Gastronomía

La constante despedida de rostros históricos de La Laurel

Pilar y Vicente, El Charro, Pepe, Manolo, Miguel, Eduardo, Adolfo… creadores de una calle que va perdiendo rostros muy populares

El último en decir adiós es Adolfo, tras más de tres décadas al frente de El Muro. No es el primero ni tampoco será el último. El tiempo pasa para todos, también para esa generación que ha situado a La Laurel en el espacio que ahora mismo ocupa, como la calle gastronómica más visitada de Logroño. Rostros tan conocidos como el de Eduardo San José, que el pasado verano cerraba finalmente el Villa Rica. Sí, ese espacio de la zapatilla a la plancha siempre recién hecha. Recibió el homenaje por parte de la ciudad de Logroño tras 25 años ocupando una de las esquinas preferentes de La Laurel.

La Laurel es una calle en permanente cambio. Unos llegan porque otros se van. Ley de vida, tal y como explicaba Adolfo este pasado viernes para anunciar que dejaba El Muro: «Todavía no me he ido y ya os echo de menos». Pero los que se van, sin duda, son rostros conocidos que han dejado huella, recuerdos, anécdotas… de esos hosteleros que además de tener un bar se lo han trabajado detrás de la barra, dando la cara, en la plancha, poniendo vasos de vino y dando las buenas tardes o las buenas noches. Esa Laurel en la que se conocía al cliente habitual.

Jesús, ex del Iturza, ahora en el Soldado, atiende a Juan, del Sebas.

Como Miguel, del Sierra de la Hez. El de las gildas y los emparedados fantásticos. Ahora son sus hijos los que regentan este pequeño espacio repleto de esencia y aroma a autenticidad. Miguel recibía, dialogaba, y si tenías suerte recomendaba una buena lectura. Esa Laurel, la del Charro, sin duda, poco a poco, va pasando a la historia. Es La Laurel de Chema, el del Charly -el de los morros-; o la del Sebas. Que sigue al pie del cañón, para dar los almuerzos a primera hora, o asomarse por la mítica ventana de este espacio cuando más ajetreo hay. Hombre de pocas palabras, pero rostro de esa Laurel que va dejando paso a otras maneras de hacer las cosas.

Se fueron Pilar y Vicente, el matrimonio del Perchas, del Atlético de Madrid, del Carrusel en la radio todos los domingos, los de la oreja rebozada. Se fue Manolo, que atendía el Soldado de Tudelilla, siempre cubierto por ese delantal que tantas historias contaba cada día. Recibían a los de siempre, que no necesitaban abrir la boca para tener su consumición lista porque tomaban siempre lo de siempre donde siempre. La cercanía de trato, las conversaciones eternas, los debates estériles, las soluciones fáciles… la vida cotidiana entre el camarero y su clientela.

Adolfo homenajeó a Manolo el día que se jubiló.

Esa Laurel se despide año tras año. Y va cambiado su piel. Se marcha ahora Adolfo del Muro, se ha ido Eduardo del Villa Rica, o Miguel de la Hez. Se fueron las hermanas de La Senda, como ahora se marcha Txebiko de El Cachetero, o Carlos del Iruña. Cerró La Canilla y su carne recién hecha con patatas paja y un pimiento verde, como se irá -esperemos tarde- Juan del Sebas. Como se marchó demasiado pronto Pepe Barrero, eterno guardián de la plancha más legendaria de La Rioja, la del Soriano, un lugar a buen recaudo gracias a la presencia de una familia entregada a la causa, con relevo, que permite porque así lo trabaja ese trato cercano, esa confianza, esa cercanía con lo logroñés entre tanto turista. Entrar al Jubera es como sentirse en casa.

Los históricos de El Soriano.

Rostros que han hecho bares. Pepe, Manolo, Miguel, Eduardo, Adolfo… Hosteleros de toda la vida. Enamorados de La Laurel, que llegaron para vivirla también desde el otro lado de la barra. El tiempo pasa para todos, y el relevo es un hecho natural. Por el camino queda saber interpretar si este intercambio se pierde más que se gana. Los hijos de Miguel no han tocado La Hez, como los responsables de El Perchas han sabido mantener la esencia tras una reforma. Como parece que va a suceder con el nuevo Villa Rica, que pondrá en marcha un joven hostelero riojano que tiene muy claro, al menos a pocas semanas de su apertura, que la esencia, es decir, la zapatilla recién hecha y la plancha a la vista de todos, no se toca. O como parece que va a suceder con El Muro, tal y como ha confirmado Adolfo: «Me voy contento porque el bar mantendrá el nombre, los cojonudos, los embuchados, los Ferrero y el trabajo de casi toda una vida».

Sin embargo, La Laurel sigue perdiendo rostros míticos mientras van llegando camareros en eterna rotación bajo las órdenes de empresarios de la hostelería.

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