Era un 3 de marzo cuando la entonces consejera de Salud, Sara Alba, salía ante los medios de comunicación para confirmar el primer caso de Covid en La Rioja. Aunque nadie se lo imaginase entonces, ese día marcó un antes y un después en la región. Una amenaza hasta entonces lejana -el virus había empezado en China y ya había mostrado su furia en Italia- se convertía en una realidad cercana. Un virus invisible, desconocido y mortal que se convertiría en el día a día de la vida de los riojanos durante más de dos años. Incertidumbre, dudas, pérdidas humanas, resignación, rabia… son algunas de las palabras que podrían definir los sentimientos que se acumularon a partir de ese momento entre los riojanos.
Primeros casos: miedo a lo desconocido
El coronavirus llegaba a La Rioja en marzo de 2020. Ese 3 de marzo se detectaban dos casos casi simultáneamente. Uno de ellos afectaba a un residente de Casalarreina ingresado en el hospital de Miranda, y el otro a un profesional sanitario de Vitoria, que vivía en Logroño. La incertidumbre se apoderó en ese momento de todos. Nadie sabía con certeza cómo el virus afectaría a cada persona ni cuánto duraría. Las primeras noticias sobre las medidas de prevención comenzaban a circular y las primeras y cotizadas mascarillas empezaban a verse por las calles.
Con el mes de marzo avanzado, la situación comenzó a complicarse. Los hospitales de La Rioja, como en el resto del país, empezaron a ver el aumento de casos. Las unidades de cuidados intensivos comenzaron a llenarse de forma dramática. El 14 de marzo, el Gobierno español decretaba el estado de alarma, y La Rioja no tardaba en vivir las consecuencias. En solo unos días, la vida en la región se paralizó por completo, tan rápido como empezaba a desaparecer el papel higiénico y la harina de las estanterías de los supermercados. La población comenzó a ser consciente de que el mundo tal como lo conocía había cambiado.

La primera muerte por COVID-19 en La Rioja se registró el 10 de marzo de 2020. La víctima fue una mujer que se encontraba ingresada en el Hospital San Pedro de Logroño. Este fallecimiento marcó un punto de inflexión en la evolución de la pandemia en la región, que comenzaba a vivir los efectos más graves de la crisis sanitaria. Pocos días después, la muerte del teniente coronel Gayoso, después de contagiarse en Haro, fue otro golpe devastador para La Rioja. Su fallecimiento recordaba de la manera más brutal la vulnerabilidad de todos ante la enfermedad. El virus no hacía distinción ni de edad ni de estado físico.
Confinados en casa: un mundo en silencio
Con el confinamiento llegó el silencio. Las calles de Logroño y los pueblos de La Rioja quedaron vacías, con la excepción de aquellos trabajadores esenciales que seguían su jornada con miedo al posible contagio. Las tiendas, los bares, los restaurantes… Todo cerró. Las familias se quedaron dentro de sus casas, protegidas, pero también asfixiadas por la incertidumbre. Niños, adolescentes y mayores. Los patios de vecinos, de ventana a ventana, era el único respiro cuando la tarde comenzaba a caer.
Días interminables entre el teletrabajo, las tareas domésticas, los mensajes de WhatsApp y las videollamadas y las decenas de actividades que pudieron a los ordenadores y los móviles como único contacto con el exterior. Parecía que la normalidad se había detenido, pero a la vez, la situación se convirtió en un ejercicio diario de adaptación y supervivencia. Los días se hicieron más largos, pero al mismo tiempo, parecía que el tiempo se había estancado donde cada vez se echaban más de menos las pequeñas cosas: una caminata al aire libre, un café con amigos, un abrazo.

Una de las escenas más conmovedoras de los primeros días del confinamiento fue ver a los vecinos salir a sus ventanas o balcones a aplaudir. Cada tarde, a las 8 en punto, un clamor de aplausos recorría La Rioja. Un gesto sencillo. Un reconocimiento a los trabajadores esenciales, que se convertían en los verdaderos héroes de la pandemia. El sonido de esos aplausos se convirtió en un símbolo de esperanza… No duraría mucho.
Con el cierre de los comercios y la hostelería, la economía riojana sufrió un golpe devastador. Las tiendas, los bares, los restaurantes, los pequeños negocios… todos tuvieron que echar el cierre temporalmente, sin saber cuándo podrían volver a abrir. La incertidumbre económica se sumaba a la preocupación sanitaria. Comerciantes y hosteleros luchaban por mantener a flote sus negocios, que vaciaban el corazón de ciudades y pueblos. Se crearon ayudas y ERTEs, pero la lucha por la supervivencia económica era diaria. Y empezamos a conocer nombres de gente que explicaba la situación como Pello Latasa, el Fernando Simón a la riojana.
Los hospitales colapsados: donde se luchaba la batalla
Los hospitales riojanos vivieron momentos de tensión indescriptible durante la pandemia. Las unidades de cuidados intensivos se llenaron rápidamente, y el personal sanitario, agotado y al límite, luchaba incansablemente por salvar vidas. Cada turno era una batalla, no solo contra el virus, sino contra el miedo y la incertidumbre. Las salas de urgencias se convirtieron en un espacio de decisiones difíciles, mientras los médicos y enfermeras trabajaban con el corazón en la mano, a veces sin poder siquiera despedirse de los pacientes que se iban. Sólo el pocas ocasiones llegaban momentos de esperanza cada vez que un riojano salía del horror de las unidades de cuidados intensivos. La ansiedad de no saber si habría suficientes camas, respiradores o personal para enfrentar la siguiente ola era palpable, pero a pesar de todo, el compromiso de los profesionales de la salud nunca se quebró.

