En la calle Laurel, las fiestas de San Mateo comienzan con un ritual que trasciende lo meramente culinario. Minutos antes de que el cohete rompa la rutina logroñesa, todo el equipo del bar Ángel ya ha hecho su particular homenaje a la fiesta: un almuerzo compartido en familia que marca el inicio de una de las jornadas más multitudinarias del año.
Alejandro Ábalos, heredero del local que fundó su padre Ángel hace más de seis décadas, madruga cada 20 de septiembre para viajar hasta Autol y cargar su furgoneta con 500 kilos de champiñones riojanos. Con esa media tonelada regresa a la Laurel, donde le esperan su equipo para lavar, limpiar y preparar uno a uno los champiñones que, apenas unas horas después, se transformarán en los 2.000 pinchos que conquistarán a logroñeses y visitantes durante este primer día de fiestas.

FOTO: Carmelo Betolaza
«Antes de abrir las puertas de toriles, como decimos nosotros, paramos un momento y almorzamos todos juntos», explica Ábalos. El ritual incluye tortillas compradas en el cercano Sebas, un bar vecino con una de las barras más celebradas de la ciudad, y un brindis con vino rosado y tinto para dar la bienvenida a las fiestas. «Somos una familia. Mónica lleva doce años aquí, Grey diez… y este día nos une a todos. Es muy especial, muy nuestro», añade.
A las 12:01, apenas un minuto después del estallido del cohete, el bar Ángel abre su persiana. Lo que viene después es un torrente de gente y de alegría que no cesa hasta agotar la media tonelada de champiñones: 6.000 piezas, 2.000 gambas y litros de la inconfundible salsa cuya receta se guarda en secreto desde los tiempos de Ángel Villanueva y Mercedes Alegre. «Al final del día estamos cansados, pero felices. Porque hemos compartido nuestra manera de vivir San Mateo», resume Ábalos.

FOTO: Carmelo Betolaza
El bar Ángel no es un bar cualquiera. Es un símbolo. Su fundador, fallecido en 2020 a los 89 años, fue uno de los grandes nombres que convirtieron La Laurel en lo que es hoy: un referente de la gastronomía riojana. Junto a otros pioneros como José María Barrero, del Soriano, elevó el champiñón a icono universal, un pincho sencillo y popular que atrae a miles de visitantes cada año.
Lo que ocurre en el bar Ángel es, en realidad, un reflejo de lo que vive toda la ciudad. El día del Cohete, Logroño se convierte en un gran comedor popular. Cuadrillas, peñas y familias almuerzan desde primera hora en bares, chamizos, parques y hasta en mesas improvisadas en plena calle. Huevos fritos, pimientos, callos, patatas y vino marcan la pauta de una costumbre que recuerda a los almuerzos de San Fermín, pero con el sabor propio de La Rioja.

FOTO: Carmelo Betolaza
La tradición ha crecido tanto que restaurantes de prestigio se han sumado con menús especiales, mientras que en los barrios de Yagüe, Varea, La Cava o San Adrián también se organizan almuerzos. Todo para llegar con fuerzas a un Cohete que, aunque dura apenas unos minutos, marca el comienzo de una semana donde la calle, la amistad y la gastronomía son los verdaderos protagonistas.
En la Laurel, como cada año, el bar Ángel seguirá siendo una de las primeras paradas. Porque para los que han nacido y crecido en esta calle, como Alejandro Ábalos, el almuerzo previo y el brindis compartido no son solo una tradición: son la forma más auténtica de sentir que San Mateo ha comenzado.


