Crisis del Coronavirus

Mujeres y pandemia: más esenciales que nunca

Más esenciales que nunca

La pandemia no ha puesto a las mujeres en puestos esenciales, en esos que han sido claves para intentar superar el revés que nos ha dado un bicho que no sabe de feminismos y que sigue pululando como ‘Pedro por su casa’ por un planeta en el que más o menos la mitad de la población es femenina. Ellas ya estaban allí. Ha habido mujeres entre las profesiones esenciales y las no esenciales, entre los enfermos, entre los fallecidos…

Han sido de las que han cumplido las reglas a rajatabla, pero también de las que se las han pasado por el forro. Hay mujeres negacionistas y otras que divulgan para convencer a éstas. Ha habido mujeres que se han quedado en casa y otras que han tenido que salir porque no les quedaba otra opción. Las ha habido en todos los ámbitos. En todos los momentos. Hay mujeres que este lunes saldrán a la calle a reivindicar que aún hacen falta dar muchos más pasos y otras que se quedarán en casa por responsabilidad sanitaria. Incluso habrá algunas que ni tengan tiempo de acordarse de que es 8 de marzo porque tienen tantas cosas en la cabeza que «bastante tienen con el día a día».

Hablamos con algunas de ellas sobre la pandemia, pero también sobre feminismo. De cómo ha sido el último año para las mujeres y las trabajadoras. Una madre que tuvo que dejar su trabajo para poder conciliar en un momento complicado o una sanitaria sin posibilidad de conciliarlo. Una maestra con una baja de maternidad de por medio o un mayor que vivió pendiente de las llamadas a su móvil en los momentos más duros. También una emprendedora en tiempos complicados o una responsable de buscar la solución para este virus que nos acecha. Todas ellas han puesto su granito de arena. Como lo ponen en cualquier crisis las ciudadanas de un país que celebra este lunes un día diferente. Se deba o no se deba salir a calle.

Lucía Grávalos. Chef

Lucía comenzó la pandemia teniendo que irse de su cocina a su casa ese 14 de marzo en el que se cerró todo a cal y canto. Joven, enamorada de su oficio y con unas ganas de hacer lo que le gusta que se le salen del pecho, no se lo pensó dos veces. En el peor momento de la pandemia decidió abrir su propio restaurante en Calahorra. En su ciudad. Primero, un servicio a domicili. Después, un gastronómico. Ahora todo lo que consigue ahorrar va directo a su nuevo proyecto en Madrid. Una mujer con un espíritu de superación digno de ser alabado que reconoce con tristeza que en su mundo sigue habiendo demasiado machismo.

«Me hace mucha gracia cuando la gente niega que un hombre cobre más que una mujer en el mismo puesto. En la hostelería es algo habitual. Yo nunca he cobrado lo mismo que un jefe de cocina hombre en ese mismo puesto», asegura. Los techos de cristal son habituales. Sólo tienes que ver el anuncio de los cocineros que estos días tanto nos emocionan. «¿Qué porcentaje de mujeres hay?», se pregunta. «La cocina es un mundo en el que las mujeres siempre han trabajado y que, sin embargo, no ha tenido la relevancia que tiene hasta que los hombres no entraron en las grandes cocinas», viene a resumir. Hay referentes femeninos, por supuesto; pero son pocos.

Lucía, que siempre rompió con los moldes, recuerda que el machismo siempre intentó cortarle unas alas que ni su forma de ser ni su familia permitieron que fuesen podadas. «Ésto se soluciona con educación y con libertad. Recuerdo que tuve que dejar de jugar al fútbol porque llegó una edad en la que las niñas ya no podían jugar con los niños», confiesa. En su trayectoria de cocinera ya nunca dejó que le volviese a pasar.

«Y eso que es complicado cuando tienes que dar órdenes de cocina a un hombre, especialmente si es mayor que tú». Su juventud tampoco se lo ha puesto fácil. «A veces no entienden que la forma de trabajar sea la tuya, simplemente», comenta. Las cosas van cambiando, poco a poco, pero con paso firme. Nunca desde que abrió su nuevo negocio ha tenido problemas de éste tipo. «Mis socios y yo somos iguales. Da igual el género que tengamos. Cada uno tiene su parcela y cada uno toma las decisiones en el ámbito que le corresponde».

