La gastronomía riojana cierra un año 2025 marcado más por la consolidación que por las sorpresas, con el fortalecimiento de grandes proyectos, que quieren reafirmar su posición en un sector que ha comenzado a mirarse a sí mismo con una mezcla de orgullo y cautela. Ha sido un ejercicio de confirmaciones, de reconocimientos sostenidos y también de ajustes, en un contexto en el que la excelencia convive con la necesidad de repensar modelos.
La alta cocina ha vuelto a situar a La Rioja en un espacio destacado del firmamento culinario. Venta Moncalvillo, con Carlos e Ignacio Echapresto al frente, y Echaurren, de la familia Paniego, continúan siendo los grandes referentes de la gastronomía riojana. No solo por la solidez de sus diversas propuestas o por la revalidación de sus distinciones, sino por un discurso cada vez más centrado en el paisaje, la huerta y el entorno rural como eje gastronómico. El Portal del Echaurren, liderado por Francis Paniego, ha mantenido su estatus como uno de los templos culinarios del país, reforzando una trayectoria que combina técnica, memoria y visión empresarial, que le ha llevado a destacar como el mejor restaurante de La Rioja.

Las guisanderas de Ezcaray, durante el Festival Mama de Ezcaray.
Aunque sin duda alguna, 2025 ha sido el año de los hermanos Echapresto. Carlos e Ignacio han mantenido su segunda estrella Estrella, lo que les ha situado en un escalafón diferente al que había conocido hasta ahora. Y lo están fortaleciendo desde el trabajo diario. Han avanzado en su proyecto de integrar su entorno en su restaurante. La huerta crece y se hace granja a pocos metros de su casa. Es el lujo de la inmediatez. Lujo que se paga y al que se suman al ser los responsables gastronómicos del Hotel los Ángeles de Haro, que abrirá este marzo para redefinir la percepción del turismo en La Rioja.
La Guía Michelin ha vuelto a confirmar la estabilidad de estos proyectos y del núcleo duro de la gastronomía riojana, en un año en el que el verdadero reto ha sido sostener el nivel más que ampliarlo. Referencia que acepta de buena gana la cultura de bares existente en nuestra región, con dos espacios muy conocidos entre los mejores de España: Umm No Solo Tapas y el Tastavín. En paralelo, la Guía Repsol ha seguido fortaleciendo el peso específico de La Rioja, con especial atención a restaurantes como Arsa, La Quisquillosa, Alboroque y Sopitas, que han consolidado una oferta basada en el producto, la cercanía y una cocina reconocible para el comensal.

Beatriz, del Arsa, uno de los restaurantes del año en La Rioja. FOTO: Academia Riojana de Gastronomía
El año también ha estado jalonado de premios y reconocimientos que han puesto el foco en distintos perfiles del sector. Cocineros, restaurantes y proyectos ligados al vino y a la divulgación gastronómica han recibido galardones que han servido para visibilizar la diversidad del ecosistema riojano, desde la alta cocina hasta propuestas más informales pero profundamente arraigadas en el territorio.
Los concursos gastronómicos han seguido siendo una pieza clave del calendario. Certámenes como el Concurso de Pinchos de La Rioja han vuelto a llenar barras y cocinas de creatividad, con bares y restaurantes de Logroño y su entorno utilizando estos formatos como escaparate, laboratorio y punto de encuentro con el público. Más allá de los premios, estos concursos han confirmado su papel como termómetro real del pulso gastronómico de la calle. Y el Meraki, con su homenaje a los agricultores de la Alubia de Anguiano, se ha vuelto a imponer.

Kike, ganador del Concurso de Pinchos de La Rioja en este 2025.
La Academia Riojana de Gastronomía, felizmente, ha decidido intervenir en la gastronomía riojana, porque lo está haciendo en el espacio que le toca, vigilando nuestra culinaria y reconociendo a quiénes si están trabajando por una gastronomía, por supuesto, rentable, pero también de calidad. Su actividad es más constante, que le debería ir sirviendo para aceptar con espíritu crítico su papel como institución vertebradora del discurso culinario en la comunidad. A lo largo del año ha impulsado reconocimientos, encuentros y reflexiones en torno al patrimonio gastronómico, el producto y la transmisión del conocimiento, en un momento clave para asegurar el relevo generacional y la continuidad del saber culinario.
El calendario se ha completado con jornadas, ponencias y ciclos gastronómicos que han situado a La Rioja como espacio de debate y divulgación. Catas, encuentros profesionales y propuestas que han unido cocina y vino —con bodegas y restaurantes trabajando de forma conjunta— y que refuerzan un binomio que sigue siendo una de las grandes fortalezas del territorio. Vino como motor, gastronomía como tractor, y las instituciones como la energía que posibilita el movimiento. Citas coma la celebrada este pasado 1 de diciembre. El I Encuentro de Enogastronomía funcionó como un gran espejo colectivo: un espacio donde el sector pudo reconocerse, cuestionarse y preguntarse qué quiere ser en un mercado turístico que ya no perdona la improvisación ni la falta de autenticidad.

En conjunto, la gastronomía riojana ha vivido un año de equilibrio y madurez. Ha reafirmado a sus grandes referentes, ha reconocido nuevos nombres y ha asumido que el futuro pasa menos por el brillo puntual y más por la coherencia, el territorio y la capacidad de adaptación. Un año que no ha cambiado el relato, pero sí lo ha afianzado.


