La Rioja

La Rioja, la isla de las incomunicaciones: aviones que no despegan, trenes que no llegan y carreteras caras

La Rioja, la isla de las incomunicaciones: aviones que no despegan, trenes que no llegan y carreteras caras

Ojalá las infraestructuras riojanas generasen tanto revuelo como la carrera de Montoya por la playa en ‘La isla de las tentaciones’. Quizás así, los políticos que viven lejos de esta tierra con nombre de vino se darían cuenta de las dificultades que tienen los ciudadanos de la comunidad para salir de la región o los turistas, trabajadores y riojanos ‘en el exilio’ para poder llegar a ella.

Porque mientras seguimos esperando la promesa de que el Ebro se haga navegable, la realidad es que entrar o salir de la comunidad autónoma más pequeña de España representa una suerte de deporte de resistencia: coger un avión supone exponerse a no despegar, llegar a tiempo al destino viene a ser un acto de fe y para viajar por carretera no queda otra que rascarse el bolsillo. A falta de transporte marítimo, los problemas en las comunicaciones riojanas se amontonan por aire, tierra y ferrocarril.

Tanto es así que de un tiempo a esta parte los representantes públicos han acuñado el concepto ‘insularidad’ en una región de interior que no atisba más mares que los de sus viñedos. Y los riojanos, resignados, viven en una continua ‘isla de las lamentaciones’ que de poco o nada sirven para ver avanzar las infraestructuras que deberían llegar. Lo que en otros territorios es rutinario -poder programar un desplazamiento sin lugar a sorpresas-, en La Rioja se ha convertido en un lujo lejos del alcance de sus habitantes.

Por carretera: paga o desespera

La Rioja es la comunidad autónoma con menos kilómetros de autovía. Incluso Baleares (94,6) y Canarias (284,18) superan los 62,22 kilómetros que trascurren sobre suelo riojano, según los datos del propio Ministerio de Transportes. La cifra podría responder a una mera lógica de las dimensiones del territorio: comunidad pequeña, pocos kilómetros de autovía. Pero la realidad no se rige por esos términos cuando toca rascarse el bolsillo, pues por La Rioja discurre el doble de kilómetros de autopista de peaje (119,4) que de autovía (62,2), algo que no sucede en ninguna otra comunidad autónoma. Es más, en ningún otro territorio el número de kilómetros de autopista supera a los de autovía.

Peaje de acceso a la AP-68 desde el Polígono El Sequero de Agoncillo.

Así seguirá siendo hasta noviembre de 2026, fecha en la que está programada la liberación de la AP-68 sobre suelo riojano. Importante este matiz, pues País Vasco ya ha dejado claro que mantendrá los peajes más allá de esa fecha en su territorio. Y, por si fuera poco, la autopista de peaje ‘riojana’ es cómoda y rápida, pero desde luego no es barata. Más bien al contrario: la AP-68 es la más cara de las autopistas españolas.

Salvo que quieran acudir a Pamplona (por la A-12) o a Soria (por la N-111), a los riojanos les toca rascarse el bolsillo de lo lindo para desplazarse a otras capitales de provincia. Mientras que en otras comunidades el peaje es más económico y tiene como ventaja palpable un ahorro razonable de tiempo, para un riojano la elección supone ganar en seguridad (la alternativa son vías de doble sentido) y aflojar la billetera con desembolsos importantes: el trayecto Logroño-Bilbao cuesta 19,05 euros y el Logroño-Zaragoza es aún más caro, de 20 euros. Unos peajes, para colmo, que acumulan subidas continuas de precio: el último, con el cambio de año, fue de casi un 4 por ciento.

Carriles de incorporación a la AP-68 desde la Ronda Sur de Logroño. FOTO: Fernando Díaz/ Riojapress.

La liberación de la AP-68 implica una doble espera. Los riojanos no solo aguardan al ansiado noviembre de 2026 para dejar de pagar por circular, sino que además hasta esa fecha no se habilitarán los accesos de una Ronda Sur de Logroño prácticamente concluida por las «implicaciones jurídicas» que entraña el cambio de titularidad de la vía. Por resumirlas, la Administración cree innecesario instalar peajes en las conexiones de la Ronda Sur con la autopista para tener que eliminarlos en poco más de un año y medio.

Enlaces de la Ronda Sur con la AP-68, que no se abrirán hasta noviembre de 2026. FOTO: Fernando Díaz/ Riojapress.