Saray García. Profesora

Saray da clases de historia y filosofía a adolescentes. Ella mejor que nadie sabe a lo que nos enfrentamos tanto con la pandemia como con el feminismo. El confinamiento más duro lo pasó de baja. Acababa de nacer su primer hijo. No fue fácil pasar los primeros meses sin poder salir de casa. Hace meses que ya está de vuelta en las clases y ve cómo los chavales han perdido un año de maduración.

«No todo son los contenidos. Eso no me preocupa. Si no saben ahora en qué año terminó la Primera Guerra Mundial, lo sabrán más adelante. Pero se nota que sus relaciones sociales se cortaron durante más de un trimestre. Los chavales de segundo de la ESO parece que acaban de salir de primaria porque las relaciones sociales en esta edad son importantísimas y prácticamente las han perdido todas», reflexiona.

Sabe la importancia de la educación para dar pasos contundentes en el feminismo. «Hace falta más educación en la igualdad, más programas como Skolae (se lleva a cabo en Navarra) en el que se ponga en valor las actitudes de las mujeres pero también en la de los hombres. Hay que poner también el foco en ellos porque si no estamos perdidas».

«He estado mirando estudios y me preocupa mucho que con la pandemia se han incrementado las agresiones de hijos (tanto chicas como chicos) hacia sus madres, no hacia sus padres. Los chavales tienen en estos momentos mucha frustración y la pagan con quien creen que es más débil y con quien más horas está con ellos en casa», añade.

Arancha Olloqui. Sanitaria

Si un colectivo ha sido importante estos últimos meses ha sido el sanitario. Arancha es pediatra en el Centro de Salud de Arnedo. Reconoce el papel de la mujer en tiempos de pandemia. «De un día para otro nos vimos sin días libres, sin vacaciones y con los niños en casa. En mi caso tuve que ampliar las horas de alguien que me echase una mano con ellos. Era casi tener que intercambiar su sueldo por el mío, pero creí que era lo que tenía que hacer. En esa situación nos hemos visto la mayoría de las sanitarias. Con el miedo de llevar el virus a nuestras casas, teniéndonos que ocupar de nuestros pacientes, de nuestros hijos, de nuestros padres… el conciliar en algunos momentos ha sido imposible y hemos tenido que elegir entre una cosa y otra». Muchas han tenido que hacer malabares para seguir acudiendo con responsabilidad a sus puestos de trabajo con todo lo que dejaban en casa.

En su sector el machismo cada vez está menos presente, aunque igue habiendo cosas que no son iguales para los hombres que para las mujeres. «Hay una situación muy común: para algunas personas prevalece más el diagnóstico de un hombre que el de una mujer. El doctor es el doctor y yo sigo siendo Arancha o, simplemente, la chica». En el sector público los sueldos en el mismo cargo son los mismos, pero aún se notan los techos de cristal. A pesar de que son más las mujeres que trabajan en el sector sanitario, aún la mayoría de los cargos de responsabilidad recaen en los hombres. ¿Somos nosotras las que por ese afán que tenemos por tener todo atado no los aceptamos? ¿Qué tiene que cambiar para que las mujeres puedan acceder a esos puestos sin renunciar al resto de su vida?

Arancha ha vivido estas últimas semanas lo peor del machismo muy de cerca con la agresión a una de sus compañeras. «Es lo peor del machismo. Lo demás lo podemos llevar mejor o peor, pero lo que le ha pasado a ella no se puede ni se debe consentir, esperamos que se recupere pronto, no nos la quitamos ni un solo día de la cabeza».

Isabel Sola. Bióloga

Isabel Sola es una de las mayores conocedoras del coronavirus en España. Trabaja en el Centro Nacional de Biotecnología desarrollando su propia vacuna contra el COVID-19. Hablar con ella es recibir una clase magistral sobre el virus, pero también sobre feminismo. «En la pandemia no diferenciaría entre los papeles del hombre y la mujer. Cada uno ha contribuido en su nivel y las mujeres, como no podía ser de otra forma, hemos estado ahí las primeras igual que los hombres. La crisis sanitaria ha dado visibilidad a muchas labores que hasta ese momento habían pasado desapercibidas y se ha visto que en todas ellas hay mujeres».

