Firmas

Cualquier tiempo pasado fue mejor

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En 2015 tuve mi primer contrato como periodista y mi primer despido. Fue un año de emociones fuertes. Hasta estuve a punto de echarme novia. Escribí en El Correo el tiempo que me dejó ‘Bilbao’ -como conocíamos a ese señor que se pasaba por la redacción de vez en cuando a hacer recortes de lo que fuera- y en unos meses pasé de cobrar mi primer sueldo mileurista a estar en el paro. ‘Bilbao’ dijo que “tú” y “tú” a la puta calle el 31 de diciembre y uno de esos “tú” era yo. Mala suerte. Últimos en llegar, primeros en salir. Fácil. No había más vueltas que darle ni más cera que la que ardía.

Un año más tarde del “tú” y “tú” a la puta calle el 31 de diciembre, otro 31 de diciembre será el final de una publicación que cumplirá aquello de “entre todos la mataron y ella sola se murió”. Pocos llorarán su pérdida (apenas le quedaban lectores), aunque ahora saldrán voces lamentando el cierre de otro medio de comunicación. Ni siquiera la muerte de Santiago Nasar había sido más anunciada que esta y a nadie pilla por sorpresa. Cualquier tiempo pasado en El Correo siempre fue mejor (quedaban seis periodistas en una plantilla que había llegado a contar con más de treinta).

Ya no tiene remedio. Los problemas empezaron mucho antes. No son de ayer ni anteayer. Ni siquiera del día en que decidieron que yo escribiera para ellos. Los periodistas de la casa han intentado durante sus 56 años de historia y hasta el último día hacer el periodismo que mejor han sabido, pero las decisiones empresariales han lastrado el pasado, presente y futuro de un rotativo condenado a morir cual toro que sale al albero. No tenía otro destino que echar la persiana desde que en 1993 el Grupo Vocento -también propietario de El Correo- adquirió el diario La Rioja.

¿Para qué dos gallos de una misma empresa en un mismo corral de sólo 320.000 habitantes? La pregunta se contesta casi por sí sola, aunque hayan dejado correr 23 años hasta que se ha consumado la obviedad. Muchos y buenos profesionales son los que han pasado por sus paredes (contando también a los que trabajaban en calzoncillos desde casa) y ellos son los que realmente pierden un trocito de su vida con esta despedida. Ellos son los que tienen otra muesca en la culata mientras los de traje y corbata siguen con su batalla de cifras y asientos contables olvidándose de las letras que cada día llenaban su periódico.

“Yo trabajé hace años en El Correo…”. Una frase que a partir de ahora se convertirá en seña de identidad de unos cuantos que recordarán a ese diario como el abuelo enfermo al que un día decidieron desconectar. Al menos, nos quedará la gente: la manida opción de beber al pie de una barra con todos aquellos que alguna vez hemos pasado por esa redacción y recordar anécdotas como si fuéramos excompañeros del colegio que se reencuentran para ver cuánto han envejecido y qué tal les va. Coincidiremos en lo de siempre: cualquier tiempo pasado fue mejor.

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