perdiendo para dejar la puerta abierta a nuevas experiencias: como el amor, el desamor, el desengaño, los abrazos a altas horas de la noche, las primeras discusiones por tonterías… a buen seguro el primer beso. Es ese San Mateo nocturno que durante unos años impide ver todo lo que lucen estas fiestas a la luz del sol.

Sin embargo, este grupo de amigas no quiere despedirse tan pronto de su niñez. Por eso acuden, aunque con cierta distancia y quizás por última vez durante unos cuantos años, a seguir las historias de Maese Villajero, en una plaza cualquiera de un día de San Mateo normal. Son las doce, y la expectación es máxima. Hay tres frentes: los niños ocupan los primeros puestos, llenan las sillas o el suelo. Los peques tienen preferencia. Los padres han creado un círculo de protección que permite ver la cara de ilusión de sus hijos y al mismo tiempo estar pendientes de que todo marcha bien, sin llantos por el impacto que puede generar el ruido de la estaca cuando se escucha por primera vez, y al mismo tiempo pasará a formar parte de la memoria infantil de unos niños que son todos hijos de Gorgorito, como lo fueron antes sus padres. Y a unos metros, los más alejados, algunos adolescentes siguen el asunto con algo de nostalgia camuflada en el pasotismo habitual de los quince años. Un vendedor de globos y un puesto con chuches y algún juguete acaban por transformar una plaza cualquiera en el centro de la fiesta de ese barrio.

San Mateo tiene la virtud de desempolvar recuerdos: volver a viejos barrios en los que uno creció para comer con los padres el día de San Mateo, para ver la verbena o para seguir la actuación de Gorgorito. Es un subidón de nostalgia, la buena, la que permite recordar que se tuvo una bonita infancia. Es el mejor regalo de los padres a sus hijos: la primera salida de las peñas de los toros, las vaquillas, la degustación de la Plaza del Mercado, Gorgorito, el primer champi, las barracas o los fuegos. Los Peque Sanmateos crean identidad y se registran por primera vez muchos de esos bonitos recuerdos que perduran en el tiempo.

Es la fiesta vivida a hombros de los padres. Es un peso grácil, el más bonito del mundo: captar la sonrisa cuando sale Gorgorito no tiene precio, o ver la reacción del niño cuando le saluda el Cabezudo, o pescar un patito amarillo en la feria, donde todos quieren tirar del hilo para ver qué hay en la otra punta y se se coge la bolsa más llena. Es ese algodón de azúcar, el pasaje del terror, o el pintacaras en medio del Ayuntamiento. Es pintar en un folio el escudo de Logroño en una actividad más de la fiesta.

Es recordar que vista a tus padres siendo héroes al subirte hasta el cielo de la fiesta para ver pasar a La Rondalosa camino de su chamizo, o sentirse especial por estar lo más cerca posible de esos Gigantes que giran y giran al son de la dulzaina. Es aguantar el berrinche del crío porque se le ha encaprichado el juguetito de moda para que pase ese mal rato y pueda seguir la jornada festiva. Es probar los calamares por primera vez junto a los abuelos, o ver que dan bizcochos con chocolate cuando sales de las vaquillas.

El Peque San Mateo se descubre andando la ciudad, con el programa en la mano, enfocando el día para los más pequeños, que desde el punto de la mañana y hasta los fuegos artificiales encontrarán razones para seguir las fiestas a hombros de sus padres. Porque no es sólo una fiesta infantil: es la semilla de la memoria que cada generación cuida para entregar a la siguiente.

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