El Rioja

Tinta y tinto: ‘Heridas de una tierra sin fronteras’

Foto: Fernando Díaz (Riojapress)

Cuando consigo bajarme del mundo y subirme en la bicicleta, me gusta darle la espalda a Logroño para dejar atrás el ruido. En el horizonte, un «león» espera «dormido» a más de mil metros de altura. Tras superar Oyón y Yécora, junto a Meano y Lapoblación, la calma, con vistas a la tierra con nombre de vino. No hay rugidos. No hay miedo. El animal descansa para no asustar al ciclista que, con respiración entrecortada, siente la fatiga antes de dejarse caer hasta Laguardia, previo paso por Cripán y Elvillar. A partir de ahí, según las piernas, la ruta derivará en una etapa digna de La Vuelta a España o en regresar al punto de partida con cincuenta kilómetros acumulados. En ellos se habrán recorrido carreteras que atraviesan tres comunidades (La Rioja, Álava y Navarra).

En realidad, una misma carretera sin aduanas ni señales que inviten a detenernos y que conecta territorios que comparten el susurro del viento entre las cepas y el agua del Ebro que las riega. Sobre dos ruedas, con el aroma a tierra húmeda de otoño y la paleta de colores más bonita del mundo, uno comprende que el vino no es solo fruto de una u otra comunidad, sino el lenguaje común de una cultura que trasciende límites y mapas. Por eso, resulta especialmente doloroso que esa unidad, que se siente tan palpable en el paisaje, se intente fracturar por los intereses económicos y políticos de unos pocos que parecen mirar más al corto plazo que al alma de esta tierra.

El proyecto ‘Viñedos de Álava’ nació muerto. Lo avisó el Consejo Regulador. Lo avisó el Ministerio. Lo avisaron expertos. Lo avisó cualquier persona a la que se quisiera escuchar y no estuviera inmersa en el delirio independentista. Y nació muerto por la propia definición y regulación de las denominaciones de origen (basta darse una vuelta por Google para saber que son producto y territorio) y porque, una vez reconocida oficialmente, esta debe de configurar su propio Consejo Regulador para proteger tanto el citado producto (en este caso “el mismo vino”) y el citado territorio (en este caso, las tres Comunidades que abarca Rioja). Además, cabe recordar que nunca se ha dado a conocer el número real de bodegas ni personas que apoyan esta iniciativa amparada por las instituciones vascas.

El merecido rapapolvo judicial que esta semana se ha llevado la iniciativa separatista de ‘Viñedos de Álava – Arabako Mahastiak’ por intentar romper con Rioja no es sino el último capítulo de una novela negra escrita durante los últimos ocho años. Esta trata sobre cómo los intereses políticos y económicos pueden desfigurar la esencia de algo tan puro como el vino. Parece evidente, así lo entiende el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco (TSJPV), que básicamente se trataría de “ofrecer al consumidor el mismo vino bajo dos denominaciones de origen diferentes”, coincidiendo con “la misma zona geográfica natural, las variedades de uva y las prácticas agrícolas y enológicas”.

Dos más dos, cuatro. Es obvio, al partir de esta premisa, que no se puede crear una denominación de origen dentro de otra denominación de origen. De hecho, tampoco se puede crear una denominación de origen de la nada. Antes necesitas una trayectoria y un histórico de comercialización de un producto (Rioja existía en sus bodegas y sus viticultores mucho antes de ser reconocida oficialmente como denominación, en 1925). Habría bastado con darse otra vuelta por Google para leer al detalle la normativa y conocerlo, pero se antepusieron nuevamente los intereses económicos y políticos al interés común, engañando y alentando a un pequeño grupo de bodegas alavesas a continuar en un proyecto abocado al fracaso desde su inicio. Un callejón con una única salida, la del dinero de todos los implicados para librar una batalla cuyo final ya era conocido.

Si permitimos que la fragmentación se convierta en norma, ¿qué quedará de la narrativa colectiva? ¿Cómo explicar al mundo que Rioja sigue siendo sinónimo de excelencia cuando las propias bodegas de su territorio parecen dar la espalda a esa idea? Lo que está en juego no es solo el futuro de Rioja, sino el modelo de denominaciones que tanto prestigio ha dado a este país. Si delirios como Viñedos de Álava salieran adelante, ¿qué impediría al resto emprender el mismo camino? La unidad, que ha sido el mayor activo de Rioja, se convertiría en una colcha de retales donde cada uno cosería para sí mismo.

Y es que Rioja no es una simple denominación; es una bandera tejida con el esfuerzo de generaciones que entendieron que, juntos, eran más fuertes. Romper esa unidad es un golpe que no solo duele a los viticultores (más de 14.000) y bodegas (más de 600) que llevan años trabajando por mantenerla, sino a todo el tejido social que abarca y la riqueza que ésta revierte sobre su territorio (1.500 millones de euros al año). Rioja es mucho más que un sello de calidad. Es un pacto tácito entre miles de personas que, a lo largo de la historia, han encontrado en el vino un motivo para permanecer en sus pueblos, para transmitir un legado y para hacer del Ebro no una frontera sino un cauce común. Viñedos de Álava, al reivindicar su independencia, introduce una grieta en ese pacto. Y lo hace con una falta de argumentos tan flagrante que la justicia no ha tenido ninguna duda al respecto.

Por desgracia, no es la primera vez que enfrentamos un desafío importante. Las heladas, las granizadas, las lluvias inesperadas, los aranceles, el descenso del consumo de vino a nivel mundial…, han puesto a prueba la resiliencia de nuestros viticultores y bodegueros. Pero esta crisis es diferente porque no viene de factores externos sino de dentro. Es una crisis de identidad parcial de algunos, un cuestionamiento sobre qué significa ser parte de Rioja. Pese a no prosperar la iniciativa, el daño ya está hecho. Durante casi un lustro, el continuo bombardeo en los medios de comunicación ha sembrado una semilla de duda en la mente del consumidor y del sector. Restaurar esa confianza requerirá de un nuevo esfuerzo colectivo y coordinado por parte de todos los actores implicados. Como si tuviéramos pocas cosas a las que hacer frente.

La herida es profunda, pero no irreversible. Rioja ha demostrado a lo largo de su historia (en 2025, el Consejo Regulador cumple un siglo de vida) su resiliencia, que le ha permitido superar desafíos mayores. Ahora, más que nunca, es momento de unirse en torno a lo que hace única a esta denominación: su diversidad, su calidad y su legado. Es momento de pedalear juntos, de recordar que el vino, como esas carreteras de La Rioja, Álava y Navarra, no entiende de líneas en un mapa. Solo así podremos brindar, en el próximo horizonte, con una copa que lleve el nombre de todos.

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