La Rioja

El verano en el que Logroño modifica su paisaje sentimental

Blanca, Mari Carmen, Colo, Juanjo o el Achuri han dicho adiós en apenas unos días, simbolizando el relevo de quienes durante décadas han hecho de la ciudad un lugar más reconocible

El 1 de julio siempre marca el comienzo de una nueva etapa. Es el inicio del verano en términos laborales. Y en este 2026 está suponiendo además un cambio visible para Logroño. Mientras unos hacen las maletas para marcharse de vacaciones y otros empiezan a llenar las terrazas, Logroño ha comenzado casi sin darse cuenta a despedirse de algunos de los rostros que durante las últimas cuatro décadas han formado parte de su vida cotidiana. No han sido despedidas oficiales ni han llevado detrás grandes homenajes. Simplemente, una mañana cualquiera, el mostrador de siempre ha dejado de abrirse. Y entonces la ciudad ha descubierto que también cambia cuando quienes han estado toda una vida al otro lado deciden que ha llegado el momento de descansar.

En apenas unos días han coincidido las jubilaciones de Blanca, la carnicera del Mercado de San Blas; Mari Carmen Pablo, al frente de La Huerta de Sarramián; Colo Cortés, alma del Café Bretón; Juanjo Padilla, desde el quiosco de La Glorieta; Juan Carlos Martínez, que ha puesto fin a más de medio siglo de historia familiar en el Achuri de la calle Laurel; o Carmela Rubio… Seis despedidas que, vistas de manera aislada, son historias personales. Contempladas juntas, sin embargo, dibujan algo mucho más interesante: el relevo de una generación que ha contribuido a construir la identidad cotidiana de Logroño.

El Achuri pronto cerrará la persiana ‘sine die’.

Porque Logroño lleva años creciendo. Se expande hacia nuevos barrios, incorpora población y se acerca cada vez más al tamaño de una gran ciudad de tamaño medio en donde sus vecinos prefieren vivir en barios nuevos de la periferia que ocupar el centro mismo de la capital. Sin embargo, conserva una particularidad que quienes viven aquí apenas perciben hasta que empiezan a desaparecer sus protagonistas: sigue funcionando, en muchos aspectos, como un pueblo grande. Un lugar donde todavía es habitual no preguntar quién atiende un negocio, sino directamente por su nombre. Donde no se va a comprar carne, sino «a donde la Blanca»; donde se queda para tomar un café «donde Colo»; donde el periódico espera «en donde Juanjo» y las mejores verduras siguen siendo «las de Mari Carmen». Una forma de hablar que dice mucho de la relación que los logroñeses mantienen con quienes les han acompañado durante media vida.

Colo, emocionado, dice adiós a la terraza de su vida.

Todos ellos pertenecen a una generación que abrió o consolidó sus negocios durante las décadas de los setenta y los ochenta, cuando el comercio de proximidad marcaba el ritmo de los barrios y la hostelería era, sobre todo, un lugar de encuentro. Levantaron empresas familiares sin hablar nunca de emprendimiento, fidelización o experiencia de cliente. Lo hicieron de una manera mucho más sencilla: levantando la persiana cada mañana, comprometidos con la atención diaria a pesar de ese inoportuno catarro porque al cliente no se le puede dejar sin su pedido, aprendiendo el nombre de quien cruzaba la puerta y entendiendo que la confianza no se construía con campañas publicitarias, sino con años de trabajo bien hecho. Sin proponérselo, se han convertido en parte del paisaje sentimental de la ciudad.

Quizá por eso resulta tan significativo comprobar que, cuando todos ellos miran hacia atrás, apenas hablan del producto que han vendido durante toda una vida. Ninguno presume de cifras, de ventas o de balances. Todos hablan de las personas, de los logroñeses, a los que le agradecen una vida de conversaciones.

Blanca se despide de unas clientas ante la mirada de su hijo.

Blanca, que ha pasado casi 35 años detrás del mostrador de su carnicería en el Mercado de San Blas, recuerda todo aquello que ocurría mientras despachaba. «La clientela no te puedes imaginar lo profundo que te llega», confesaba en su último día, todavía emocionada por las muestras de cariño recibidas. Después de décadas escuchando alegrías, enfermedades, nacimientos o despedidas, resumió su oficio con una frase que probablemente comparten muchos comerciantes de su generación: «Aquí somos unos psicólogos. Escuchamos, oímos, vemos y callamos».

