Tinta y tinto

Repartámonos mejor

La Semana Santa ha dejado, un año más, imágenes repetidas en los telediarios: atascos, trenes llenos y rutas de montaña convertidas en procesiones de excursionistas. Todo el mundo parece querer escapar… y casi todos escapamos a los mismos sitios. Las redes sociales, las listas de «imprescindibles» y las recomendaciones de portales turísticos acaban dirigiéndonos en masa a los mismos puntos de siempre. Y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. En unas vacaciones en el Algarve hace unos años, coincidí en una excursión en un barco con una pareja italiana que también estaba por allí al disfrute de los días sin laburo. Tres días más tarde, a casi cien kilómetros de la primera isla, volvimos a coincidir en un restaurante de esos que «no te puedes perder» si visitas Portugal. Y así con todo.

Este año, como siempre, tiré con el coche para Villavelayo por aquello de hacer aprecio a las torrijas de madre. Donde todos nos conocemos, donde no hace falta reservar para caminar, para respirar o para encontrar un banco libre en la plaza. Donde las conversaciones nocturnas son más largas que las colas en el garito de moda. Donde el tiempo todavía parece moverse a un ritmo humano. Mientras allí respiraba ese aire frío y limpio que sólo ofrecen los pueblos pequeños en primavera, leía en el móvil una noticia que parecía de otro mundo: la masificación de la Sierra de Guadarrama en Madrid. Senderos a rebosar, parkings desbordados, recomendaciones oficiales de no acudir porque no cabía un alfiler más. Caminos diseñados para el sosiego convertidos en una nueva Gran Vía. Me preguntaba, entonces, qué nos lleva a todos a concentrarnos en los mismos lugares, en las mismas fechas, como si no hubiera miles de alternativas esperándonos un poco más allá.

Quizá es comodidad. Quizá es miedo a equivocarnos. O simplemente esa necesidad moderna de ir donde hay que ir, de tachar lugares en una lista infinita de «sitios que debes visitar antes de morir», como si la vida fuera una carrera de validaciones. Sea como sea, necesitamos repartirnos mejor. La naturaleza de verdad, los pueblos que mantienen su alma, los caminos que no salen en las guías virales (ya quedan pocos), siguen estando ahí. Esperándonos. Las 7 Villas de La Rioja, por ejemplo, son un pequeño tesoro que sigue vivo: naturaleza, aire puro, deportes al aire libre, sendas para caminar o pedalear, iglesias que cuentan historias y plazas donde todavía se saluda por el nombre. No hace falta irse lejos para encontrar la paz; sólo hace falta mirar donde casi nadie mira.

Ya sé que no muchas personas van a mudarse de golpe a estos pueblos. Lo escribo, no sin cierta ironía, desde la comodidad de nuestra redacción en Logroño. Soy consciente de que la vida en Villavelayo, en Brieva o en Ventrosa no es para todos. No hay centros comerciales ni cafeterías de franquicia, ni probablemente llegue el último modelo de fibra óptica que nos prometieron. Pero sí hay algo que falta en muchos sitios: comunidad. Silencio. Tiempo. Aun así, pienso que hay una oportunidad real para dar vida a estos lugares. No como parques temáticos rurales de fin de semana, sino como espacios de proyectos de vida auténticos, alejados del ruido de las grandes ciudades. Hay quienes no quieren el vértigo de Madrid, el alquiler imposible de Barcelona o la saturación de Valencia. Hay quienes preferirían criar a sus hijos en un sitio donde la bicicleta sea el transporte oficial y donde el bar del pueblo se convierta en el mejor networking.

Siempre he pensado que la burbuja de las grandes ciudades estallará para muchos cuando llegue otra crisis económica —y llegará—. La pandemia fue una alerta, pero la memoria es corta. La próxima crisis volverá a recordarnos que la vida en provincias, con todas sus limitaciones, ofrece una calidad de vida que el metro cuadrado de la gran urbe jamás podrá comprar. Cuando ‘bajo’ a Madrid y veo muchos negocios de hostelería recién abiertos por inmigrantes o a muchos jóvenes de cara al público —peleando alquileres imposibles, malviviendo para pagar un trastero convertido en vivienda— no puedo evitar pensar qué podrían construir aquí, en Logroño, en Calahorra, en Haro, en Arnedo… Un piso tres veces más grande, tres veces más barato, en un lugar donde todavía se puede cruzar el centro caminando sin calcular cuánto tardarás.

Claro que el trabajo no lo es todo. Se necesita también una apuesta política real, inversión en servicios, infraestructuras y acceso a la vivienda asequible. No basta con decir «venid a La Rioja» o «venid al mundo rural» como si eso fuera una cuestión de voluntad. Pero tampoco podemos seguir concentrándolo todo en los mismos tres barrios de las mismas tres ciudades mientras otros lugares se apagan sin hacer ruido. Villavelayo, y tantos otros pueblos, siguen siendo una oportunidad. Para quienes buscan otra manera de vivir. Para quienes entienden que la riqueza no siempre se mide en número de habitaciones ni en likes de Instagram. Para quienes saben que a veces el mejor viaje es aquel en el que no hace falta moverse demasiado para encontrar lo que importa.

De momento, mientras se debate todo esto en congresos y estrategias de dinamización rural, yo me conformo con pedir algo sencillo: repartámonos mejor. No hace falta descubrir Roma o la Semana Santa de Sevilla para pasar unos buenos días. A veces basta con mirar hacia donde aún no han llegado los flashes ni los atascos.

¿Quieres recibir a primera hora del día toda la información de La Rioja en tu e-mail?

* campo obligatorio
To Top