Tengo la inmensa suerte de vivir el vino y de vivirlo en Rioja. Como periodista sentí el privilegio de conocer los pliegues de esta tierra de la mano de bodegueros y viticultores por todos los puntos cardinales de la región: terruños magníficos, paisajes memorables, personajes de leyenda y vinos trascendentales. Ahora estoy dentro de una bodega y cuento el Rioja -su historia y sus valores- por los distintos confines a los que me envían mis compañeros y noto el asombro que provoca una narrativa bella y medida cuando se dota al vino de todo lo que merece una bebida única que tiene la insólita cualidad de hacernos viajar a través de sus aromas y sus texturas.
Pocas cosas como el vino y la literatura tienen la capacidad de crear mundos; los bodegueros celebran la facultad humana de rebuscar significados a través de la imaginación que no solo narra una historia, sino que da vida a múltiples universos con su propia lógica y el relato que es capaz de diseñar cada una de las bodegas: grandes, medianas, pequeñas, pequeñísimas y hasta las unipersonales. Todas ellas siempre han cabido y convivido en Rioja.
Rioja es un milagro. Y como Macondo, un escenario donde lo cotidiano y lo fantástico se entrelazan; lo mágico y lo real te asaltan a cada paso y al igual que en la utópica ciudad de García Márquez en ‘Cien años de soledad’, Rioja vive en sus contradicciones, de su riqueza cultural y en sus cicatrices históricas. Es un lugar que evoca tanto orgullo como melancolía. Su atractivo radica en su capacidad de ser a la vez local y universal, histórica y mítica, real e inventada.
Solemos ser el reflejo que desprendemos. Hace unos días tuve la inmensa suerte de catar un vino riojano de casi cien años y me desquité a mí mismo de la absurda creencia de que solo la literatura puede preservar lo que el tiempo destruye. El acto de escribir es un acto de creación y destrucción, como el vino, que desaparece en el instante mismo y deja una huella que se va transformando porque la memoria es un territorio insondable.
Rioja es un estado de ánimo. Como Macondo en la novela de García Márquez. Un crisol de historias y también una meditación filosófica sobre el absurdo y la belleza de la vida, por eso cada cual la bebe y la vive como le da gana. Yo la tomo a sorbos, sin prejuicios y a sabiendas de que también nos relaciona con cada lugar y con las personas que hacen de los pueblos territorios para la vida.
Macondo desapareció por un huracán. El momento de la destrucción ocurrió cuando Aureliano, el último de los Buendía, leía su propio destino en un viejo pergamino en el que se narraba la historia por completo, desde la fundación de Macondo hasta su propio presente, incluyendo el momento exacto de la destrucción, “porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tendrán una segunda oportunidad sobre la tierra”. Aprendamos de Macondo, no destruyamos el milagro con una maldita profecía autocumplida.


