Dice Leandro que la primera vez que cogió al vuelo un bollo fue allá por 1968. Le cayó casi por azar entre sus manos, lo recuerda crujiente. Entonces tenía ocho años y no ha faltado ni un solo 6 de agosto a la cita. Dice que aún lo guarda, seco como un canto rodado, en una caja de zapatos en la bodega de El Convento, que es un pequeño chamizo subterráneo que cada vez visita en menos ocasiones. «Es que esta fiesta es eso, ¿sabes? Es una reafirmación de lo que somos. Y es una alegría, de pueblo, de estar vivos», dice. Porque en su pueblo, en Quel, se celebra una de las fiestas más antiguas de la Península Ibérica con más de 500 años de antigüedad. Y eso da para presumir.

La Fiesta del Pan y el Queso de Quel no se celebra: se comparte. Los balcones de la ermita se llenan de brazos que lanzan 2.500 bollos y 50 kilos de queso a una plaza que los espera como quien espera un milagro. No hay codazos, y sí muchas risas. No hay prisa. Es una ceremonia. Es una fiesta central de un verano que en La Rioja suena a verbena de pueblo, tiene la textura de una buena bota de vino, y sabe a esos abrazos que solo te da alguien que te ha visto crecer desde bien mocete.
Porque si algo saben hacer bien en La Rioja es juntarse. Aquí son de cuadrilla y chamizo, de charanga con nuevos himinos, de pasodobles con la abuela y reguetón con los primos. En Nájera dan vueltas hasta perder el sentido del tiempo, empapados por el agua que cae desde los balcones como si fueran bendiciones paganas. En Haro, el vino sustituye al agua y el saludo se da a golpe de sulfatadora. En San Asensio, el clarete tiñe de rosa a una multitud que guerrea en paz.

EFE/ Villar López
Y da igual si es domingo o martes, si hay diez personas o cuatro gatos, si es en Cervera, en Muro de Aguas o en la plaza de Logroño: las fiestas aquí son un idioma común que se habla con el cuerpo, con el paladar y con el alma.
Hay quien vuelve al pueblo solo para eso. Para sacar al santo y cantar el himno, para comprar un boleto del jamón, para echar un trago del porrón en el centro social o perder al mus contra los de siempre. Se reza, se baila, se asan chuletillas, y se canta. Se va a misa por la mañana y se remata la jornada con una verbena que hace temblar los adoquines.

EFE/ Raquel Manzanares
Las calles se llenan de mesas largas donde cabe todo el mundo y la sobremesa dura hasta que la luna se cansa. Porque eso es también la fiesta en La Rioja: una excusa preciosa para estar juntos, para volver a mirarnos con el cariño de los días importantes, en la misma fiesta en la que antes participaron los tuyos, esos que ya no están.
En cada fiesta riojana hay algo de rito, de promesa cumplida. Se regresa a lo que les hace bien: a compartir, a reírse con los vecinos, a que la bota pase de mano en mano sin preguntar nada más que si «¿quieres?». Cada canción que suena en la plaza es un recordatorio de lo que son aquí: gente que celebra la vida en cuanto puede y donde puede. Que baila porque sí. Que canta sin saberse las letras. Que se abraza sin importar el motivo.

FOTO: Raquel Manzanares
Y sí, quizás el pan y el queso de Quel dure solo un instante en las manos. Pero lo que se lanza desde esos balcones es mucho más: una forma de ser, de estar, de vivir. Y eso, como los recuerdos que guarda Leandro en su caja de zapatos, no se seca nunca.
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