CARTA AL DIRECTOR

‘El gran apagón de Logroño: un regreso a lo esencial’

Fue un día de pleno sol, como cualquier otro, hasta que, de repente, a las 12:30 horas, todo se apagó. En un instante, Logroño quedó sumido en una quietud extraña. La ciudad, que normalmente bulle con la actividad de la gente y el ir y venir de los coches, se detuvo, como si el tiempo mismo hubiera hecho una pausa. Durante más de seis horas, desde las 12:30 hasta las 18:30 horas, vivimos el gran apagón.

Al principio, fue como un pequeño susto colectivo. Nadie sabía si era una avería puntual o algo más grande. Pero lo sorprendente fue cómo, en lugar de desbordarse el caos, algo cambió en el aire. En lugar de desesperación o ansiedad, la gente en Logroño se mostró sorprendentemente tranquila. El sol brillaba, la tarde avanzaba, y poco a poco, las calles se llenaron de personas que decidieron simplemente adaptarse.

Sin teléfonos, sin redes, sin pantallas… la ciudad recobró su latido natural. Los bares, que antes eran solo lugares de paso, se convirtieron en puntos de encuentro. Los vecinos empezaron a hablar, a mirarse de nuevo. La gente no perdía la calma; más bien, se volvía a conectar con lo que realmente importa: las personas, las conversaciones directas. Los niños jugaban en las plazas, los adultos intercambiaban historias sobre la vida cotidiana, sobre cómo hace años no se vivía un momento como este, tan simple y tan cercano.

Algunos aprovecharon para caminar por las calles, disfrutar de una buena charla sin la interrupción constante de los mensajes. La ciudad parecía más humana, más nuestra. El ritmo frenético de la vida diaria se ralentizó, y nos permitió detenernos, simplemente vivir el presente.

A medida que avanzaba la tarde, el desconcierto inicial se transformó en algo mucho más positivo. Las personas no solo compartían preocupaciones sobre lo que había sucedido, sino que se ayudaban unas a otras. Los más pequeños, que antes se habrían quedado pegados a sus dispositivos, descubrieron el mundo a través de los juegos tradicionales. Los más grandes, esos que a veces nos perdemos entre los correos y las redes, redescubrieron la magia de una buena conversación.

Y cuando por fin, a las 18:30 horas, la electricidad volvió, el mundo no era el mismo. No por la luz, sino porque todos, de alguna manera, habíamos cambiado. Ya no mirábamos tanto las pantallas, sino a los demás. Nos habíamos dado cuenta de que el contacto humano real, el intercambio sincero de palabras y risas, era más valioso de lo que pensábamos.

El gran apagón no solo apagó las luces de Logroño, sino que, de alguna manera, encendió algo mucho más profundo en cada uno de nosotros. Una lección simple: en la desconexión, descubrimos lo que realmente nos conecta.

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