Firmas

La reina del baile

Hemos pasado algo por alto. ¿Cómo hemos podido ser tan idiotas? Llevamos varios días analizando desde una perspectiva lógica la política riojana y las actuaciones de la diputada de Podemos, Raquel Romero, sin tener en cuenta el factor más importante de toda la negociación. Lo hemos tenido siempre delante y no hemos sido capaces de verlo. Ni columnistas ni equipos negociadores ni políticos. Todos tenemos parte de culpa. De haberlo sabido antes, ya tendríamos Gobierno en La Rioja y habríamos puesto doscientas medidas en marcha. Por lo menos.

Las tres consejerías que ha pedido Podemos son los árboles que nos han impedido ver el bosque. Qué cerca lo teníamos y qué tontos hemos sido al no darnos cuenta antes. Ay, ay, ay. ¿Lo tienes ya? ¿Sí? ¿Seguro? ¡Correcto! Nadie se ha parado a pensar hasta ahora que Raquel Romero es millennial. La diputada morada ha crecido con el inicio de la digitalización y con las películas americanas en las que toda la chavalada tiene taquilla en el instituto.

Hollywood ha dejado claro a toda una generación que no hay nada más importante en la vida que el baile de fin de curso. Vestido nuevo, limusina y una cita en la puerta que traiga flores. Para cuando los jóvenes riojanos nacidos en los 80 probamos el kalimotxo, ya estábamos hartos de ver cómo el quarterback se llevaba a la líder de las animadoras y el sheriff desalojaba las fiestas en las casas con piscina cuando los padres se iban de fin de semana. No nos hables de «la movida» ni de la heroína. Las niñas de Alcàsser son un documental de Netflix y uno más uno son siete, quién nos lo iba a decir.

Bajo esta premisa, hay que entender que Raquel Romero quiera ser la reina del baile por una semana. ¿Quién no? Encantada de la vida por ser el centro de atención, la diputada de Podemos lleva varios días con una sonrisa imborrable de la cara. Es la chica popular del instituto, la niña tímida a la que el chico guapo del colegio ha invitado a salir después de pedir permiso a su padre. Sale en La Sexta. Todo es tan bonito que no puede ser verdad. Y no lo es. En realidad, no está invitada a la fiesta y se quiere colar por la puerta de atrás con un par de cervezas saludando a la peña.

Ella todavía no lo sabe, pero se acabará enterando. Si se aleja lo suficiente del sol de Castilla-La Mancha y las ocho personas que quieren colocarse laboralmente con su entrada en el Gobierno, la joven periodista que volvió de Berlín a ‘dedo’ de Podemos porque un juzgado suspendió las primarias moradas conseguirá darse cuenta de que las películas americanas de instituto son mentira, en La Rioja no hay baile de fin de curso sino verbena en la plaza del pueblo y que tiene la oportunidad de su vida para hacer historia en la región.

Ya la está haciendo. Sí. Claro. Su estrategia, contábamos el martes, será estudiada por futuros estudiantes de la Universidad de La Rioja como la mejor manera de suicidarse políticamente. El cuento de la reina del baile no existe y la vida es «una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño», cual viceconsejería de igualdad. A nuestro paso por el mundo hay que pedirle cosas simples que nos hagan grandes. Por ejemplo, que no te tiemblen las piernas al tirar el penalti decisivo en la final de un Mundial.

Yo, si alguna vez fracaso en la vida, sólo pido que me aplaudan como a Concha Andreu a la salida del Parlamento tras perder su segunda votación para convertirse en presidenta. Larga ovación cerrada para que retumben las palmas en el exconvento de La Merced y una cantidad de abrazos que la pobre líder del PSOE preferiría haber obtenido la Presidencia sólo para no tener agujetas en los brazos y dolor de espalda. A la reina del baile nadie la esperaba fuera. Cosas de la realidad y las consecuencias de nuestros actos. «Sí se puede».

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