CARTA AL DIRECTOR

Centralismo y privatización: matar o dejar morir al Hospital de Calahorra

Hoy, en Calahorra, el lugar del martirio no es la Catedral, sino el Hospital. Los mártires no son Emeterio y Celedonio, sino sus usuarios y trabajadores. La sentencia no viene de Roma, sino de Logroño. Quien la firma no es Diocleciano, sino Capellán. Y quien la ejecuta no es un centurión, sino la consejera de salud María Martín. No son el paganismo y el imperialismo romano contra el cristianismo provinciano, sino la privatización y el centralismo logroñés contra los servicios públicos y la dignidad de La Rioja Baja.

La situación que atraviesa el Hospital Comarcal de Calahorra, el hospital de un cuarto de la población riojana, es crítica. “El paciente se nos va”, pero no por una negligencia médica, ni muchísimo menos, sino por una clara decisión política. Seguro que los lectores han tenido ocasión de informarse sobradamente a través de los medios de comunicación o en conversaciones con trabajadores y usuarios del centro médico, que conocen de primera mano cuál es su situación, así que, a lo largo del presente texto, me limitaré a exponer las que me parece son las dos principales patas de este problema: el centralismo logroñés y las políticas de privatización.

Sabemos bien en La Rioja Baja que, en muchas cuestiones, a efectos prácticos, somos riojanos de segunda o, directamente, ni siquiera somos riojanos. Porque, para muchos capitalinos, La Rioja se limita a Logroño y su periferia. Y es que, pese a que La Rioja es una de las comunidades que más financiación estatal recibe en relación a su contribución, eso no siempre se refleja en los porcentajes que desde Logroño se destinan a nuestra comarca en los presupuestos regionales, en este caso, a nuestra sanidad, ya que parece que el Servicio Riojano de Salud no es sino el Servicio Logroñés (o Filoprivado, como más adelante desarrollaré) de Salud. Es lo que tiene ser una Comunidad Autónoma uniprovincial muy centralizada: todo desde Logroño; todo para Logroño.

Ejemplos hay muchos. Un caso paradigmático puede ser la gran movilización que generó hace 25 años la destrucción del puente de hierro de Calahorra, el más antiguo de La Rioja. Una infraestructura de gran valor patrimonial que no molestaba a nadie y que podría haberse conservado sin ningún problema. Pero había que demostrar quién mandaba. Y así se hizo; adiós puente. Un ejemplo de tantos en estos últimos años.

Pero quiero irme más de un siglo atrás, a junio de 1892. En aquél entonces, lo que desde Logroño querían quitarnos no era un servicio de primera necesidad ni una parte de nuestro patrimonio, pero era algo que tocaba muy profundo en el ser de los calagurritanos; el obispo. Fueron muchas y muy intensas las movilizaciones, y la traslación de la silla episcopal sí se logró parar. Sobre este hecho escribió el padre Lucas en 1925 unas palabras que parecen hoy más vigentes que nunca: “Por eso, en el año 1892, en aquella fecha memorable, cuando, dominadas las alturas por el enemigo, dirigía éste sus certeros proyectiles contra una ciudad que, cooperando siempre al esplendor de otra, se cubría con su única vestidura en el valle de la humildad.

Cuando Calahorra, a la par que contemplaba sin pasiones, la profusión con que el tesoro español ha decorado y enriquecido en su interior y en sus afueras a la ciudad de Logroño, ella mendigaba como sigue mendigando, unos míseros tablones con los cuales repara, y con retraso, su puente del Cidacos. Cuando se la quiso desnudar de su único y precioso manto…, entonces, se sintió tan fría, que comprendió debía reaccionar con un movimiento extraordinario, con agitación briosa; y, en aquél día, solamente los enfermos agónicos permanecieron en el lecho del dolor. ¡Qué triste espectáculo es ver desnudar a un pobre para vestir a otro ser bien acomodado y rico! Eso hacía aquél orden de cosas.” (Historia de Calahorra y sus Glorias, I, p.335)
Calahorra vuelve hoy a sentirse fría, y el movimiento de reacción debe ser igual de extraordinario, brioso y agitado para frenar, de nuevo, este ataque desde las alturas.

Siguiendo con el paralelismo, tuvo suerte el pasado jueves la consejera María Martín de que la echasen –arropada, eso sí, por su séquito de palmeras y palmeros con sueldo público– solamente con abucheos y gritos cuando intentó dar un mitin con un discurso propagandístico durante la asamblea ciudadana, mintiendo en la cara de quienes conocen la situación que atraviesa el centro hospitalario de primera mano. Mucha suerte. Al gobernador que, aquél día de junio, bajó, altivo, desde Logroño a Calahorra para denigrarla, le abofetearon, le arrancaron medio bigote y tuvo que salir escoltado por el ejército.