«Dentro de la ciencia hay diferentes áreas y la presencia de la mujer es diferente, según nos dicen las estadísticas. Yo la que conozco es la de la biomedicina y aquí cuando se empieza la carrera investigadora hay paridad, pero luego la evolución recuerda a la forma de unas tijeras: en los puestos de más responsabilidad se invierten los números y aún hay un predominio de hombres», explica.

«Es verdad que cada vez hay más presencia femenina, pero aún hay trabajo por hacer». ¿A qué se puede deber esta situación? Isabel Sola lo achaca a diferentes factores. «Aunque es verdad que a algunas quizás nunca les hayan dado la oportunidad de decidir, también es verdad que una parte las mujeres, en general, nos autoexigimos demasiado. Pensamos que no vamos a ser capaces de asumir un cargo aunque el hombre que lo asume finalmente es igual de capaz que tú. También el hecho de que la familia y la conciliación nos limita en extremo, aunque a ellos también debería limitarles de la misma manera».

También hablamos de referentes. «Es fundamental que haya referentes. Todos los necesitamos y, en las ciencias, especialmente en las carreras técnicas, hay muy pocos referentes femeninos. Muchas veces hace falta que en tu proceso de formación alguien te abra la puerta, que te explique que nada es imposible. Si hay alguien que te explica bien las cosas todo es asumible para cualquier persona, ningún camino es inaccesible para una mujer».

Hablamos con ella de las manifestaciones de este lunes. «No pasa nada porque un año una no se manifieste. El espíritu del 8-M se puede demostrar de otras formas y concentrarse siempre supone un riesgo, aunque es verdad que se hace en la calle. Todo lo que sea juntarse con gente, ahora mismo, es un riesgo».

Ana Escorza. Astrofísica

Ana ha vivido la pandemia en dos continentes diferentes. Días después de celebrar su doctorado llegó el confinamiento y después de él su traslado desde Bélgica hasta Chile, donde desde octubre trabaja para el Observatorio Europeo Austral. Joven y sobradamente preparada, explica el caos que ha sido cambiarse de continente en plena pandemia. «Fue una auténtica locura, las condiciones para viajar que te servían un día cambiaban a la semana siguiente. Las normas en un país y en otro eran diferentes. Era tener que saber las de Bélgica, las de Chile y con un ojo siempre puesto en lo que pasaba en España». Estos días, mientras termina de degustar el zurracapote que hizo en honor a las fiestas calagurritanas al otro lado del océano, hablamos con ella de feminismo.

«Aún quedan mucho pasos que dar. En mi carrera éramos siempre menos chicas que chicos. Cuando empecé a dar yo las clases había veces que tenía alumnas y alumnos o clases sólo de alumnos, lo que nunca me he encontrado ha sido una clase con todo alumnas». También habla claro sobre la falta de referentes. «Si a alguien le preguntas sobre un referente en ciencia, todo el mundo se va a Marie Curie. De esa época hasta hoy hay miles de mujeres que han hecho cosas importantísimas en ciencia y que aún no son los suficientemente reconocidas».

«Ese es uno de los primeros pasos, que las jóvenes que tienen en mente hacer una carrera en determinadas áreas de la ciencia sepan que antes que ellas ha habido otras que lo han conseguido». A veces reconoce que buscando la paridad casi obligada ella se ha encontrado con un machismo que no le gusta. «Eso de que te digan que salgas a explicarlo tú ya que eres la única mujer. A veces no sabes si lo hacen porque quieren que lo hagas tú o porque simplemente queda bien que lo haga una mujer».

Amparo Carra. Trabajadora de un supermercado

Y de las estrellas bajamos a la tierra y a uno de los puestos más esenciales en esta pandemia: los trabajadores de supermercados. Amparo trabaja en la pescadería de una gran superficie en Calahorra. Su empuje y su decisión quedaron mermadas en el inicio de la pandemia. «Teníamos miedo», reconoce. Cuando aún no sabíamos de qué iba toda esta historia, ella tenía que salir ya a la calle.

