Voy a repetirlo, como la semana pasada, a ver si acaba calando. «Cuando vuestras parejas os presenten a sus padres, intentad parecer gilipollas profundos; luego cualquier cosa que hagáis se antojará meritoria, será automáticamente sobrevalorada». Tras el concierto del ‘grupo top’ en el que el Ayuntamiento de Logroño ha convertido a Mikel Izal, lo aplicaremos en esta ocasión a nuestros responsables públicos cuando presentan sus grandes proyectos urbanos: cuanto más rotundo el render, mayor la decepción posterior. Y si no, pasen por San Antón.
San Antón lleva más años planificándose que la Sagrada Familia. Con la diferencia de que allí por lo menos se ve alguna grúa y alguna máquina. En Logroño, no. Aquí lo que tenemos es una idea. Una promesa. Un plano en color sepia que cada varios años se rescata, se redibuja y se presenta con solemnidad como si fuera la reinvención de Times Square. Pero que nadie se asuste: no hay peligro de empezar nada. Ya ha dicho el alcalde que será «en el siguiente mandato». Que no hay que simultanear obras, que primero va una rotonda que nadie ha pedido y después… ya si eso. Todo muy lógico, como dijo Escobar: «Paso a paso y siguiendo una lógica de ciudad». Lógica inversamente proporcional al entusiasmo generado en campaña.
No es la primera vez. Con Pablo Hermoso de Mendoza al frente, y con Jaime Caballero apuntalando con Power Point, se prometió que San Antón sería peatonal, moderna, estancial, y que hasta Inditex invertiría tres millones de euros para renovar su tienda estrella. Que iba a ser un antes y un después. Lo fue, sí. Pero al revés. Hace unos días hemos sabido que Massimo Dutti cierra. Después de 35 años. Y no por obras, sino por política empresarial: ciudades pequeñas ya no interesan. Once personas a la calle. Algunas con dos décadas detrás del mostrador.
Pero tranquilos, que todo está «legitimado por vecinos y comerciantes», dice ahora el alcalde. Unos vecinos que no han visto ni una zanja. Y unos comerciantes y hosteleros que, a este paso, van a irse al otro barrio (ese del que nadie vuelve) antes de ver un bordillo nuevo. ¿Ya nadie se acuerda de las protestas de los residentes y empresarios de la calle República Argentina en la anterior legislatura? ¿Les preguntamos ahora si quieren volver a lo anterior?
Porque San Antón no es un proyecto, es una liturgia. Un rito electoral que se activa cada campaña y se archiva cada vez que alguien en el Ayuntamiento descubre que no hay ni fondos europeos (por ocho millones va ya el dinero perdido) ni fecha creíble para arrancar. Dicen que los técnicos siguen «matizando el proyecto». Llevan toda la vida matizándolo. Va a acabar con más notas al pie que la Constitución europea. Y mientras tanto, la arteria comercial de la ciudad languidece. Baja una persiana, cierra una tienda, se va otra marca. San Antón se nos ha quedado vieja sin que nadie la toque. Un render en coma inducido.
Hace unas semanas tuve la ocasión de pasarme por Oviedo, esa ciudad por la que tanto se pasa nuestro alcalde, y, ya que hay confianza y buena relación, le lanzo un consejo: aproveche el próximo viaje (con o sin gaitas de fondo) y tome notas de cómo se cuidan allí las calles comerciales, cómo se miman los centros urbanos y cómo se actúa con agilidad para que el comercio no se muera esperando una promesa. Porque aquí llevamos lustros vendiendo humo… y ni siquiera es aromático.
Algunos piensan que esta calle está gafada. Yo creo que es peor: es una calle de Schrödinger. Está viva y muerta al mismo tiempo. Tiene futuro… pero nunca empieza. La reformamos, pero no la tocamos. La convertimos en emblema, pero la dejamos morir. Y así vamos haciendo ciudad, paso a paso. Hasta desaparecer.


