La Rioja

Historia de un banco: «Era un lugar donde hacer vecindario»

Historia de un banco: los vecinos de Pepe Blanco se movilizan para recuperarlo porque «era un lugar donde hacer vecindario»

A veces no les damos importancia. Pasan desapercibidos entre los ritmos frenéticos de la ciudad.  Donde las conexiones humanas se pierden entre el ajetreo diario, los pequeños espacios de encuentro suelen pasar inadvertidos. Sin embargo, es en esos lugares donde el tejido vecinal se mantiene firme, donde la vida comunitaria toma un respiro y los vínculos se fortalecen. Uno de esos lugares estaba en la calle Pepe Blanco, donde dos bancos han servido durante más de tres décadas como punto de reunión, consuelo y compañía para los vecinos.

Hace poco más de tres semanas los retiraron para ponerlos unos metros más allá, justo en las esquinas de la calle donde la función que han realizado durante tres décadas ya no la cumplen. Los vecinos reclaman que vuelvan a su lugar original. «Hay cosas que son complicadas pero esto parece bien sencillo».

Desde que los instalaron, los bancos de Pepe Blanco formaban parte del mobiliario urbano con una presencia que iba más allá de su función original. Para los vecinos, esos bancos «eran el corazón de la calle». Un espacio donde, en verano, se sentaban a “tomar la fresca” y en invierno servían de pequeña parada antes de subir a casa. “Era un lugar donde hacer vecindario”, comenta una de las vecinas más antiguas, que recuerda cómo esos dos bancos fueron testigos de las vidas de generaciones de familias que llegaron al barrio cuando apenas había edificaciones alrededor. «Nosotras llegamos al barrio cuando casi no había nada, luego pusieron los bancos y desde entonces han sido una parte importante de las familias que hemos vivido aquí».

Testigos de una vida comunitaria única: de los juegos de los niños, que con el paso del tiempo se convirtieron en jóvenes  y después en adultos. Padres y abuelos que también disfrutaban del espacio como punto de encuentro. «Primero se sentaban allí nuestros hijos a charlar y jugar, y ahora lo hacían nuestros nietos”. Para algunos, como Manuela, uno de esos bancos era más que un asiento; era un refugio. Hace años que, al regresar de sus paseos, se sentaba allí a esperar que algún vecino la ayudara a abrir la puerta de su edificio. “No hay mejor forma de hacer vecindario”, dice uno de los jóvenes que también comenzó, cuando llegó al barrio, a formar parte de esa rutina.

Estos bancos no solo guardaban historias de encuentros y charlas cotidianas; también eran el primer lugar donde se compartían las noticias, los logros y las preocupaciones. A menudo, allí se conocía si algún vecino necesitaba ayuda o si alguien estaba enfermo. Ha sido durante años el espacio para conocer, de manera informal, cómo estaba cada uno. Ese tipo de comunidad, que en las ciudades de hoy suele resultar difícil de encontrar, encontró un rincón en Pepe Blanco.

Pero ahora esos bancos ya no están. A cambio de uno nuevo o de mejoras en el entorno, que era lo que algunos vecinos solicitaban, desde el Ayuntamiento se ha decidido retirarlos y ubicarlos en las esquinas de la calle. Desde entonces, sienten que ha perdido más que un par de asientos. “Allí, en las esquinas, no los usa nadie. Hay corriente, en verano no hay sombra. No creo que sea tan difícil volverlos a poner donde estaban, que es donde se les daba uso”, explica un vecino con resignación.

No se trataba de cualquier banco. Para el barrio, esos dos asientos eran los silenciosos testigos de vidas que se entrelazaban y se acompañaban. “Estos bancos han visto las comuniones de las más jóvenes, también sus bodas, y han despedido a vecinos que ya no están”, recuerda una vecina con nostalgia. Los vecinos de Pepe Blanco sienten una tristeza compartida al saber que, sin esos bancos en su lugar original, el barrio ha perdido una parte de su historia, de su identidad.

Con las mejoras en otras zonas del barrio, los vecinos de Pepe Blanco esperaban que, algún día, su calle también recibiera una renovación. Sin embargo, lejos de embellecerla, sienten que han despojado a su calle de lo más importante que tenía: el banco, ese espacio sencillo que les brindaba compañía, apoyo y conexión con el vecindario. “Esos bancos no solo eran un asiento en la calle, eran nuestro hogar fuera de casa”, concluye una vecina, resumiendo el sentir de muchos.

Así, en la calle Pepe Blanco queda un vacío, uno que los vecinos esperan que se pueda llenar no con cualquier mobiliario urbano, sino con esos dos bancos, en su lugar original, cumpliendo la función para la cual realmente fueron creados: unir, reunir y recordar que la vida en comunidad sigue siendo importante.

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