Todo empezó hace muchos años. La familia de Alberto, Nacho y Juan Carlos veraneaba en San Sebastián cada verano. «En esa zona todo se paralizaba a la hora del Tour, los niños mirábamos en esas viejas teles las hazañas de Ocaña y Merckx. Esas semanas todo giraba en torno a la prueba ciclista: nuestros juegos, nuestras conversaciones…». Así, los tres hermanos se aficionaron a esta prueba que «mueve a muchos más españoles a las carreteras francesas de lo que podíamos pensar».
Años después, hace una década, Juan Carlos y Alberto hicieron un primer viaje de avanzadilla. «Decidimos un año ir a ver el Tour, al año siguiente ya se unieron nuestro otro hermano y unos amigos y desde entonces no hemos dejado de ir ni un solo año» cuenta Alberto. «El viaje sirve para hacer, a la vez, las tres cosas que más nos gustan: viajar, comer bien y el ciclismo».

Tienen cada año como campamento base Lourdes. «El ambiente es increíble, parece que te remontas varios siglos cuando visitas el santuario». Allí suelen tener el hotel donde se hospedan. «Solemos ver las tres etapas de montaña de los Pirineos y luego visitamos alguna zona más del país».
Este año va a ser Toulouse. «Un año tuvimos que cambiar de hotel porque Macron lo había pillado casi al completo porque iba a visitar la zona, muy deprimida después de la pandemia porque la gente dejó de peregrinar allí». Los Pirineos siempre han sido su estampa preferida del Tour excepto en 2022 que decidieron ir un poco más allá y cambiar el Tourmalet por Alpe D’Huez y ver por primera vez una etapa en los Alpes.
En su maleta nunca faltan dos cosas: las banderas de España y de La Rioja y una botella de La Montesa. «Siempre almorzamos el día de la ‘etapa reina’ en la carretera con este vino». Antes toca andar. «Es imposible llegar en coche hasta donde solemos ver la etapa de montaña así que hay que andar unas tres o cuatro horas por carreteras con inclinaciones del 20 por ciento, pero la caminata merece la pena».

También han tenido algún que otro susto. «Un año decidido atajar y subir por un sendero que se suponía que ahorraba tiempo, el desnivel era increíble, vimos a mitad de camino que había sido un error y a Ricardo lo tuvimos que atender por el agotamiento (dos de ellos son médicos)». Ahora les sirve como anécdota. «Todos los que subían decían: ‘Error, error’, pero en diferentes idiomas».
La experiencia aún así sigue siendo única. «Es un privilegio ver la carrera en un sitio así». Primero por el ambiente. «Todo el mundo tiene que subir andando o como mucho en bici y la gente por el camino te va animando como si fueses un ciclista más, excepto vayas con bici eléctrica que entonces tienes que oír algún abucheo».

Puede parecer increíble llegar hasta allí para ver un pelotón que pasa en apenas cinco minutos, pero nada más lejos de la realidad. «El espectáculo dura varias horas y en esas etapas ves a los ciclistas casi uno a uno». La intención es seguir disfrutando del viaje muchos años más. «Cuando ya no podamos subir andando lo haremos en el funicular que hay y listo pero este viaje se ha convertido ya en una tradición».


