Gastronomía

Las pescaderías riojanas, en peligro de extinción: «Somos dinosaurios»

Los mostradores de pescado fresco se van vaciando, los precios suben y el relevo generacional apenas existe

El pescado nunca ha estado tan presente en los menús de los restaurantes de moda: un ceviche por aquí, un sushi por allá o un buen poke. Sin embargo, se ha convertido en un producto cada vez más ausente en las cocinas de casa. Según estimaciones del Ministerio de Agricultura, en España, el consumo de pescado ha caído un 32 por ciento en la última década, una tendencia que ha provocado el cierre de aproximadamente 5.000 pescaderías en todo el país.

En La Rioja la situación no es diferente. Los mostradores de pescado fresco se se van vaciando, los precios suben y el relevo generacional apenas existe. «Cada vez viene menos pescado, y la mayor parte es de cultivo. El poco fresco que llega está carísimo», lamenta Nela desde su negocio, El Sedal. Y a eso hay que sumarle que «los supermercados se llevan casi el 60 por ciento de las ventas».

El pescado que se vende en las pescaderías de La Rioja viaja cientos de kilómetros antes de tocar el mostrador. «Llega un camión desde Coruña que hace transbordo con el de Burela. También recibimos algo desde Vigo, San Sebastián y Algeciras. Antes llegaba género mediano y bueno. Ahora, mediano y regular».

Pero no es solo cuestión de distancia, sino un problema de origen. «Hace años dieron subvenciones para destruir barcos, y ahora lo estamos pagando. Si quitas cien barcos, quitas cien pescadores, y eso se nota. Puertos pequeños como el de Burela o Celeir se están quedando sin flota».

Nela habla con la serenidad de quien ha visto pasar demasiadas mareas desde tierra adentro. Sabe que el mar ya no produce como antes, que el anisakis se ha vuelto una plaga y que los cultivos han ocupado el espacio que antes ocupaba el pescado salvaje. «No digo que sean malos, pero el que ha probado una lubina salvaje sabe que no es lo mismo».

En su pescadería de Juan XXIII, Urbano, segunda generación de pescaderos, confirma que el problema ya no es solo de cantidad, sino de calidad y precio. «El pescado bueno, el de primera calidad, está muy caro. No es para un sueldo normal, sino para jubilados, las personas de toda la vida que siguen valorando el buen género».

Urbano explica que un pescado salvaje y uno de cultivo son «como Dios y el demonio. Una dorada de piscifactoría vale dos euros; una buena, veinte». Una diferencia de precios que ha abierto la puerta a una nueva costumbre de compra, la de acudir a los supermercados. «Las grandes superficies nos han hecho mucho daño, competencia desleal. Venden pescado más barato, aunque de peor calidad, y la gente joven lo prefiere porque es rápido, está ya limpio o congelado».

Nela coincide con su compañero y señala que la gente joven «ya no compra pescado fresco. El salmón se come por todos los lados, pero lo demás, nada. Ya no hay pescadilla buena, lochas o sardinas de diario».

Un oficio sin relevo

El relevo generacional es otra herida abierta. Nela y Urbano destacan que los pescaderos actuales son hijos o nietos de quienes abrieron los primeros puestos en los años cincuenta y sesenta. Pero esa cadena se ha roto. «Cuando nos jubilemos, el 95 por ciento cerrará”, asegura Nela sin dudar. Urbano está de acuerdo. Su familia lleva más de medio siglo entre cajas de corcho, escamas y cuchillos afilados. Todo lo que tengo en esta vida viene del pescado, pero mi hijo no seguirá por este camino. Somos dinosaurios en peligro de extinción».

La suya es una historia que se repite. El oficio se hereda, pero ya nadie lo reclama. «Los hijos de los pescaderos se han puesto a estudiar, han visto lo dura que era esta profesión y han preferido otra cosa».

Montar una pescadería hoy en día exige una inversión enorme: cámaras frigoríficas, equipamiento especializado… que pocos jóvenes pueden o quieren afrontar. «La gente prefiere montar una frutería o una tienda de pan. Con una báscula y un cuchillo no basta para vender pescado», cuenta Nela.

Urbano lo ve con tristeza, pero también con una cierta paz resignada. «Nos hemos ganado la vida bien, pero ha sido un trabajo muy duro. Hoy en día la gente joven prefiere ocio, viajar, salir a comer fuera. Es otra forma de vivir».

Quizás por todo esto, el futuro del oficio tiene algo de despedida anticipada. «El pescado no falta, pero el buen pescado sí. Y la gente que lo sabía vender, también se acaba», dice Urbano. Por su parte, Nela lamenta lo que viene. «No quiero, pero voy a tener que meter algo de vivero porque si no me tendré que jubilar antes de tiempo».+

En las palabras de ambos pescaderos hay una mezcla de orgullo y resignación, la de quienes han pasado la vida oliendo a mar sin tenerlo cerca. «Cuando las pescaderías de calle desaparezcan se irá también una forma de entender la comida».

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