Se llaman supervivientes. Y lo son. La muerte ha pasado delante de ellos de una de las formas más crueles que puede existir. Uno de sus seres queridos se quitó la vida y ahora intentan volver a vivir con su ausencia, con ese sentimiento de culpa que llega como un mazazo desde el primer minuto y consigue pegarse tanto que es imposible soltarse de él. Con las preguntas, con las cargas, con el miedo, con el dolor y con la esperanza de que algún día éste disminuya o que, al menos, se pueda convivir con él.
Para darles la mano y acompañarles está la asociación Color a la Vida, que intenta hacer un poquito más fácil esta nueva vida después de un hachazo que ha dado la vuelta a su día a día. Terapias de grupo, ayuda psicológica y conocer a otros supervivientes que han ido dando pasos para sobrellevar una situación que desborda a quien la sufre.
En España se suicidaron casi cuatro mil personas en 2023. Son diez muertes al día. En La Rioja los datos vienen siendo casi constantes desde hace años. Entre dos y tres suicidios al mes. Los intentos multiplican las cifras. Entre los chavales de 15 y 25 años es la primera causa de muerte. Los mayores también la sufren. La soledad es su punto débil. La salud mental está empezando a dejar de ser un tema tabú y las familias quieren que se hable de ello, que no se dé la espalda a un problema que se está llevando por delante a miles de personas al año.

El hijo de Rebeca tenía lo que los médicos llaman una depresión sonriente. Ni sus padres ni sus hermanos ni sus amigos ni sus conocidos, nadie pudo ver lo que le estaba pasando a Raúl, un joven alegre que a todo el mundo sonreía y hablaba. Algo pasaba dentro de él. Nadie le había visto triste jamás. No pidió ayuda. Era imposible verlo desde fuera, pero algo le hizo un día de abril del año pasado quitarse la vida.
«La pregunta inicial siempre es cómo no nos hemos podido dar cuenta», recuerda Rebeca de esos primeros días en los que el shock minimizó el dolor. «Hay momentos que aún duelen más que al principio. No pidió ayuda, por eso es tan importante decir muy alto que en estos casos hay que pedirla». Y es que, tal y como explican los psicólogos, nadie quiere morir, sólo quieren parar el sufrimiento que llevan por dentro. Eso le pasó a Raúl. «Estaba convencido de que lo que iba a hacer le iba a llevar a un lugar mejor».
Las lágrimas siguen brotando a pesar del paso de los meses. «Buscas detalles que hayas podido dejar pasar, es una culpa que no te queda en otro tipo de muertes». Pero llega un momento en el que te das cuenta de que «nadie la tiene». A pesar de ello un suicidio no sólo acaba con una vida. «Deja tocadas a todas las personas que hay alrededor». Hijos, hermanos, padres, abuelos, amigos. «Sigue siendo un tema tabú del que muchos evitan hablar y no debería ser así, porque es un problema que va más allá de la edad o de la condición social. Nos puede pasar a cualquiera».
Por eso para ella es tan necesario mejorar el Plan de prevención del suicidio. «Estoy segura de que se puede hacer mucho más de lo que estamos haciendo como sociedad». Mientras tanto el recorrido no es fácil. «Todos los días te cuesta levantarte de la cama, por eso es tan importante estar con familias que han pasado por el proceso, es la única forma de ver que hay luz después del túnel, pero los días se hacen tan largos…»
«Hay que volver a aprender a vivir». Rebeca tiene como motor de vida a sus otros dos hijos. «Tampoco tendré días en mi vida para agradecer a los amigos de Raúl lo bien que se han portado con nosotros, que todavía estén ahí». La asociación también sirve para compartir el dolor. «Solo alguien que ha pasado por lo mismo puede entenderte».

No está aún preparada para dar consejos. Sólo uno que ella misma se da cada día. «Hay que quitarse como sea esa culpa, cada uno con lo que más le ayude». También pide visibilidad. «Hay que hablar más de este tema, no banalizar los intentos de suicidio, debe de dejar de ser un tema tabú, tenemos que hablar de ello».
Pedir ayuda es esencial en estos casos. Raquel lo sabe bien. Su ex pareja, «el amor de su vida», se suicidó hace algo menos de un año. Lo había intentado dos días antes y los servicios de emergencias lograron pararlo. «Cuando una persona está convencida de que no puede sufrir ya más, sino recibe ayuda de especialistas…». No se atreve a terminar la frase. En su caso las muestras de depresión habían sido constantes durante meses, años.
«Dejamos la relación porque me estaba arrastrando a mí a una depresión», recuerda. El amor no se había terminado y por eso aunque la relación sentimental había concluido el contacto era casi continuo. «Sigue doliendo cada día, hay que hacer un trabajo interno muy importante para salir de un golpe tan duro».
Lo tiene claro. «La gente que se suicida no son ni cobardes ni valientes, simplemente quieren dejar de sufrir». La salud mental se interpuso en su pareja y aunque intentó de todas formas ayudar a la que había sido su compañera de vida, no logró evitar el desenlace final. «Hay veces que no tienes las herramientas suficientes para ayudar a una persona que lo está pasando tan mal y la sociedad está dando la espalda a los problemas de salud mental».
«El duelo no es algo que haya que superar, tienes que saber vivir con él, nadie sabe lo que he llorado y lo sola que me he sentido estos meses». Profesora de profesión su única vía de escape estos meses ha sido escribir y acudir a las clases con sus niños. ‘Amanecer’ ha nacido de una experiencia traumática. Un libro, escrito con el alma, que sumerge al lector en una auténtica historia de amor, confrontando los desafíos del suicidio y la muerte.
«Mi niña -como la sigue llamando- siempre decía que cuando saliese del pozo iba a escribir un libro para ayudar a los demás, el libro no es mas que el eco de su voz, su legado».
Y es que aunque la vida se paraliza después de sobrevivir al suicidio de un ser querido, llega un momento en el que «tienes que dar un golpe encima de la mesa y con el alma desgarrada decidir vivir». Y ella lo sigue intentando cada día. Hoy incluso vuelve a sus clases de baile después de once meses.
El duelo de los que se quedan suele ser mucho más intenso que los que causan otras muertes. Según la APPAC (Association of Psychology and Psiquiatry for Adults and Children) el nivel de estrés que viven es equivalente al que sufre alguien que ha estado en un campo de concentración o que ha vivido un conflicto. Pero hay que seguir adelante y ellos lo intentan día a día con la ayuda de asociaciones como ‘Color de la vida’, que pone en su mano las herramientas necesarias para hacerlo.


