La Rioja

El último día de Blanca en la Plaza: tres décadas repartiendo mucho más que carne

El teléfono sonaba este lunes algo indiferente. «Mira, es que ya no voy a hacer pedido alguno porque cierro, que me jubilo». Blanca repite la frase casi de memoria. Tampoco es cuestión de dar muchas más explicaciones a todos esos proveedores que de una u otra marca llamaban cada lunes de buena mañana para ver si meten una entrada nueva en su excell. «Se acabó», resume Blanca de forma tajante.

Y se ha acabado, porque se jubila. Pero hay una pista que la delata. Quiere vivir este último día con normalidad, pero le está costando. Blanca hoy no ha tocado carne, no ha hecho pedidos, no ha preparado pechuga alguna. Y sin embargo, la bata blanca y el delantal negro -su indumentaria durante las últimas tres décadas- siguen formando parte de su traje de oficina. Hasta el último minuto del último día, Blanca es carnicera, que es lo que ha venido siendo desde hace casi 35 años.

Clientas de toda la vida se acercan hasta su pequeño puesto del Mercado de San Blas para despedirse de quien durante décadas ha formado parte de su día a día. Ella ha intentado contener la emoción. A veces lo ha conseguido. Otras, no. A su lado, su hijo le ayuda a recoger el puesto, a hacer ‘las maletas’ hacia una nueva vida. Mientras desmontan el pequeño espacio que durante tantos años ha sido su hogar, es su hijo el que trata de convencerla de que todo saldrá bien. Ella, sin embargo, reconoce que la despedida le deja sentimientos encontrados.

«Angustia, pena, porque son muchos años», resume apenas unas horas antes de comenzar oficialmente una jubilación que llega tras toda una vida ligada al Mercado de Abastos. Su historia empezó mucho antes de abrir su propia carnicería.

Con apenas cinco años ya recorría estos pasillos de la mano de sus padres, que tenían una pollería. Más tarde, con 14, comenzó a trabajar vendiendo en la segunda planta de la plaza pastas para un comerciante de Viana. Después llegaron tres años en Galerías Patricia y, finalmente, la carnicería que ha ocupado hasta este lunes.

«No quería estudiar y había que trabajar», recuerda con la naturalidad de quien aprendió un oficio mucho antes de pensar en otra cosa. Ese oficio se lo enseñó su suegra, también carnicera, aunque reconoce que prácticamente nació entre mostradores. «Desde pequeña he vivido este mundo».

«La Plaza ha sido mi vida»

El Mercado de Abastos es su casa. «Para mí lo ha significado todo, porque ha sido mi vida». Y no habla únicamente del trabajo. Durante décadas ha visto crecer a varias generaciones de familias logroñesas, ha conocido hijos y nietos de sus primeros clientes y ha terminado formando parte de la rutina de cientos de personas.

«La clientela no te puedes imaginar lo profundo que te llega», explica todavía emocionada. Durante estos últimos días ha recibido perfumes, joyas, detalles de todo tipo y, sobre todo, un cariño que no esperaba encontrar con tanta intensidad. «Me han traído mucho cariño y mucho amor. La gente lloraba aquí, en el mostrador».

Asegura que detrás de despachar carne siempre ha habido algo mucho más importante. «Los clientes son fundamentales. La carne ya sabemos que es mi trabajo, pero luego está la humanidad y cómo la gente me ha tratado y yo he tratado a la gente. Ese reconocimiento es muy grande».

Durante los últimos catorce años ha sacado adelante el negocio ella sola. Cada jornada comenzaba antes incluso de que amaneciera. «A las seis y media ya estaba en la puerta», recuerda. Necesitaba aprovechar cada minuto para que todo estuviera listo cuando llegaran los primeros clientes.

Reconoce que ha sido una etapa «muy agotadora», aunque inmediatamente añade otra palabra: «Orgullosa». Una mujer trabajadora bandera.  Y cuando necesitó ayuda siempre apareció su hijo. «Me decía: ‘Mamá, cuando me necesites me llamas’. Yo intentaba llamarle lo menos posible, pero cuando hacía falta venía».

Y todo ese esfuerzo, asegura, ha tenido recompensa. Hay una frase que resume perfectamente lo que ha significado este pequeño puesto para tantas personas. «Aquí somos unos psicólogos. Escuchamos, oímos, vemos y callamos. Y damos consejos dentro de lo que podemos, porque nos los piden».

Durante años ha escuchado alegrías, preocupaciones, enfermedades, nacimientos, despedidas y pequeños problemas cotidianos. Conversaciones que forman parte de ese comercio de proximidad que convierte un mercado en algo mucho más que un lugar donde hacer la compra.

Pero el relevo no llega. Mientras recoge los últimos utensilios del mostrador, Blanca también mira con preocupación el futuro del Mercado de San Blas. Cree que hacen falta más iniciativas para revitalizar el Mercado de San Blas y, sobre todo, relevo generacional. Pero, como hizo ella, «primero hay que aprender el oficio», defiende.

Considera que quien quiera ponerse al frente de un negocio así debería pasar antes por otro establecimiento, aprender de profesionales y adquirir experiencia antes de asumir la responsabilidad de un puesto propio. Pese a las dificultades que atraviesa el comercio tradicional, ella rompe uno de los tópicos más repetidos sobre el mercado. «Dicen que la Plaza va a menos… pero desde la pandemia yo he ido a más».

Una nueva vida

Ahora quiere pintar, apuntarse a actividades, hacer nuevas amistades, cuidar las que siempre ha tenido… en definitiva recuperar el tiempo que durante tantos años ha dedicado al trabajo.

Sabe que echará de menos el bullicio de cada mañana, las conversaciones improvisadas, las confidencias y esa rutina que comenzaba antes de las siete de la mañana.

Este martes su puesto, el puesto de Blanca durante las tres últimas décadas, permanecerá cerrado. De momento no hay relevo. El Mercado de Abastos pierde otro comercio tradicional, otro mostrador que baja la persiana y otro pedazo de esa vida cotidiana que durante décadas ha dado personalidad al mercado. Habrá un poco menos de color entre sus pasillos.

Blanca, en cambio, inicia una etapa completamente distinta. Después de casi 35 años al frente de su carnicería —y de toda una vida ligada al Merado de San Blas desde que llegó siendo apenas una niña de la mano de sus padres— le toca descubrir que también existe un mundo al otro lado del mostrador.

Y quizá esa sea la mejor noticia de todas. Porque mientras el Mercado de San Blas despide a una de sus comerciantes más queridas, ella empieza una vida nueva con la misma ilusión con la que un día, siendo apenas una adolescente, aprendió un oficio que acabaría convirtiéndose en la historia de toda una vida.

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