Firmas

Tinta y tinto: ‘El traqueteo nuestro de cada viernes’

El viernes llega siempre con un sonido inconfundible. Traqueteo de maletas por los adoquines del centro. El domingo a mediodía vuelve. Tac. Tac. Tac. Tac. Tac. Las ruedas chocan contra el empedrado sin apenas girar. Golpean el irregular suelo de las venas del corazón de la ciudad, perturbando la tranquilidad de los pocos vecinos que ya quedan entre sus paredes. Primer aviso. Despistados millennials y boomers con 48 horas libres por delante para tachar un nuevo sitio de su mapa de experiencias. Sus miradas hacia los carteles de las calles y los balcones de los edificios buscando desconocidas referencias les delatan más como recién aterrizados que el móvil en la mano con Google Maps abierto. A cada cien metros, pequeño parón para comprobar que la ruta es la correcta. “Es por aquí”. “Ya casi estamos”. Ganas de abandonar las maletas y entregarse a la lista de “cosas imprescindibles que hacer en Logroño”.

Arregladas parejas en busca de tranquilidad, cuadrillas de amigos en busca de intranquilidad que caben en uno o dos coches, matrimonios que se conocen de “toda la vida” y alguna familia con niños que tiene amigos en la ciudad. Más o menos, en estos cuatro grupos se engloban todos los ruidosos del viernes a la tarde y el domingo a la mañana (dejaremos para otro día el asunto de las despedidas). Una vez desembarcan y ponen pies en tierra firme, siempre tienen un líder que lleva el plan en la cabeza. Suele ser sencillo. Dar una vuelta por el centro, hacer una incursión de reconocimiento por La Laurel y dejarse llevar por los efectos del Rioja hasta que venza el cansancio acumulado del frenesí semanal. Al día siguiente, conocer alguna bodega, llenar el estómago y volver a dejarse llevar por los efectos del Rioja. No tiene fallos ni fisuras.

Hasta aquí, todo bien. El turismo y el enoturismo como industria que trae riqueza, genera puestos de trabajo y dinamiza la región. Sin embargo, como todo, en el exceso tiene su parte negativa. Leía el otro día una noticia que me ponía en alerta sobre la masificación de este parecido fenómeno que otras ciudades sufren de manera mucho más perversa. “Metro de Madrid y Cercanías cierran Sol todo el puente de la Constitución por las tardes. La alta afluencia de público al centro de la capital dejarán los accesos y las paradas sin uso de 18 a 21 horas”. Le mandé un mensaje el lunes a mi hermana (vive en Carabanchel), a quien tengo pendiente hacerle una visita por aquello de celebrar la libertad con un buen cocidito madrileño. “Qué locura el puente por allí. No va a ser este finde”. “Ya se nota la gente y no se puede ir por el centro. El puente no me lo quiero ni imaginar. Vamos a intentar estar lo más lejos posible del centro porque es asqueroso”. Cambio y corto.

La gran cantidad de personas que atrae la capital durante estos días hacen insostenible incluso el uso de su transporte público. Sobran turistas. El centro se convierte en una jungla en la que es imposible moverse. Comprar, sentarse en una terraza o encontrar sitio en un restaurante se convierte en una odisea imposible que trunca cualquier plan improvisado. Si no tienes reserva, estás jodido. Así, surge una pregunta. ¿Es ese el modelo que queremos para nuestras ciudades? Por suerte, en Logroño no estamos todavía en el punto en el que sí se encuentran otros lugares como Madrid, Barcelona o Venecia, por citar los ejemplos más recurrentes. Las consecuencias se repiten día tras día en los medios de comunicación sin que ningún gobierno pueda (o quiera) ponerle freno por los beneficios económicos que genera. El más directo, el que reciben los dueños de los pisos o los inversores de edificios turísticos. Un fenómeno imparable gracias a plataformas como AirBnb o Booking que ha multiplicado los precios del alquiler y la compra de vivienda. Primero en el centro y, por efecto dominó, en el resto de barrios. ¿Quién quiere alquilar su casa a un inquilino ‘estable’ por 500 o 600 euros al mes pudiendo ganar esa misma cantidad de dinero en un único fin de semana?

Mi principal duda está en saber hasta dónde se puede estirar el chicle sin que eso afecte (más) a nuestra forma de vida. Porque el cambio en el centro ya es inevitable (basta con medir los decibelios del traqueteo del viernes) con la expulsión de centenares de vecinos en los últimos años y con su consiguiente pérdida de servicios al no haber residentes cerca. El Observatorio del Casco Antiguo de Logroño alertaba hace unas semanas de que al menos nueve de los quince edificios que se estaban rehabilitando en la zona se dedicarían en exclusiva a apartamentos turísticos. Más turistas, menos logroñeses. Y así, hasta el infinito.

Basta con darse una vuelta por el centro para comprobar que cada negocio que ha cerrado en los últimos tiempos es un nuevo establecimiento hostelero, con especial incidencia en la calle Portales. Ningún local se salva y cada jubilación se convierte en una balada triste de comercio que baja la persiana para siempre. A la feroz competencia de Amazon se une la falta de vida entre semana. Las cuentas no cuadran y el adiós llega más pronto que tarde. Una entrevista en el periódico, un pequeño lamento porque algo se muere en el alma cuando una tienda de toda la vida se va y a otra cosa. El corazón de Logroño como parque de atracciones en el que todo es felicidad para aquellos que vienen de fuera porque de casa ya apenas queda nadie. Y los que quedan cada vez tienen menos fuerzas y ganas de hablar sobre un problema que a nadie parece importarle.

Esa masificación también ha traído consigo cambios en las rutinas locales. Pocos son los osados paisanos que se plantean ir a La Laurel un viernes o un sábado salvo que reciban visita de fuera y tengan que enseñarles cómo se come un champi, aunque eso también ha masificado la calle San Juan (y adyacentes) por efecto rebote. La primera se llena de turistas y la segunda congrega al resto de la ciudad que no se ha ido al pueblo. Todos a la vez en todas partes. Se nos ha olvidado aquello de que en el término medio está la virtud y estamos cometiendo los mismos errores que antes cometieron otros (volvemos al ejemplo de Madrid, Barcelona o Venecia) sin que nadie sepa ponerle freno. ¿Cómo? Buena pregunta.

A mí, desde el teclado y sin considerar los pormenores legislativos de ello, se me ocurre paralizar del todo la concesión de licencias turísticas, establecer una cuota de diez euros por visitante y día, incentivar el establecimiento de oficinas en el Casco Antiguo, construir edificios residenciales de VPO para la gente de la ciudad e incluso imponer elevadísimos impuestos a los propietarios de viviendas vacías para propiciar que estas salgan al mercado. Un comentario de barra de bar como otro cualquiera para evitar que los pocos vecinos que quedamos haciendo latir el corazón de Logroño mediante máquinas decidamos que es hora de dejarlo ir y apaguemos la respiración asistida.

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