Obituarios

«Hoy se cumple un año y todavía no hay palabras»

Querida Yoli:

Hoy se cumple un año que te fuiste, y todavía no logro encontrar las palabras exactas para describir lo que ha sido este tiempo sin ti. A veces, parece que fue ayer cuando me llamabas para vernos, para tomarnos un café, para hablar de la vida como hacíamos siempre. Y otras veces, la ausencia pesa tanto que el tiempo se siente eterno.

Tu partida fue tan repentina, tan injusta. Un accidente absurdo, cruel, que nos arrebató a alguien que todavía tenía tanto que dar. Nadie está preparado para perder así, de un momento a otro, sin un último abrazo, sin una despedida, sin poder decir todo lo que uno lleva dentro. Pero, aunque no tuve la oportunidad de decirte adiós, quiero aprovechar estas palabras para decirte todo lo que si tuve la suerte de vivir contigo.

Fuiste, y sigues siendo, una de las personas más valiosas que han pasado por mi vida. Tu bondad, tu risa contagiosa, tu forma de entender el mundo desde el amor y el compromiso… eran y son, un ejemplo. Toda tu vida entregando tu tiempo, tu energía y tu corazón a los demás. Nunca lo hiciste por reconocimiento ni por obligación: lo hacías porque era tu forma de estar en el mundo. Porque realmente te importaba la gente. Porque sentías en lo más profundo de ti que ayudar al otro era una forma de amar.

Y eso lo llevabas también fuera del trabajo. No solo fuiste trabajadora social de profesión, fuiste una cuidadora nata en todo lo que hacías. Conmigo, con tu gente, con quien te cruzaras. Tenías una forma muy tuya de hacernos sentir escuchados, comprendidos, sostenidos. Yo siempre podía contar contigo, y no solo para buscar consuelo o apoyo. También para compartir una risa, una charla sin prisas, un café que se alargaba porque no queríamos que se terminara. En esos momentos cotidianos me enseñaste muchas cosas, a veces sin decirlas directamente: que la vida se vive desde los gestos pequeños, desde la escucha atenta, desde el cariño constante.

Echo de menos tus consejos, tu mirada que entendía más de lo que decías en voz alta, tu presencia serena. A veces me pasa algo y pienso en que me habrías dicho tú. Y es curioso, porque casi siempre logro escucharte en mi memoria. Como si tu voz se hubiera quedado grabada, no solo en mi mente, sino en mi manera de ver las cosas.

Hoy, al recordarte, siento dolor. Pero también siento muchísima gratitud. Porque tenerte en mi vida fue un privilegio.

Porque me diste tanto. Porque fuiste ejemplo, sostén, alegría, Porque dejaste un legado que va mucho más allá del trabajo que hiciste o de los años que viviste: está en cada vida que tocaste, en cada persona que ayudaste, en cada uno de nosotros que tuvimos el honor de quererte.

No sé si algún día el vacío que dejaste se hará más llevadero. Pero si sé que tu presencia no se va con la muerte. Estás en mis recuerdos, pero también en mis gestos, en mis decisiones, en la forma que intento estar para los demás. A veces pienso que ese es tu legado más bonito: haberme enseñado, sin pretenderlo, a ser un poco más como tú.

Gracias, tía Yoli. Por tu risa, por tu sabiduría, por tu dulzura, por tu fuerza. Gracias por haber sido faro en vida y seguir siéndolo, de otra forma, ahora.
Te echo mucho de menos. Hoy y siempre.

Con todo mi cariño, tu sobrino Jonathan.

¿Quieres recibir a primera hora del día toda la información de La Rioja en tu e-mail?

* campo obligatorio
To Top