Hay que tener el rostro de acero para presentarse con esa altanería cuando Martín lleva meses dando la espalda a los trabajadores y cerrando cualquier canal de diálogo a través del cual escuchar sus reivindicaciones. Todas las promesas que pueda hacer la consejera ahora que la situación ha escalado –cantos de sirena que serán respondidos con genuflexiones por parte de todos los ediles populares de La Rioja Baja, que ponen por encima su lealtad al partido que a los ciudadanos que representan– no serán más que soplos de voz que no se compadecerán con la realidad patente con la que chocan usuarios y trabajadores del hospital desde hace meses.

Pero no hemos de quedarnos en disputas provincianas, que son sólo la punta del iceberg. La otra pata del orden de cosas que hoy actúa en esta operación perfectamente orquestada de desmantelamiento del sistema asistencial público de la mitad de nuestra comunidad, y la más fuerte, se llama privatización. Y es una estrategia clara, aunque no sea un proceso directo y abierto como el que se intentó llevar a cabo en 2012, cuando se quiso poner en manos privadas una fundación que fue pública desde la apertura del hospital en el año 2001 hasta su torticera integración en el SERIS. Porque, para privatizarlo, no les hace falta venderlo y matarlo, sino solamente infradotarlo y dejarlo morir. Un lento desangramiento que ya ha comenzado, pero que se puede frenar con un torniquete de respuesta ciudadana.

Ha sido tan sencillo como eliminar los órganos de dirección y de coordinación del propio hospital, que conocían de primera mano sus necesidades y problemas y lograban un buen funcionamiento tanto en el plano laboral como en el asistencial, pasando a tomarse ahora todas las decisiones desde Logroño, sin conocimiento ni interés. Porque, además, no se gestiona igual un hospital comarcal que uno de referencia. Tan sencillo como no cubrir las bajas de personal o las vacantes que resultan de una jubilación o un traslado, no publicándolas en las ofertas de empleo público o trasladando ese puesto a Logroño. Tan sencillo como cargar a especialistas con carteras de pacientes que no les corresponden sin aumentar sus jornadas ni sus retribuciones, obligando a muchos a huir en busca de otra plaza con mejores condiciones. Porque si los contratos que se ofrecen en un hospital como el de Calahorra, que no es de por sí una plaza jugosa, son, además, precarios y, en muchos casos, temporales, ningún médico va a querer venir a trabajar aquí. En resumen, privatizar es también desatender y maltratar lo público.

Porque este problema, que ellos mismos crean, que supone aumentar considerablemente las listas de espera, cuando hasta hace apenas un año había derivaciones desde el San Pedro a Calahorra para aliviar sus listas de espera, se soluciona derivando ahora las operaciones a centros privados. En este caso, a Viamed Los Manzanos, un hospital que se construyó en 2004, bajo gobierno del PP con Pedro Sanz como presidente, y en cuya empresa gestora, el Grupo Viamed Salud, ocupa altos cargos algún familiar directo del expresidente. Porque en Madrid es Quirón con el novio de Ayuso como cabeza del nepotismo, y en La Rioja es Viamed con algunos nombres que saltarían los colores a más de uno si se hicieran públicos. Porque el problema es que Capellán y Martín en el gobierno son servidores de lo privado desde lo público.

Tienes un hospital muy eficiente. Tanto que, desde Logroño, se derivan intervenciones a Calahorra para aligerar sus listas de espera. Una eficiencia y buena gestión que ha sido motivo de premios. Pero llegas al gobierno y haces que esas intervenciones se deriven a la privada antes que a ese otro hospital público. Empiezas a desmantelar ese hospital y lo justificas diciendo que no estaba empleando toda su capacidad, escondiendo que eso se debe, precisamente, a que ahora es un hospital privado en quien recaen las intervenciones que antes se realizaban en él. La pescadilla que se muerde la cola.

Se están derivando incluso intervenciones ordinarias a los Manzanos. Y son muchos los pacientes a los que, pocos días o incluso horas después de recibir la notificación de su lugar en la eterna lista de espera, reciben una llamada de los Manzanos, que misteriosamente tiene todos los datos del paciente, ofreciéndole una intervención inminente. Y, además, si el paciente se niega, se le penaliza y éste puede ver cómo baja todavía más en la lista de espera. No sólo se desvían fondos directamente de la sanidad pública a la privada, sino que hay, además, una ilícita trasferencia de datos médicos de pacientes.