Aun sin pagar peajes, el viaje de Logroño a Burgos por la A-12 (Autovía del Camino) supone un verdadero reto. En el tramo riojano los trabajos ya han terminado, pero al otro lado de la muga las obras acumulan décadas de retraso y, lo peor, no se atisba su finalización a corto plazo. ¿Alternativa? La N-120, una carretera convencional que soporta mucho tráfico pesado y cuya seguridad deja mucho que desear. Adelantamientos peligrosos son el pan de cada día, y los conductores no tienen más opción que lidiar con esta vía lenta y peligrosa.

Todo lo relatado anteriormente no es una mera cuestión de comodidad, sino de seguridad en un momento en el que la Administración se afana en rebajar la siniestralidad sobre el asfalto. No en vano, el último informe del Real Automóvil Club de España (RACE) sitúa a La Rioja como la comunidad con mayor porcentaje de carreteras de alto riesgo en el país.

Por avión: pocos vuelos y accidentados

En lo que se refiere al transporte aéreo, el aeropuerto de Agoncillo mantiene una conexión diaria con Madrid como único vuelo regular. Este servicio tiene un servicio de ida y otro de vuelta entre ambas ciudades, con un trayecto de aproximadamente una hora de duración.

Podría resultar suficiente si no fuera porque las incidencias se acumulan en la única conexión que opera regularmente en el aeropuerto riojano. Los problemas técnicos dejan en tierra a los pasajeros con mayor frecuencia de la deseable y el ‘plan B’ habitual pasa por Pamplona. Autobús hasta la capital navarra y desde allí vuelo a Madrid, siempre y cuando el avión de no tenga completo el pasaje. En ese caso se recurre al ‘plan C’: embarcar a los pasajeros en un autobús y desplazarlos por carretera hasta la capital de España, lo cual implica un trayecto de casi cuatro horas para suplir un vuelo que debía durar apenas sesenta minutos.

Una situación que redunda en la petición por parte de la Administración autonómica de más medios humanos y materiales para Agoncillo, con el deseo de minimizar el número de incidencias en sus vuelos.

Vista de la terminal de pasajeros del aeropuerto de Agoncillo.

Recientemente, desde el  Gobierno regional se han anunciado varias novedades que podrían mejorar la conectividad de la región en fechas puntuales.  Entre ellas, destaca el aumento de vuelos hacia Madrid durante la Semana Santa, lo que facilitará los desplazamientos en una de las épocas de mayor demanda. Además, para la temporada de verano se incorporarán 26 trayectos a Mallorca a lo largo de seis semanas, ampliando las opciones de viaje desde Logroño. Para el próximo año, el aeropuerto de Agoncillo también se está preparando para vuelos internacionales, incluyendo un destino a Londres y otro que será determinado por la aerolínea que se haga con el pliego.

Porque, pese al debate sobre su viabilidad, el único aeropuerto riojano sí tiene futuro. Eso, al menos, considera la cúpula de Ryanair, que asevera sin dudarlo que «Logroño tiene un gran potencial para atraer turismo si se crean las condiciones adecuadas». Son en esas «condiciones adecuadas» las que mantienen a la compañía irlandesa en una guerra abierta con el Gobierno central a cuenta de las tarifas en los aeródromos de tamaño medio, como el de Agoncillo.

Mientras tanto, el aeródromo acoge desde el pasado año una escuela de pilotos que ha catapultado su número de operaciones, aunque sus cifras de viajeros -aunque han mejorado en los últimos meses- se sitúan muy lejos de los años dorados de la infraestructura y ni siquiera superan las registradas antes de la pandemia. El detalle de esas cifras es significativo:  la terminal solo vio pasar más de 2.000 pasajeros en tres meses del pasado año y en agosto (mes turístico por definición) tan solo se subieron al avión 161 personas.

Por ferrocarril: del ‘Tren Chispita’ a ‘la diligencia’

Reseñadas las deficiencias en las carreteras y el transporte aéreo riojanos, la conexión ferroviaria no mejora la experiencia del viajero, a pesar de ser una de las opciones más utilizadas por los habitantes de la comunidad. Actualmente, hay varios trenes diarios que cubren la ruta Logroño-Madrid, aunque solo uno de ellos (el de las 7:24 horas) permite a los pasajeros trasladarse de un punto a otro sin trasbordos. La duración de estos viajes oscila entre 3 horas y 35 minutos (embarcando a las seis y cuarto de la mañana) y las 4 horas y 12 minutos. Es decir, en cuanto a tiempo del trayecto, ninguno de los viajes en tren supone una ventaja significativa respecto al desplazamiento por carretera.

