Mentes Abiertas

Generación sándwich: mujeres que cuidan a sus hijos mientras ven apagarse a sus padres

Generación sándwich: mujeres que cuidan a sus hijos mientras ven apagarse a sus padres

Hay una generación de mujeres que vive pendiente de dos llamadas. Una llega desde la habitación de al lado: un hijo que necesita ayuda, un adolescente que atraviesa sus propios miedos, una niña que reclama atención o un niño con cuidados especiales. La otra llamada llega desde el otro extremos de la vida: un padre o madre que empieza a olvidar, que necesita compañía, médicos, papeles, medicación, paciencia y presencia.

A esa realidad se le ha denominado ‘generación sándwich’. Mujeres que cuidan en dos direcciones al mismo tiempo, que sostienen, organizan, acompañan, recuerdan, consuelan y, casi siempre se rompen cuando nadie las ve. Rosa y Pilar conocen bien esa vida en medio y así lo cuentan en este nuevo episodio del podcast Mentes Abiertas (disponible en Ivoox, Spotify y Apple Podcast). Sus historias son distintas, pero las une una misma sensación: la de estar para todos sin desaparecer del todo por el camino.

Rosa tiene tres hijos, de 17, 15 y ocho años. El mediano tiene una discapacidad importante, intelectual y física y requiere una atención constante. Además, su padre tiene Alzheimer. «Tengo que luchar un poco entre lo que es el cuidado de los niños, sobre todo el que tiene necesidades especiales, y acompañar a mis padres: a mi madre con toda esa presión que tiene en casa y también llevar un poco a mi padre». Pilar tiene dos hijos adolescentes, de 16 y 18 años, está divorciada y vive la custodia compartida con una carga de gestión que recae principalmente sobre ella. Su madre, de 87 años, viuda desde la pandemia, también está diagnosticada de Alzheimer y vive sola. «Tengo otros dos hermanos que, por supuesto, están conmigo en esto, pero aún así no se llega a todo».

Esa frase resume buena parte de sus días: «No llego». Rosa lo piensa casi siempre. A veces se detiene, se abandona por un instante, pero enseguida vuelve a arrancar. «Respira hondo y vuelve a arrancar, me digo, porque si tú no lo haces, no lo hace nadie». Pilar lo vive de forma más permanente: «Yo cada segundo del día vivo con la permanente idea de que no llego». Habla de gestiones innumerables, de responsabilidades que una se echa a la espalda aunque no siempre le correspondan, de tareas que quizá ejecutan otros pero que ella sigue supervisando. «Al final tú estás en el centro y todo el mundo está esperando que tú decidas, que tú ordenes, que tú dirijas».

El día de Rosa empieza a las seis de la mañana. Primero intenta prepararse ella. Después llegan los desayunos, levantar a los niños, vestir, cepillar y dar de comer a su hijo mediano. «Es como un bebé. Hay que hacerle todo». Luego vienen los colegios, la compra, las comidas, las terapias, las extraescolares, las citas médicas, los trámites y las necesidades de sus padres. Pilar no tiene dos días iguales. Es profesora interina de Secundaria y su jornada cambia de un curso a otro, de un trimestre a otro, de una llamada a otra. Este año ha trabajado media jornada primero y un tercio después. A eso suma los estudios de un máster, las tareas docentes que se lleva a casa, las gestiones de sus hijos y todo el proceso de dependencia de su madre.

Lo que más pesa no siempre es el cuerpo, aunque también. Rosa se levanta cansada incluso después de dormir bien. «Estoy todo el tiempo cansada». Pilar siente que lo más duro es la carga emocional y la responsabilidad. A sus 53 años, además, atraviesa cambios físicos y hormonales que se han juntado con todo lo demás. «Hay días que sencillamente no sé sumar dos más dos ni decidir si quiero leche desnatada o entera y todo me parece un mundo». Rosa asiente en esa mezcla de agotamiento físico, mental y emocional. «El runrún que tienes en la cabeza también te agota». Neblina mental le llaman.

Y luego está la culpa. La palabra aparece una y otra vez. Culpa por no estar con la madre cuando se está con los hijos. Culpa por no dedicar suficiente tiempo a los otros hijos cuando uno necesita más. Culpa incluso por no ir a ver a una madre porque una está demasiado hundida. «Hay veces que tengo un hueco para ir a ver a mi madre y estoy tan agotada o tan baja que no voy porque no quiero que me vea así. Y todavía me siento peor», confiesa Pilar. Rosa intenta cuidar las palabras con sus hijos. Procura no decirles «ahora no puedo, estoy con tu hermano» para que no sientan que siempre quedan desplazados. «Siento culpa de no poder estar donde quiero estar en algunos momentos porque es que no se puede. Me llama lo más urgente».

El cambio de papel con los padres es una de las heridas más silenciosas. Rosa habla de nostalgia al comprobar que quienes antes sostenían ahora necesitan ser sostenidos. «Te das cuenta de que ya no son los de antes y que te necesitan más. Ahora tú eres su apoyo, no ellos el tuyo». Pilar recuerda con lágrimas en los ojos el día en que notó el cambio de voz de su madre. «De repente se le puso voz de señora mayor, de anciana. Para mí fue brutal». Ahora la ve perderse poco a poco. «Es como un goteo al que cuesta mucho acostumbrarse». En el caso de Rosa, la enfermedad de su padre tiene otro matiz: él no reconoce el Alzheimer. «Dice que está bien, que está maravilloso, que no está loco». La conversación con él ya no fluye como antes. «Es como un teatro. Te dice lo mismo y tienes que actuar como si fuese la primera vez que te lo dice».

En medio de todo, las dos buscan pequeñas formas de sostenerse. Rosa camina por el Iregua, por el Ebro o por La Grajera, va al gimnasio, escucha música, intenta encontrar un rato para respirar. «Eso a mí me recarga las pilas». Pilar reconoce que se cuida poco, pero ha aprendido a pedir ayuda. «He aprendido a saber qué pedir a qué personas para cuidarme». Sus hijos también la cuidan, la abrazan, le hacen la cena, notan cuando está en horas bajas. Rosa también encuentra consuelo en sus hijos, en los besos de la pequeña cuando la ve triste, en esos gestos mínimos que hacen de refugio.

Ambas han necesitado o necesitan ayuda psicológica. Rosa la recibió tras el diagnóstico de su hijo, en operaciones, ingresos y momentos de pánico. «A nada que ves que puede pasar algo entro en estado de alerta». Pilar habla de reconstrucción personal, de una vida que la obligó a reinventarse tras perder su trabajo y atravesar duelos personales. «Siento que no puedo más», admite, aunque enseguida aparece esa fuerza que ninguna sabe muy bien de dónde sale. Rosa lo resume con claridad: «No sabía que tenía esta fuerza, pero es que me ha tocado». Pilar lo dice de otra manera: «Lo haré llorando, lo haré jurando, lo haré arrastrándome, pero no pararé».

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