Pero se creen que somos tontos y que nos pueden tomar el pelo. Dicen que no se va a reducir el número de camas porque ellos hablan de camas como muebles, no de plazas para ingresos. Y por muchos colchones que tengas, si ahora sirven para que se sienten pacientes de intervenciones ambulatorias, sí; estás reduciendo el número de camas.

Dicen que se ha aumentado el personal del SERIS, pero es evidente que, si se integra un personal que hasta ahora era dependiente de una fundación pública, se incorpore el porcentaje que se incorpore al sistema, va a crecer. Pero que haya más contratación en el SERIS no quiere decir que aumente la plantilla del Hospital, cuando, de hecho, ni siquiera están cubriendo vacantes y ni mucho menos se está aumentando el número de plazas.

Tiene que quedar claro que esta senda que el gobierno de La Rioja ya ha marcado y decidido sólo conduce a dos lugares: la venta y privatización del hospital, o su cierre definitivo tras convertirse, primero, en un centro de intervenciones ambulatorias y, más tarde, en un centro de higiene rural hasta reducirse a su mínima expresión.

Y, por último, es importante decir, aunque desde la plataforma ciudadana SOS Hospital Calahorra se haya afirmado que son un movimiento sin ideología, que, evidentemente, hay aquí una cuestión ideológica. Porque todo en esta vida es político e ideológico, que no partidista, y eso no es malo; es la realidad. Están aquí en juego dos modelos: el del liberalismo salvaje que aboga por hacer de todo negocio, incluida la salud, y el que se lo pueda pagar que se lo pague y el que no, allá penas cuidado; y el de un estado social y de derecho fuerte, que brinde y blinde el acceso a todos los ciudadanos a los servicios públicos necesarios para la vida. Y la lucha que se ha iniciado es una lucha política, de defensa del estado del bienestar y de los derechos sociales, y una lucha de clases, porque, si se acaba con el sistema público de salud, serán pocos y con la cartera por delante los que tengan acceso a una atención médica especializada y de calidad. Sólo hay que mirar a los yanquis para comprobar de lo que hablo. Así que, sí, esto es una cuestión política, y espero que quienes estén preocupados por la situación actual y el futuro de nuestro Hospital, voten en consecuencia en las próximas elecciones. Si no, no habrá servido de nada.

Expuesto todo esto de forma somera, quizá algo torticera, con mucho ímpetu y con la rabia de quien ve cómo pisotean los derechos de sus vecinos y los suyos propios, sólo me queda hacer un humilde llamamiento a la movilización y a la lucha ciudadana para defender los derechos de toda la comarca de La Rioja Baja. Y lo haré acudiendo a las mismas palabras con las que el alcalde de Calahorra, Cesar Luis Arpón, llamaba a la colaboración para construir el Hospital de Calahorra en 1933:
“¡Calahorranos! Nunca como en la presente ocasión se habrá llamado al pueblo con voz más íntima, porque nunca como ahora ha surgido motivo tan halagador, por humano, que contenga la esperanza de ser oída, con aquel entusiasmo a que los calahorranos están acostumbrados, cuando se trata de cosas de tal naturaleza y monta, como la que entraña ésta alocución, que ya se habrá caído en la cuenta, se refiere al Hospital de esta Ciudad”.

Este 29 de marzo, como aquél junio de 1892, que “en el mundo entero” vuelvan “a resonar aquellos nombres de Calagurris Nassica Iulia” (I, p.332), pero también los de Arnedo, Alfaro, Cervera… y toda la comarca. Porque debemos dejar claro que La Rioja Baja también es La Rioja y que tiene el mismo derecho a disfrutar de una sanidad pública y de calidad. Y porque con la salud y los derechos, ni se comercia ni se juega.

Nací en 2005 en el Hospital Fundación de Calahorra. Aún guardo la pulsera del ingreso. En 2012 tenía tan sólo 7 años, pero recuerdo perfectamente aquella lluviosa manifestación en la que apretaba una bocina casi más grande que yo. Este sábado 29 volveré a salir a la calle y a tocar esa misma bocina para que, en el futuro, otros niños, como yo, puedan seguir naciendo en Calahorra. Salva tu hospital, salvemos nuestro hospital.

*Puedes enviar tu ‘Carta al director’ a través del correo electrónico o al WhatsApp 602262881.

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