Tinta y tinto

Titulitis

Noelia Nuñez, de visita en Logroño en julio de 2024 | Foto: Raquel Manzanares (EFE)

Cuando alguien dimite en política en España, uno siempre piensa que algo grave ha tenido que pasar. Algo serio. Algo de cárcel, de mordida o de audios filtrados diciendo eso de «tú tranquilo, que esto lo tapamos». Pero esta semana la causa ha sido más de andar por casa: un máster que no era máster, una carrera que no era carrera. Lo de siempre, pero con una diputada del PP madrileño llamada Noelia Núñez que ha acabado dimitiendo por mentir en su currículum. En 2025. Como si no supiera que en este país no se dimite casi ni con sentencia firme.

Este tipo de escándalos son cíclicos. Cada cierto tiempo alguien se pasa de listo rellenando el apartado de formación académica y, de pronto, aparecen sabuesos del periodismo como el ministro Óscar Puente a comprobar lo que nadie suele mirar. Y ahí empiezan los titulares. Y las excusas. Y el «me equivoqué al redactarlo». Y, en algún caso, la dimisión. Breve. Silenciosa. Casi una rareza.

La titulitis es una enfermedad nacional. Una obsesión heredada de generaciones que vieron en el título universitario la salvación, la garantía, la vacuna frente al fracaso y el vestuario en el que quitarse el buzo para ponerse la americana. Pero no deja de ser eso: una ficción. En política, además, nadie te exige un título. Basta con tener carné del partido, un par de padrinos, lealtad a prueba de hemeroteca y buena cintura para bailar el son que toque. ¿Qué más da si has terminado la carrera o si el máster es de verdad? Lo importante es que se note que sabes moverte en las listas.

He de confesar que, estos días, he dedicado algún rato ocioso a repasar los currículos de nuestros políticos. Aquí, en La Rioja. Por si acaso. Por deporte. Aunque el caso María Luisa Alonso y su máster fantasma en Ciudadanos ya nos hizo una buena limpieza en 2018, siempre es buen momento para bucear entre grados, módulos, «estudios sin culminar» y algún «Bachelor» en inglés que queda muy bien aunque sea del tiempo en que Tony Blair todavía gobernaba.

Y me he encontrado maravillas. Diputados con «estudios sin culminar» o «estudios» a secas como si eso fuera un mérito en vez de un intento fallido. Otros que directamente ponen «Bachillerato», con todo el desparpajo del mundo. Y alguno con «Formación profesional» así a pelo y sin apellidos, que al menos es verdad y seguramente valga más que los tres másteres en universidades de postín donde te dan el título con un QR.

¿Qué sentido tiene llenar un currículum con carreras empezadas y no terminadas? ¿Acaso yo debería poner que soy «futbolista sin culminar» por vestir la elástica del Balsamaiso unos años? ¿O «torero sin culminar» por haber dado algún que otro pase con una vaquilla en la despedida de mi amigo Toño en Salamanca? ¿Cantante sin culminar porque mi madre creía que entonaba bien las de Estopa cuando íbamos en el coche? ¿Participante de ‘Lluvia de Estrellas’ (sin culminar)? Lo intenté, ojo. Me llevó mi padre a Zaragoza para el casting. Pero no me cogieron. ¿Astronauta sin culminar? ¿Espía internacional sin culminar?

La titulitis nos ha llevado a creer que todo vale más si está respaldado por un diploma. Las universidades lo saben. Han convertido el negocio de los másteres en una estafa con sonrisa: pagas miles de euros por alargar dos años tu adolescencia, mientras te convencen de que eso te abrirá las puertas del mercado laboral. Spoiler: no las abre. Porque cuando llegas a una empresa, descubres que nadie te pregunta por el máster. Te miran, te dan un marrón y esperan que sepas resolverlo.

La política es de los pocos oficios que no requiere título. Y, aun así, muchos se lo inventan. Quizá porque necesitan justificar que están donde están, como si no bastara con reconocer que es un sistema de lealtades internas, equilibrios personales y favores cruzados. Como si no supiéramos ya que cuando esto se acabe muchos volverán a su plaza de funcionario y otros a buscar algún despacho donde colocar la moqueta.

Por eso, lo único que echo de menos en los currículos públicos es una línea honesta que diga: «Con algo de suerte, estoy aquí por saber estar callado en el momento oportuno, por apoyar al que tocaba y por no molestar demasiado». Y eso, visto lo visto, también tiene su mérito. Quizá más que todos los títulos.

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