Hay una idea que se repitió, casi sin querer, a lo largo de toda la conversación del primer encuentro de ‘La Rioja que viene’ en La Redacción de NueveCuatroUno. No estaba en el guion. No era uno de los grandes titulares previstos. Pero apareció una y otra vez, desde distintos ángulos, como esas verdades que flotan en el ambiente hasta que alguien las señala: la percepción. Porque más allá de los datos, de los balances o de los indicadores macroeconómicos, hay algo que condiciona —y mucho— el presente y el futuro de la empresa riojana: cómo nos vemos a nosotros mismos.
La escena es conocida. Por un lado, cifras que apuntan a crecimiento, empresas más profesionalizadas, mercados abiertos, capacidad de adaptación. Por otro, una sensación generalizada de que «las cosas no van tan bien». Una especie de ruido de fondo que tiende a lo negativo incluso cuando la realidad no siempre lo justifica. «Hay algo que no cuadra», se ha escuchado en la mesa. Y probablemente ahí esté una de las claves.
Porque la percepción no es inocua. No es solo una opinión. Acaba influyendo en decisiones. En inversiones. En la ambición con la que se afrontan los proyectos. Incluso en la capacidad de atraer talento o de generar nuevas iniciativas empresariales. Si uno repite lo suficiente que el entorno es adverso, termina actuando como si lo fuera, aunque tenga margen para hacer justo lo contrario.
Y sin embargo, la evidencia muchas veces va por otro lado. Basta salir a la calle. Ver actividad, consumo, movimiento. Hablar con empresas que, pese a todo, siguen creciendo. Sectores que evolucionan. Proyectos que nacen en ámbitos que ni siquiera asociábamos a La Rioja hace unos años.
Ahí aparece una segunda derivada interesante: la percepción también tiene que ver con el cambio. Con cómo nos enfrentamos a él. En un entorno en el que todo se mueve -tecnología, mercados, modelos de negocio- es fácil que aparezca una cierta incomodidad. El ser humano, por naturaleza, no gestiona bien la incertidumbre. Y esa incomodidad, ese miedo a no controlar el escenario, se traduce muchas veces en una visión más pesimista de la realidad.

Pero que algo incomode no significa que sea negativo. De hecho, muchas de las oportunidades que tiene hoy delante la empresa riojana nacen precisamente de ese contexto de cambio. Nuevos nichos, nuevos mercados, nuevas formas de hacer las cosas. La diferencia está en cómo se interpretan: como amenaza o como palanca. Apocalípticos o integradores.
Y aquí entra un tercer factor clave: cómo contamos lo que somos. Porque otra de las conclusiones que ha dejado el encuentro es que, probablemente, La Rioja se vende peor de lo que es. Que existe un cierto sesgo a destacar más lo que no funciona que lo que sí, que cuesta poner en valor empresas que están haciendo cosas extraordinarias, muchas veces en silencio. Del vino se dice que está en una crisis enorme obviando que vende ¡320 millones! de botellas de vino cada cosecha. Mientras tanto, otros territorios construyen relato. Generan marca. Proyectan hacia fuera una imagen que multiplica su capacidad de atraer inversión, talento y oportunidades.
La Rioja ya tiene una marca potente. El vino es el mejor ejemplo. Y unas empresas potentes: las citadas en la mesa Callaghan, Cidacos, Rioja Nature Pharma, Avanzare, Spectral Geo, UNIR… y las no citadas, Palacios, Garnica Plywood, Arisa, Arsys, Bosonit, Hiberus (y aquí añadan unas cuantas más). Pero la conversación ha dejado claro que esa marca puede —y debe— ampliarse. Que detrás hay industria, tecnología, diseño, innovación. Y que eso también forma parte de la historia que se debe contar.
Porque al final, no es solo un problema. También es una herramienta. Se puede trabajar. Se puede orientar. Se puede construir. Y hacerlo no implica negar las dificultades —que las hay—, sino equilibrar el relato. Entender que convivimos con retos importantes, sí, pero también con una base empresarial sólida, con capacidad de adaptación y con ejemplos reales de éxito.
Quizá el primer paso sea ese: ajustar la mirada. Dejar de pensar en pequeño. Dejar de asumir que lo nuestro tiene menos valor por ser de aquí. Y empezar a creernos —con datos, con hechos, con ambición— que hay margen para jugar en ligas mayores. Porque, como ha quedado claro en la mesa, el entorno no va a ser más sencillo en los próximos años, pero la percepción con la que lo afrontemos sí puede marcar la diferencia.



