Por Fernando Saenz Duarte
Conocí a Pedro entre sacos de cemento y baldosas mientras daba forma a su Tastavín. Serio y amable, recuerdo como me explicaba con brillo en los ojos dónde iba a ir la cocina, cómo iba a ser el comedor y lo que pretendía. «Sólo quiero lo mejor, Fernando», repetía a modo de mantra.
Sin querer, ya han pasado veinte años de aquello, primero como restaurante con Pedro como director y su inseparable Anca como jefa de sala. Proyecto que después evolucionaría hacia el formato que tanto disfrutamos, esa gran barra de pinchos donde Anca recibe y Pedro cogía las riendas de la cocina para desarrollar lo que él tenía en la cabeza y llegar así a ser la referencia gastronómica que han llegado a ser.
Un bar con alma de restaurante, o un restaurante con apariencia de bar, un espacio único, con su viaje de ida y vuelta a Vara de Rey, pero siempre manteniendo ese espíritu de un sobresaliente servicio para una fabulosa gran cocina en miniatura acompañada de una maravillosa selección de vinos y buena cristalería.
Recordaré siempre a Pedro al pie del cañón, escrutando por la ventanilla de la escalera el perfecto funcionamiento de ese engranaje de reloj suizo que es el Tastavin.
Aunque les confieso que, nosotros, nunca íbamos al Tastavin, siempre íbamos «a donde Pedro»
Se nos ha ido como vivió: discreto, a lo suyo y sin molestar. Me lo imagino descansando en sus queridos pueblos blancos de Cádiz, mientras piensa si hay que sacar otro plato de tempura.


