Gastronomía

El Festival del Ajo sin un ‘filetito’ debajo

En La Rioja hay una fiesta que no tiene himnos, pero sí brasas. Que no necesita discursos, pero sí gavillas encendidas. Una fiesta donde lo más sencillo -el ajete fresco, el huevo, el pan y el vino- se convierte en un símbolo poderoso de identidad colectiva. Arnedo celebra este Jueves Santo su vigésimo Día del Ajo Asado, y con él, dos décadas de orgullo, memoria y sabor compartido.

La jornada arrancará temprano, cuando aún se note el fresco de la mañana. Desde las 9:00 horas, las brasas comenzarán a caldear el ambiente gracias a las 600 gavillas a las que se les pretende dar fuego. Un ejército de voluntarios, vecinos y la brigada municipal de obras se encargarán, como cada año, de poner en marcha esta maquinaria que huele a origen y a raíces.

A eso de las 11:30 horas comenzará la gran degustación: 9.000 ajos y más de 2.300 huevos asados al calor de la lumbre, servidos en raciones con pan y vino por 4 euros. Y como recuerdo de esta edición especial, quienes adquieran su tique se llevarán también una bolsa conmemorativa. Hasta las 14:30 horas, el humo será el hilo conductor de una jornada que une generaciones.

Música, vino, y el aroma de la memoria

La Ronda del Emboque pondrá banda sonora a la mañana entre las 11:30 y las 13:30 horas, y este año, como novedad, la Puerta Munillo se convertirá después en una pista de baile improvisada con una sesión a cargo del arnedano Orlando Muro, miembro de la Asociación Casco Antiguo, organizadora de la fiesta.

Pero la celebración no se acaba ahí. El ajo fresco, humilde protagonista del día, se reinventa en las barras de 36 bares y restaurantes de Arnedo gracias a la Ruta del Pincho de Ajo, donde cada establecimiento aporta su visión de este producto tan local. De esos 36, 21 competirán por los premios Ajo Asado (José Moreno XXI), Huevo Asado (Avícola Preciado), Bodega Vico y el Premio del Público, que se decide en redes sociales.

Una tradición nacida de la tierra y del corazón

Lo del ajete no es una moda: es herencia. Desde diciembre, junto al Cidacos, se planta lo que se cosechará en primavera. No se trata de otra cosa que del ajo en su estado más tierno, arrancado antes de que brote la cabeza. Un bocado breve, sabroso, que habla de huertos, de paciencia y de una cultura que entiende el ritmo de la tierra.

La alcaldesa Rosa Herce lo dice claro: “Es una cita imprescindible para Arnedo y su gente”. Porque si bien el turismo lo agradece, la esencia de la fiesta es otra: hacer comunidad. Abrir la puerta al que viene de fuera. Sentarse juntos a comer con las manos. Reconocer en lo sencillo lo valioso.

Veinte años después, el Día del Ajo Asado no es solo una fiesta: es una declaración de amor a las raíces. Una excusa para volver a casa, o para descubrirla por primera vez. Y mientras siga habiendo brasas, huevos, ajetes y pan, Arnedo tendrá mucho que decir.

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