Alvia estacionado en Logroño, con destino Madrid.

Durante décadas, desde el Ministerio de Transportes -independientemente del color político de sus gestores- siempre se ha fijado el objetivo de reducir ese trayecto a menos de tres horas, pero su materialización se ha diluido entre estudios de viabilidad, declaraciones de impacto ambiental o, sencillamente, cambios de planes ministeriales.

El último anuncio al respecto pasa por la reciente aprobación del estudio informativo para la renovación del tramo Castejón-Logroño, cuyo trazado centenario se ha quedado obsoleto respecto a las necesidades ferroviarias del siglo XXI. Este proyecto -cuya inversión estimada es de 536,2 millones de euros- mejoraría la velocidad de los trenes, permitiendo alcanzar los 220 kilómetros por hora y reduciendo el tiempo de viaje entre Castejón y Logroño de 48 a 30 minutos.

Aunque ya se están llevando a cabo obras en la variante de Rincón de Soto, esa reducción temporal no será una realidad hasta que el tramo se haya renovado al completo, algo que podría no ocurrir hasta 2050, la fecha en la que expira el plazo dado por Europa para la financiación del proyecto.

Estación ferroviaria de Miranda de Ebro.

Como alternativa a la conexión ferroviaria con Madrid a través de Castejón, el Ministerio anunció hace casi un año un nuevo servicio Logroño-Madrid por Miranda de Ebro, que supondrá la creación de 3.200 plazas adicionales cada semana y una duración de unas cuatro horas por trayecto. Nueva ilusión para los usuarios riojanos del ferrocarril… y nueva frustración. Porque, aunque su puesta en marcha estaba prevista para el pasado mes de noviembre, un «reajuste en la programación» de Renfe dio al traste con el plazo prometido. Ahora, si ningún contratiempo lo impide, los primeros trenes Logroño-Madrid circularán por Miranda de Ebro a partir del próximo mes de marzo.

Pero si hay una conexión que sintetice a la perfección las carencias ferroviarias de La Rioja, esa es sin duda el Regional Express entre Logroño y Zaragoza. Tanto, como que se ha ganado a pulso el apelativo popular de ‘Tren Chispita’ por el rosario de incidencias que ‘regalan’ a sus usuarios las vetustas unidades de la serie 470, cuyas comodidades brillan por su ausencia (no dispone ni siquiera de baños).

Vista exterior del Regional Express a Zaragoza, un tren de la serie 470.

Viajar en coche de Logroño a Zaragoza supone una hora y media de trayecto; hacerlo en el ‘Chispita’ no baja de las dos horas. Y eso, cuando las condiciones permitan que el tren complete el trayecto, porque las averías se suceden con una frecuencia inusitada (esta semana uno de los trenes se quedó varado a apenas 150 metros de la salida).

Las numerosas quejas de los usuarios del Regional Express llevaron al ministro Óscar Puente a anunciar durante su última visita a La Rioja el fin del ‘Tren Chispita’. El problema es que la solución, como el propio tren, también acumula retrasos: los nuevos Alaris debían haber jubilado a la serie 470 el pasado enero, pero no entrarán en servicio en la conexión Logroño-Zaragoza hasta, al menos, el mes de abril.

Vista exterior de un tren de la serie Alaris, que llegarán (si nada lo impide) a La Rioja en abril.

Mientras tanto, el Gobierno regional clama contra la Administración central por enviarle «el peor material rodante de toda España», con «trenes del siglo XIX» y le reclama al Ministerio de Transportes más trenes a Madrid por Castejón, más allá de la ‘inminente’ conexión por Miranda de Ebro.

La conclusión es simple: ni una sola gota de mar baña las fronteras riojanas, pero su insularidad se manifiesta en la carencia de infraestructuras por carretera, avión o tren. Quién sabe, quizás su reciente récord de turistas se explique por el simple hecho de que una isla siempre parece un buen reclamo para el viajero que busca una isla en la que desconectar de su rutina. Y si esa isla tiene buen vino, pues cualquiera se resiste.

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