«Recuerdo el silencio de las calles y los rituales a la hora de volver a casa como no poder dar un beso a los hijos hasta que no te habías desinfectado por completo». En la pandemia ha visto lo peor y lo mejor de las personas. «Una señora que se acercó hasta el mostrador de la pescadería sólo para darnos las gracias por el trabajo que habíamos hecho durante el confinamiento. Se me saltaron las lágrimas», se emociona. «Por otro lado ha habido gente que no ha comprendido nada ni lo siguen comprendiendo un año después. Les pides que no se acerquen al mostrador y ves malas caras o quejas».

En su sector, en el que la mayoría de las trabajadoras son mujeres, no detecta síntomas de machismo. «Aquí somos todos iguales. Los compañeros y compañeras hacemos labores similares. Nadie es más que nadie. Menos tampoco. En otros ámbitos aún hay mucho en lo que seguir trabajando». Para ella tanto sus compañeras como sus compañeros han sido un pilar donde sujetarse en los peores momentos. «A falta de poder darnos los abrazos que nos hubiesen hecho falta en los momentos más duros, siempre había palabras de ánimo, un ‘vamos que esto se tiene que terminar'», dice, esperando que el final esté más cerca cada día. «Mientras, en casa, las mujeres hemos hecho un poco de todo: de madres, de amas de casa, de maestras… quitándolo de nuestro tiempo personal aunque no hemos perdido la relación con nuestras amigas: las videollamadas nos han dado la vida».

Silvia Rodrigo. Trabajadora y madre

Para Silvia el año no ha sido fácil. Ha vivido las dos monedas de la pandemia: la de las distancias que duelen y la de las cercanías que lo hacen todo más complicado. Silvia tuvo que pedir una reducción de jornada en cuanto comenzó el confinamiento. Su hijo, Manuel, tiene autismo y necesitaba estar en casa el mayor tiempo posible porque los colegios se habían cerrado a cal y canto. Con sus padres sin poder pasar el Ebro un momento para echar una mano como antes y contagiados por el virus más tarde, se vio obligada a anteponer, como tantas otras madres. «Las horas que yo trabajaba estaba mi marido con el hijo, pero fue imposible trabajar las ocho horas completas». Mientras, su hijo mayor en la distancia, en un centro de menores, y sin poder verlo en meses. Luego llegarían las visitas tras una mampara y por fin el reencuentro.

«Las familias hemos tenido que convertirnos en profesoras, en terapeutas… no es fácil entretener tantas horas a un niño como Manuel». Ha contado con ayuda, pero la carga ha recaído sobre sus hombros y sólo su marido le ha aliviado en determinados momentos una situación complicada: la de no poder ver a uno de sus hijos y no poder perder de vista ni un minuto al otro. Aún así la sonrisa no la pierde. «Si hemos salido de ésta, salimos de cualquier cosa», asegura con la fuerza de una mujer que demuestra valentía, tesón y capacidad para superar los envites de la vida.

Esperanza Velamazán. Profesora jubilada

Esperanza Velamazán es feminista desde el día que nació. Profesora jubilada está convencida de que en muchos aspectos hemos dado pasos hacia atrás en lo que se refiere a feminismo. «Se dieron muchos pasos en los años 70 y 80 y pensábamos que ya estaba todo conseguido. Dimos por hecho que no había que seguir trabajando en ello y ésto es como la libertad y la democracia: si no sigues luchando por ellas, terminas dando pasos hacia atrás».

Ella conoce bien a las clásicas del feminismo. «Ya lo decía Simone de Beauvoir: cualquier crisis sea del tipo que sea bastará para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Y eso es lo que ha pasado con la pandemia: la culpa del inicio fue el 8-M del año pasado. No de los campos de fútbol ni de las concentraciones políticas ni de los metros, los autobuses o los aeropuertos…».

Entiende que en muchos aspectos se intenta criminalizar la palabra feminismo. «Esto no va de ir en contra de los hombres. Es simplemente perseguir una igualdad que nos permita ir sin miedo por las calles. No tener que decirle a tu hija: llámame cuando llegues a casa. Porque todas hemos tenido esa sensación o la sensación de que un hombre invade nuestro espacio vital sin nosotras darle permiso y la que no lo reconozca es porque no ha sido consciente no porque no le haya pasado».

