Hay cosas que no cambian nunca: la cuesta de enero, las cenas de Navidad con cuñado opinador y las chapuzas en las inscripciones de los actos de San Mateo. En 2025, per secula seculorum, otra vez largas filas de logroñeses con una paciencia digna de mejor causa para apuntarse al concurso de calderetas, que cada año aglutina a miles de personas en la calle Gonzalo de Berceo aunque se limite a 120 mesas (¿por qué no se ponen más y más?).

La novedad de este año, eso sí, es que la chapuza ha venido envuelta en «transparencia» y que han cambiado la ubicación de las filas. En vez de darse en Bodeguilla Gutiérrez, el colapso se ha dado en el 010. Fuentes municipales aseguran que el cambio se hizo precisamente para que todo fuera más claro, más justo, más organizado. Lo de tener a decenas de personas de pie desde primera hora, perdiendo una mañana entera para rellenar un formulario que podría resolverse en tres clics, ya tal.
Si querías sitio, haber llegado antes. Como en los conciertos, pero sin música. Una señora que ha llegado a las seis y media ha obtenido el puesto 32 y al menos medio centenar de personas que han llegado sobre las nueve -hora de apertura del servicio 010- se han quedado sin poder inscribirse en el concurso de calderetas. «Hemos estado dos horas ahí para nada», comentaba un joven logroñés al salir del Consistorio. Y eso, sin contar con la gente que ni siquiera ha podido intentar apuntarse porque no tiene la suerte de contar con la disponibilidad matutina que ‘exige’ el asunto.
Lo cierto es que en pleno 2025 seguimos sin una plataforma digital que permita algo tan básico como reservar una mesa para cocinar unas patatas. Eso sí, las mismas fuentes municipales aseguran que están trabajando en ello. Que ya llegará, pero que esto no se podía implementar todavía. Como si una pasarela de pago online fueran física cuántica o esto no llevara ocurriendo desde hace años y años.
La chapuza de este año tiene, como todas, dos partes. La primera, el caos de la inscripción: largas colas, nervios, quejas y gente que no puede ir porque trabaja. La segunda parte llegará en septiembre, cuando los afortunados elegidos tengan que volver a desplazarse —esta vez a la bodeguilla Gutiérrez— para que les asignen mesa. Un trámite que, cómo no, tampoco se puede hacer por internet.

Filas en Bodeguilla Gutiérrez (2019)
A este paso, las calderetas acabarán siendo patrimonio inmaterial del hartazgo popular. Porque lo peor de todo no es que el sistema sea anticuado, ineficaz y clasista —que lo es—. Lo peor es que ya nos hemos acostumbrado. Que año tras año tragamos con las mismas excusas, los mismos parches y el mismo desinterés por hacer las cosas bien. Total, es solo un día, ¿no? Una mañana de cola. Una tradición más. Otra página en el álbum de las fiestas que pudieron ser mejores y no lo fueron porque nadie quiso currárselo.
Pero esto no va solo de una fila ni de una mesa. Va de algo mucho más grande: de cómo una ciudad trata a su gente cuando quiere disfrutar. Va de cómo el Ayuntamiento organiza sus fiestas. De cómo se sigue pensando más en el expediente que en la experiencia. Va de la diferencia entre un evento popular y uno populista. Y de cómo, poco a poco, vamos perdiendo la esencia de unas fiestas que eran de todos para convertirlas en un trámite de calendario.

Así que enhorabuena. Hemos vuelto a fallar en lo único que no deberíamos fallar nunca: en el calor de una cuadrilla, en el olor a caldereta, en la alegría compartida y en la sonrisa de una ciudad que se siente parte de algo. Habrá quien diga que es solo una fila. Pero no es solo una fila. Es otra oportunidad perdida.


