Oigo voces. En ocasiones, oigo voces. No sé si son los ecos de la historia o el retumbar de la desmemoria, pero las escucho. A veces gritan. Otras, apenas susurran. El otro día, por ejemplo, una de ellas decía «esto es una invasión». Me asusté. Pensé que me había dormido con la tele encendida y estaban reponiendo algún programa de Intereconomía del año 2011. Pero no. Era el Parlamento de La Rioja. Y el que hablaba no era un tertuliano cualquiera, sino un diputado autonómico. El señor Héctor Alacid. Entonces el miedo pasó a la indignación y lo que creía que eran nervios eran mis tripas revolviéndose.
Aquel día, miércoles para más señas, no se estaba debatiendo un manifiesto político ni un programa electoral. Se estaba hablando de personas. De menores de edad. De niños y adolescentes. De chicos que vienen de contextos de guerra, pobreza o violencia. De chicos que, como muchos de nuestros abuelos, cruzan el mar buscando una oportunidad. Y lo que Alacid dijo no fue solo demagogia, fue deshumanización. Habló de «invasión» como si habláramos de tanques y soldados, no de personas. Reclamó que si el Gobierno central los quiere acoger, «que se los lleven a La Moncloa», en un ejercicio de populismo zafio y cobarde. Y añadió que si hay humanidad, que sea «para nuestros mayores» o «nuestras familias», como si fuera una competición de miserias. Como si la empatía fuera un bien escaso que solo se puede repartir entre los «nuestros».
Pero lo más grave no fue eso. Lo más grave fue lo que no dijo. Lo que ignoró conscientemente. El principio de solidaridad entre comunidades, la obligación legal y moral de acoger, la labor de integración que realizan muchas entidades, los chavales que estudian, trabajan y se esfuerzan por encajar en un país que los mira con recelo. Nada de eso importó. Porque, según él, los menores migrantes «están de fiesta», «no van a aportar nada» y «hay que hablar de devolverlos». Su discurso sería gracioso si fuera el monólogo irónico de un cómico. Pero no lo es. Lo dice en serio. Se lo cree. Lo defiende. Y eso es lo realmente preocupante. No ya por él, sino por quienes aplauden con las orejas cada vez que alguien convierte el miedo en voto, el prejuicio en consigna y la ignorancia en ideología.
Ante el esperpento, fue reconfortante escuchar al presidente Gonzalo Capellán que, sin necesidad de aspavientos ni fuegos artificiales, trazó una línea roja: «Rechazo claro a la inmigración irregular, sí. Pero rechazo aún más al extremismo xenófobo que no cabe en las democracias modernas». Porque basta una frase con sentido común y un poco de decencia para colocar a cada uno en su sitio. Y es que esta columna no va de Vox. Va de nosotros. De qué tipo de sociedad queremos construir. De si vamos a dejar que el ruido tape la razón. De si vamos a permitir que los bulos, los eslóganes y los discursos del odio ganen espacio en nuestros debates públicos. O si, por el contrario, vamos a defender que vivir juntos no solo es posible, sino necesario (recordemos que uno de cada tres riojanos de entre 20 y 35 años ha nacido fuera de España).
Y ya que estamos con voces, escuchemos también las de los chicos a los que se señala. Los que ya se han integrado. Los que estudian en nuestros colegios, trabajan en nuestros comercios, conviven en nuestros barrios. Escuchemos también a sus tutores, a los educadores sociales, a las asociaciones, a los voluntarios que día a día reman contra corriente para demostrar que no todo está perdido. Quizá así empecemos a hablar de verdad sobre integración. Con datos. Con rigor. Con humanidad. No desde el miedo ni desde el rechazo, sino desde el reconocimiento de que la diversidad es una riqueza. De que nuestras ciudades no son menos seguras porque haya migrantes. Lo son porque hay desigualdad. Porque hay pobreza. Porque hay abandono. Y eso no se soluciona con expulsiones, sino con inversión social, educación, empleo y políticas reales.
Porque no es que estemos en una «invasión», señor Alacid. Es que vivimos en un mundo conectado, desigual e injusto. Y o lo entendemos, o lo sufriremos. La inmigración no se detiene con alambradas ni discursos incendiarios. Se gestiona. Se ordena. Se acompaña. Se planifica. Y si usted no está preparado para entenderlo, para aportar algo útil o para dejar de usar el Parlamento como si fuera el plató de un canal de YouTube conspiranoico, quizá el que debería hacer las maletas no es el menor migrante, sino usted.