Esperanza recuerda que en los años 80 ya se hablaba en los centros educativos de la coeducación. «Asistimos a un curso en Madrid que duró casi dos años en el que se nos enseñó mucho sobre educar en igualdad. Que los chicos aprendiesen a coser y las chicas marquetería, pero muchas cosas más». Fueron años importantes para la igualdad en la educación.Y es que Esperanza analiza cada frase que escucha. «En los Goya me quedé con una frase de Antonio Banderas que decía que ‘para vivir la vida hay que mirar al futuro y para entenderla mirar atrás’. Eso se puede aplicar perfectamente al feminismo. Para avanzar no podemos bajar la guardia, pero para comprenderlo hay que mirar a atrás porque hay personas que creen que ellas lo han conseguido todo o que ésto ha venido como por arte de magia».

Bea Tricio. Emprendedora

A Bea la pandemia le retrasó hacer realidad su sueño. Ya tenía todo preparado para montar su pastelería-cafetería cuando llegaron los primeros cierres y decidió posponer el momento. «Siempre me había gustado la repostería. Estar entre harinas. Y empecé a tener el gusanillo de tener mi propio obrador. Encontramos un local y justo saltó todo por los aires. Paramos todo. Era una inversión inviable sin saber cómo iba a ser la situación».

En verano decidió retomar el proyecto. «Intenté buscar un local en el que no hubiese que hacer demasiada obra. Ha habido inversión, pero no tanta como la que nos habíamos planteado al principio. Llegó un punto en el que pensé dejarlo todo pero viendo las medidas que se han ido tomando después decidí tirar adelante con mi sueño».

«La acogida que hemos tenido ha sido mucho mejor de lo que esperábamos. Es un comercio de dulces y de café que faltaba en esta zona. Además, la gente aprecia mucho las medidas de seguridad que tomamos. Mi marido es sanitario y lo teníamos muy claro. Había que cumplirlas todas a rajatabla. Viene la gente diciendo que le hemos dado vida a la zona», añade. Bea es una de esas mujeres emprendedoras que dan pasos hacia adelante en momentos complicadoscomo el que vivimos.

Concha Cristóbal. Persona mayor

Concha Cristóbal es una mujer feliz. Desde hace unos días sabe que a finales de esta semana la van a vacunar. A sus 86 años no ha dejado en un momento de estar en su casa. «Decidí que mientras pudiese quería seguir viviendo sola y mis hijas lo entendieron. Ellos bastante trajín tenían. Los primeros meses me hacían la compra y me la dejaban en la puerta. pero desde que pudimos salir los mayores ya ni eso. Que les pedía una merluza y aunque viesen que el chicharro ese día estaba mejor, me traían la merluza», cuenta sin poder evitar que se le escape una sonrisa.

También la han cuidado mucho desde la distancia. «Me traían dulces y galletitas para animarme. Eso se agradece mucho». Conoce a varias mujeres de su edad que han estado en una situación similar a ella: solas durante la pandemia. «Creo que habrá menos hombres que hayan vivido solos estos meses. Al final nosotras somos más fuertes de cabeza y ha sido bastante duro», afirma Concha.

Para ella lo más complicado ha sido perder el contacto personal con la familia. «Sí, hablábamos por el móvil pero no es lo mismo. No poder ver a los nietos, a los pequeños y a los mayores, ni a los hijos ha resultado complicado». Ahora los ve un poquito más. «Los hijos vienen a casa. Ventilamos, con mascarilla, con distancia, pero los nietos aún no suben a mi casa. Si nos vemos es en espacios exteriores». Todo eso ahora mismo le da igual. «Lo importante es que hemos salido y que pronto nos van a vacunar. No todos los de mi edad, desgraciadamente, pueden decir lo mismo». Ella está ya pensando en algún abrazo furtivo, con precaución, cuando ya esté inmunizada.

