Desde hace muchos tiempo, en los ‘coles’, los conflictos no se aparcan en una esquina del patio ni se resuelven únicamente con un castigo. Se trabajan. A veces en una conversación breve después del recreo; otras, en una asamblea; y muchas, antes incluso de que el problema haya estallado. Elsa Mantilla, maestra de Audición y Lenguaje y coordinadora de convivencia de La Guindalera, lo explica con una comparación sencilla: «Si un niño no sabe hacer una suma de matemáticas, no le dices: castigado, vete a tu casa a aprender matemáticas. Pues con la convivencia pasa lo mismo». Para ella, el aprender a convivir no es algo que se tiene que presuponer. Debe aprenderse, debe entrenarse y hay que acompañar a los chavales en el proceso.
Los problemas que llegan a Elsa en Educación Primaria no suelen empezar como grandes conflictos. Muchas veces son cosas pequeñas, de esas que en apariencia parecen no tener demasiada importancia: un balón que no se pasa, un turno que alguien se salta, un «no me deja jugar», un empujón en medio del partido o un niño que se queda mirando desde un lado porque no encuentra su sitio. Pero en el patio, esas pequeñas escenas pueden crecer rápido. «Con los niños son más conflictos de actividad física, de deporte, más físicos», explica.
Con las niñas, cuenta Elsa, los conflictos suelen tener otro tono. No siempre se ven a primera vista. A veces no hay un empujón ni una discusión fuerte, sino un comentario que se repite, un rumor que corre, una amiga que deja de hablar a otra o ese «me han dicho que tú has dicho» que se termina haciendo bola. Son problemas más silenciosos, pero no por eso menos importantes. «Hay que taponarlos muy pronto para que eso no se convierta en algo más grande», resume. Porque detrás de una frase aparentemente pequeña puede haber una niña que empieza a sentirse apartada, insegura o pendiente todo el rato de lo que los demás piensan de ella.

Foto: Fernando Díaz
A Elsa le preocupa especialmente que algunas inquietudes estén llegando demasiado pronto. Habla de autoestima, de comparación, de necesidad de gustar, de sentirse suficiente o no serlo nunca del todo. «Veo más problemas de adolescentes en niños pequeños», reconoce. Y lo dice con la sensación de que algo se ha adelantado. Antes, recuerda, muchas preocupaciones aparecían más tarde; ahora hay alumnos de Primaria que ya cargan con miedos, exigencias y formas de relacionarse que no siempre corresponden a su edad.
También pesa, añade, la baja tolerancia a la frustración. A muchos niños les cuesta aceptar un no, esperar, compartir o entender que en un grupo no siempre se hace lo que uno quiere. «Estamos en una sociedad muy egocéntrica», señala Elsa, donde a veces «todo gira en torno al yo quiero, yo puedo, yo ahora”. Y luego llega el aula, donde hay veinte niños, veinte ritmos, veinte necesidades y un espacio común que obliga a negociar. Ahí aparece la convivencia de verdad: cuando dos quieren lo mismo y hay que encontrar una forma de ponerse de acuerdo.
El punto de partida ha cambiado mucho respecto a la escuela de hace unos años. «Antiguamente era un poco: tenemos problemas con el fútbol, pues castigados sin fútbol. Ese no es el objetivo», explica Elsa. Ahora el trabajo se apoya en prácticas restaurativas, con preguntas sencillas pero profundas para un niño: qué ha pasado, cómo me he sentido, cómo te he hecho sentir y qué puedo hacer para que tú estés bien. La idea no es borrar el conflicto, porque conflictos va a haber siempre, sino convertirlos en una oportunidad para aprender. «Lo importante es prevenir. Luego, las actuaciones del día a día son el pico del iceberg».
Alumnos mediadores
Por eso, el equipo de convivencia de La Guindalera trabaja durante todo el curso con un cronograma de actividades en las aulas. Cada mes se plantean dinámicas para favorecer el desarrollo personal, la resolución de conflictos y las relaciones dentro del grupo: desde la creación de normas hasta los círculos de la palabra. Además, el centro cuenta con alumnado ayudante en quinto y sexto de Primaria. Son niños formados específicamente, identificados con brazalete, que intervienen en el patio desde la cercanía de quien habla el mismo idioma. “Entre ellos se escuchan de otra manera”, reconoce Elsa.

Ese alumnado ayudante recibe formación quincenal y se organiza por grupos a lo largo del curso. Después, algunos de ellos se convierten también en una especie de mediadores para Infantil: bajan un patio a la semana para ayudar a los más pequeños cuando tienen algún problema. A esa red se suma la tutoría entre iguales, que este curso ha unido a alumnos de tercero con niños de primero. Se ven una vez al mes, hacen proyectos juntos y construyen vínculos. El objetivo es sencillo, pero muy útil: que los pequeños tengan referentes cercanos y aprendan a pedir y ofrecer ayuda.
El patio, en realidad, es uno de los grandes escenarios de este trabajo. Allí desaparece la estructura del aula y aparecen las fricciones: el balón, los turnos, el «me ha empujado», el «no me deja jugar» o el niño que se queda solo. Para evitar que todo gire alrededor del fútbol, el colegio ha organizado una dinamización de patios con juegos de mesa, ajedrez, ping-pong, Club LEGO, talleres y otras actividades.
Por eso, en La Guindalera intentan detectar pronto al niño que se queda solo, al que no se atreve a contar lo que le pasa, al que siempre acaba fuera del juego o al que responde mal porque quizá viene cargado de otra cosa. Elsa habla mucho de «la mochila» de cada uno: lo que cada niño trae de casa, de su día a día, de sus inseguridades… Enseñarles a mirar esa mochila, aunque sea de forma sencilla, les ayuda a preguntarse qué puede haber detrás.

Foto: Fernando Díaz
Para trabajar esa fortaleza emocional, Elsa utiliza imágenes muy concretas. Una de ellas es la de dos botellas de plástico: una con tapón y otra sin tapón. Si se aplasta la que no tiene tapón, se deforma del todo; la otra resiste mejor porque tiene algo dentro. «Esto se llama resiliencia», les explica. La metáfora sirve para hablar de autoestima, de familia, de amigos, de recursos propios. De eso que permite recomponerse cuando alguien dice algo que duele, cuando un plan sale mal o cuando uno se siente apartado. «Nos falta crecimiento personal», reconoce.
En La Guindalera no hay un aula de convivencia, Elsa trabaja en el espacio inclusivo. Los niños saben que allí se puede hablar. «A veces vienen y dicen: ¿podemos hablar?». Esa naturalidad, que no aparece de un día para otro, es parte del trabajo. También se utilizan tarjetas, preguntas guía y materiales adaptados para que incluso los más pequeños puedan entender qué ha pasado, cómo se siente el otro y qué pueden hacer para reparar.
Las familias también entran en ese engranaje. En las reuniones trimestrales se informa de lo que se trabaja en convivencia y, cuando hay situaciones más delicadas, se hacen contratos, seguimiento y reuniones. Elsa asegura que la respuesta suele ser positiva, sobre todo cuando los padres ven que sus hijos están mejor. Aun así, no vende una imagen perfecta. «Seguro que hay cosas que se nos escapan», admite. Hay conflictos que no llegan, niños que no cuentan todo y situaciones que requieren más tiempo.
La clave, insiste, está en actuar antes de que una bola pequeña se haga grande. Enterarse pronto de si alguien se queda solo, si un grupo está excluyendo a otro, si una broma se repite demasiado o si una discusión del patio empieza a colocarse en un sitio peligroso.