El impacto del COVID en La Rioja fue devastador. Más de mil personas fallecieron a causa de la enfermedad. La mayoría de ellas, mayores y vulnerables, lejos de sus hogares y familias en un contexto de soledad y angustia. Las funerarias trabajaron hasta el límite y el dolor por la pérdida de seres queridos se vio intensificado por las restricciones. Los abrazos y los rituales de despedida se vieron limitados por las medidas sanitarias. El dolor de las familias se multiplicó por la imposibilidad de velar a los fallecidos.
La desescalada: el inicio del fin
Con el paso de los meses, la desescalada comenzó a ser una realidad. Poco a poco, la vida empezó a volver a las calles. En La Rioja, los bares comenzaron a reabrir con limitaciones de aforo, los comercios abrieron sus puertas, y la gente empezó a salir de nuevo a pesar de que el miedo en mucho no había desaparecido. Los abrazos y los reencuentros, aunque siempre con la cautela de la distancia, se hicieron más frecuentes. Cuando finalmente se pudo caminar por las calles sin restricciones, el sentimiento fue agridulce. Por un lado, la alegría de poder vivir una pequeña parte de lo que antes era cotidiano; por otro, la melancolía por todo lo perdido.
El cierre de municipios durante la pandemia fue una medida difícil de imaginar y aún más de vivir. Ciudades y pueblos que antes eran un hervidero de actividades se convirtieron en lugares vacíos. Ni fiestas, ni conciertos, ni actividades culturales. Los vecinos, algunos apartados de sus familias, se enfrentaron a la angustia de no poder cruzar los límites impuestos por la emergencia sanitaria, temiendo no solo por su salud, sino también por la soledad y el aislamiento. Las puertas cerradas representaban mucho más que un simple cierre físico; eran una barrera emocional que, aunque necesaria, dejó en el aire un sentimiento colectivo de incertidumbre. Entonces la normalidad eran las eternas filas para hacer pruebas PCR y dispositivos nunca antes conocidos en polideportivos, plazas y calles para controlar controlar la epidemia que seguía campando a picos a sus anchas.

Las diferentes olas de la pandemia en La Rioja trajeron consigo momentos de angustia, esperanza y, sobre todo, una sensación de estar atrapados en una montaña rusa emocional. Cada ola era más destructiva que la anterior, y con cada pico de contagios, los hospitales se colapsaban, las familias perdían seres queridos y la incertidumbre se instalaba en cada rincón de la región. La primera ola, cuando el miedo era absoluto, el silencio reinaba y el confinamiento se convirtió en un cruel recordatorio de lo vulnerables que somos. Luego vino la segunda, más dura, con cifras de contagios disparadas y los profesionales de la salud agotados. La tercera, la del frontón después de Navidad… Cada ola marcó a los riojanos de una manera diferente.

EFE/Abel Alonso POOL
La llegada de las vacunas fue un rayo de esperanza que iluminó el largo túnel de incertidumbre en el que se encontraban los riojanos. Ver a jóvenes y mayores por igual hacer fila en los polideportivos, en Riojaforum, en plazas de toros con una mezcla de ansiedad y alivio en sus rostros, se convirtió en un acto de valentía colectiva. Hubo algo profundamente emotivo en ese momento: la solidaridad de los unos con los otros, la fuerza de una comunidad dispuesta a protegerse y proteger a los más vulnerables, a pesar del miedo y la desconfianza. En esas largas colas, se veía no solo la espera de una aguja, sino la esperanza de un futuro de abrazos que volverían a ser posibles, de días sin mascarillas. Más de dos años que se quedan para la historia del mundo, de España y también de una región que salió, como pudo, de los días más oscuros.