Mari Carmen Pablo tampoco ha puesto el foco en las verduras de la huerta del Cortijo que durante tantos años ha vendido en Gonzalo de Berceo. Lo que más va a echar de menos, reconoce, es ese «tú a tú» con la gente del barrio. «Esto más que un comercio de venta es un lugar de encuentro», explicó mientras intentaba contener las lágrimas de clientes que no dejaban de preguntarle qué iban a hacer a partir de ahora. «Nos llevamos recuerdos muy bonitos de gente que entró como cliente y ha pasado a ser verdadera amiga».

Juanjo es el quiosquero de La Glorieta.

En el Café Bretón, Colo Cortés tampoco define su legado por los cafés servidos, los helados o el prestigioso premio literario que impulsó hace más de tres décadas. Prefirió resumir toda una vida con una idea muy sencilla: «La idea siempre es que esto es una continuación del salón de casa». Quizá por eso varias generaciones de logroñeses sienten que una parte de su propia historia también ha transcurrido entre aquellas mesas donde primero jugaron al parchís, más tarde quedaron con los amigos y, con el paso de los años, aprendieron que algunos bares terminan formando parte de la biografía de una ciudad.

Algo parecido ocurre con Juanjo Padilla. Después de «43 años y pico» vendiendo periódicos desde el quiosco de La Glorieta, tampoco recordó primero las grandes noticias que ha visto pasar por sus manos. Cuando se le preguntó qué ha sido lo mejor de toda una vida de madrugones respondió sin pensarlo demasiado: «El trato con la gente es lo mejor». Porque un quiosco nunca ha vendido únicamente periódicos. También ha servido para medir el pulso diario de la ciudad, intercambiar un saludo, comentar una portada o arrancar la jornada con una conversación de apenas dos minutos.

Cuatro negocios completamente distintos que, sin embargo, terminan describiendo exactamente la misma ciudad.

Quizá por eso estas jubilaciones producen una sensación difícil de explicar. Ninguno de ellos ha sido una celebridad. Ninguno ha ocupado portadas de forma habitual. Y, sin embargo, miles de logroñeses sienten que conocen perfectamente a personas con las que, en muchos casos, apenas compartían unos minutos cada semana. Bastaba una compra, un café o un periódico para mantener viva una relación construida durante décadas. Esos vínculos discretos, casi invisibles, son los que acaban dando personalidad a una ciudad mucho más de lo que suelen hacerlo sus edificios o sus grandes proyectos urbanísticos.

Mari Carmen Pablo, gerente de La Huerta de Sarramián.

Las ciudades acostumbran a medir su evolución en cifras: habitantes, viviendas, inversiones o nuevos desarrollos urbanísticos. Pero existe otra manera de comprobar que el tiempo pasa. Basta con fijarse en quién sigue levantando la persiana cada mañana. Cuando quienes han formado parte del paisaje cotidiano durante cuarenta años empiezan a despedirse casi al mismo tiempo, uno comprende que no solo cambian los negocios. También empieza a renovarse la memoria compartida de toda una ciudad. La mudanza de La Roja de la calle Portales agrieta cualquier corazón logroñés.

Y, sin embargo, ninguna de estas historias invita a la tristeza. Todo lo contrario. Todos hablan de la jubilación con la tranquilidad de quien siente que ha cumplido. Blanca quiere pintar, hacer nuevas amistades y recuperar el tiempo que durante tantos años dedicó a los demás. Mari Carmen seguirá cuidando la huerta, aunque ahora solo para los suyos. Colo sueña con leer, mirar el mar y aprender a disfrutar de una vida más lenta. Juanjo solo pide caminar sin mirar el reloj y dejar atrás los madrugones de más de cuatro décadas.

Después de una vida entera pendiente de horarios, proveedores, clientes, trimestrales y balances, nadie discute que ese descanso es más que merecido.

Así que ahora le toca a Logroño acostumbrarse a otros rostros. Seguirá creciendo, levantando nuevos barrios y ganando habitantes. Pero irá perdiendo el alma de pueblo conforme vaya olvidando que detrás de algunos de los negocios más queridos no había una marca ni un logotipo. Hubo personas. Como Blanca, Mari Carmen, Colo, Juanjo, Juan Carlos o Carmela, que durante media vida hicieron algo mucho más importante que vender carne, verduras, periódicos, cafés, vinos o seguros. Han conseguido que una ciudad cada vez más grande siguiera sintiéndose lo suficientemente pequeña como para que todos supieran quién estaba al otro lado del mostrador.

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