Ana y Lorena. Policías Locales

Ana lleva dos décadas de Policía Local en Calahorra. Lorena está ahora en prácticas con ella. Ambas nos explican cómo ha sido este último año en el que la mujer también ha tenido su espacio entre las fuerzas de seguridad que intentaban que la situación en las calles fuese lo más segura posible. «Fue muy difícil, especialmente al principio, en el primer confinamiento. Al final la mayoría de la gente estaba en su casa y los que hacían las cosas mal eran los que las hacen en cualquier otra circunstancia de la vida», cuenta Ana, quien a las pocas semanas de empezar todo ésto pilló el virus.

«Estuvimos en contacto con gente que no hacía en ningún momento las cosas bien y sabíamos que el riesgo era muy alto. Estoy segura de que fue en una persecución donde me contagié. Al final, en momentos así, no tienes tanto cuidado con las medidas y eso que nos pasábamos todo el día limpiando vehículos, desinfectándonos… pero entonces sabíamos tan poco…». A eso se unía el miedo de volver a casa. «No teníamos miedo por nosotros. Asumimos desde el principio que había que estar ahí en primera línea, pero el volver a casa era complicado. No sabías en qué momento podías contagiar a uno de los tuyos». Lorena rememora el momento salir a la calle a trabajar. «El silencio de las calles y el convencimiento de que poder trabajar era, a veces, un privilegio».

En sectores como el de la policía las cosas han cambiado en lo que se refiere a igualdad. No hay diferencia salarial. Los techos de cristal se van rompiendo. «Pero para llegar al mismo sitio las mujeres tenemos que demostrar una valía que al hombre se le da por hecha». Recuerda su llegada a Calahorra. «Decidieron que tenía que estar en centralita, pedí salir a la calle y me costó una semana convencerles. ‘Ana no vuelve a centralita’, dijo mi jefe, pero lo tuve que demostrar».

También reconoce que las cosas han cambiado desde entonces. Así lo ve Lorena, quien acaba de llegar hace unas semanas a Calahorra. «Las posibilidades de llegar ahora son las mismas y el trabajo es el mismo de un compañero hombre y una mujer». Ana se encarga de que esta vez sí sea así. En lo referente al ciudadano el trato es el mismo. «Incluso algunos se acercan más a ti que a tu compañero a preguntar determinadas cosas. No sé si porque te ven más accesible, pero en lo que se refiere a autoridad la gente te trata igual».

Chelo Martínez Querejeta

Vital, apasionada de su familia y pionera en un tiempo en el que no se hablaba aún de techos de cristal ni nadie sabía el significado de la palabra sororidad. Chelo es unas de las más de setecientas víctimas riojanas por el COVID. Falleció el día de su cumpleaños, el pasado 29 de marzo. Pronto hará un año que su marido Manolo, sus cuatro hijos y sus siete nietos no disfrutan ya de su eterna sonrisa.

Pero antes, en sus 87 años de vida, dio muchos de esos pequeños pasos que sirven para demostrar que el feminismo no es una cuestión de hace cuatro días sino que son muchas las mujeres que, a veces incluso sin saberlo, han ido recorriendo la carrera de fondo hacia la igualdad. La pequeña de once hermanos, Chelo siempre hizo lo que le pidió el cuerpo en su juventud. Trabajó en Correos cuando muy pocas mujeres aún lo hacían y hasta hizo temblar al obispo cuando se enteró de que la joven vestía con pantalones.

«Recuerdo que contaba que el obispo llamó a mi abuelo para recriminarle la vestimenta de mi madre. Él le contestó que no entendía que su hija hiciese algo mal, que se los habían mandado desde San Sebastián y que allí las chicas ya los utilizaban», cuenta su hija Chelo.

Dedicada en cuerpo y alma al negocio familiar más tarde y al cuidado de sus hijos y de sus nietos mayores, Chelo supo a la perfección lo que conllevaba la palabra conciliación sin que ni siquiera las más jóvenes aún supiésemos nada de ella. Y así, sin quererlo ni pretenderlo, fue un referente como tantas otras mujeres que nos han dejado en un año en el que se ha demostrado que están ahí por que merecen estarlo. Sin que nadie les haya regalado nada. A veces teniendo que demostrar más que otros y dejándose la vida por hacer las cosas bien hechas y dejar un mundo un poquito mejor a las generaciones que vienen detrás que seguirán dando pasos importantes. Siendo lo que les de la gana, como siempre debió ser. Como a partir de ahora no debe de dejar de ser.

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