Firmas

Tinta y tinto: A la guerra, con croquetas

Si tuviera que ir a la guerra, me iría con Francis Paniego. Con la muerte sobrevolando nuestras cabezas a todas horas, al menos tendríamos croquetas. A quién le interesa coger un fusil si puede quedarse en la trinchera comiendo las croquetas de Marisa. Incluso podríamos negociar la rendición enemiga con un par de táperes. La bandera blanca ondearía sin dilación. Sin muertes. Sin sangre. Sin drama. Los problemas más trascendentales siempre se han resuelto de forma pacífica en torno a una mesa. Y en este caso, con croquetas y un Rioja, es imposible que la tregua no llegue antes del segundo trago. La suerte de vivir en la tierra con nombre de vino.

Para quien haya emigrado a otro planeta en esta semana, un pequeño resumen de lo acontecido: el chef Francis Paniego (tres estrellas Michelín) ha pedido disculpas por su discurso contra las restricciones sanitarias y ha hecho un llamamiento a la reflexión en el sector, lo que ha provocado las airadas críticas de la Asociación de la Hostelería de La Rioja (amparada por la Federación de Empresas de La Rioja). «Traidor». «Enemigo». «Ajeno». «No compañero».

Un comunicado que bien podría ser un mensaje de Whatsapp que envías a un amigo en un calentón, pero que acabó enviándose a los medios de comunicación en la mayor columpiada mediática de toda la pandemia. Un ataque personal al cocinero de mayor relevancia en La Rioja cuya finalidad sólo pueden entender las mismas mentes que decidieron sacar un ataúd (recordemos que han fallecido más de setecientas personas durante la pandemia en la comunidad) en una concentración para protestar por las medidas impuestas para frenar el COVID-19. Porque el único pecado cometido por Francis Paniego ha sido decir lo que piensa. Siempre. Sin dobleces.

Y como quien tiene boca se equivoca, más aún estando expuesto continuamente a los focos, la historia ha finalizado con el propio chef reconociendo sus errores y manifestando que la estrategia que seguían los «representantes patronales» del sector hostelero con un discurso beligarante era equivocada. Y ya está. Una llamada a la sensatez, como ya dejamos escrito en estas mismas líneas hace un par de semanas, que ha aumentado el delirio de varios dirigentes de asociaciones. Porque basta darse una vuelta por los bares y restaurantes de la región para palpar el verdadero sentir de esos empresarios y trabajadores a los que dicen representar los firmantes del comunicado.

El año de pandemia se nos está haciendo largo. Mucho. Demasiado. Casi hemos perdido la noción del tiempo y apenas distinguimos el «ayer» del «año pasado». La mayoría de empresas han visto reducida su facturación y todos hemos tenido que hacer esfuerzos nunca imaginados en nuestro día a día para salvar una situación que nos afecta a todos. A unos más y a otros menos, pero el COVID-19 ha cambiado nuestras vidas (esperemos que no para siempre). Pero ello no justificia una deriva extremista y una radicalización de los mensajes lanzados desde cualquier estamento oficial.

Podemos comprar ciertos discursos y opiniones en la barra del bar sin que estos tengan por qué dar el salto al plano institucional. Cuando confundimos los grupos de Whatsapp con el departamento de prensa de una asociación ocurren estos problemas. Un ataque desmedido y barriobajero hacia una persona que sólo ha expresado su opinión, compartida por numerosos compañeros y ciudadanos que sólo quieren despertar cuanto antes de su particular pesadilla. ¿Te acuerdas de aquel tiempo en el que pensábamos que de esta íbamos a salir mejores? Parece que fue ayer porque fue ayer.

Algunos, quizás románticos y utópicos, lo seguimos pensando. Sólo hay que alejarse un poco de los discursos incendiarios y los intereses concretos para darse cuenta de que ahora somos más conscientes de nuestro poder como sociedad. Nos lo enseñó hace unos meses el joven Pablo Alcaide (Medalla al Mérito de Protección Civil), quien movilizó a sus amigos por las redes sociales para limpiar los restos de los disturbios ocurridos un día antes en Logroño. «Mi madre es barrendera y yo sé lo que cuesta limpiar». A la guerra iríamos con el que cocina las croquetas y al día siguiente acompañaríamos a Pablo Alcaide para limpiar el estropicio de las bombas. Porque en la libertad de expresión, la sensatez y la unión están los pilares para salir de esta. Y de todas.

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