Es litúrgico. Muy íntimo. Sin duda, familiar. Es tradición. Así viene siendo desde hace décadas. Y su vigencia permanece inalterable. Abren y cierran todo tipo de restaurantes. Las hamburgueserías, las pizzerías, los restaurantes asiáticos… vienen y van en nuestra ciudad. Pero los jamoneros riojanos siguen ahí, donde siempre. Las modas gastronómicas no van con ellos. Porque cuentan con la confianza de los clientes. Acudir al jamonero del barrio es litúrgico, íntimo, familiar, tradicional… desde hace décadas.
Quizás sea por la piedra de sus muros, por el uso de maderas nobles en su mobiliario, seguro que es también por el tipo de clientela, pero los jamoneros son un remanso de paz. La quietud gobierna estos espacios. Todo sucede a una velocidad controlada. Se habla bajo, se conversa plácidamente, se come con tranquilidad. Son lugares disfrutones, donde la cena queda además resuelta en un espacio de tiempo moderado. La copa de vino, la ensalada, el bocadillo o la ración salen al tiempo, y la cena se alarga lo justo y necesario.

Los bocadillos de El Merendero, de Logroño.
Son los lugares en los que los propios camareros hacen las veces de chefs. Cortan las chacinas, aliñan las ensaladas, meten los panes al horno, sirven el vino, tiran la caña y conversan con el paisano amigablemente. No hay adornos ni postureo. Los jamoneros riojanos son un compañero de viaje de muchas familias, que cuando no saben qué hacer o dónde cenar se dan el gusto de ir al Refugio, al Vitoria, al Mesón Jabugo, al Merendero, al Tío Tito, al Burladero, a La Bellota, al García -ambos en la San Juan-, al Pata Negra (Laurel)…
Cada uno tiene su favorito, a buen seguro al que iba con su abuelo, al que acude con sus padres, al que volverá con sus hijos. Son espacios familiares, regentados por familias que se van entregando el testigo del buen hacer de bocadillos de generación en generación. Es el curioso caso de los jamoneros riojanos. Porque cualquiera, en casa, se podría preparar perfectamente un buen bocadillo de jamón. Bastaría con seleccionar bien el pan y comprar el jamón que se ajuste más a cada bolsillo. Un poco de aceite, un poco de tomate, o de queso… y el asunto estaría resuelto. Lo mismo sucede con una ensalada mixta, una ración de embutidos serranos o de ibéricos.

Las tablas de serranos de El Refugio.
Y sin embargo, en estos espacios se obra la magia. Porque algo tan sencillo de preparar como un bocadillo de chorizo no sabe igual aquí que en casa. Sucede que no hay nada más delicioso que una ensalada que te preparan. Es el secreto de estos lugares. Templos de la gastronomía popular, que sirven los mejores embutidos y patés, los quesos más reconocidos y llevan décadas sin la necesidad de cambiar nada de la carta. Porque nada debe cambiar. Lo que funciona no se toca.
Son espacios para las cuadrillas, para las familias, que también están sabiendo trabajar los pedidos a domicilio o para recoger. Y son además locales que se pueden visitar en soledad. No sorprende ver al fulano de turno, sentado frente a la barra, tras un largo día, apoyado con sus codos sobre el mostrador, esperando que llegue su bocadillo. Espera en silencio, quizás mirando el móvil. Le da un pequeño trago a su vaso de vino a su caña recién tirada. Espera el bocadillo completo y la ilustrada. Cena tranquilo. Y a nadie le sorprende que una persona sola esté cenando en un jamonero.

El Bodegón Vitoria de esta calle logroñesa.
Porque son espacios para todos, que se presentan como una perfecta opción gastronómica a diario, tras salir del gimnasio, tras el partido de futbito, por el cumpleaños de la abuela o por darse el gustazo con la pareja o un amigo. Porque con un trozo de queso, un poco de jamón y trago de vino se solventan muchos asuntos.


