A Juan José Padilla le han salido «las muelas del juicio» en el quiosco de La Glorieta. Tenía 13 años cuando ya echaba una mano a sus padres, Antonio y Caridad, en aquel pequeño puesto que abrieron en 1975 en uno de los puntos más céntricos de Logroño. Después llegó la mili, el regreso, la enfermedad de su padre y una decisión que terminó marcando toda su vida: quedarse al frente del negocio familiar. Desde entonces han pasado «43 años y pico» de madrugones, días festivos trabajando, periódicos, revistas, chicles, cromos y, sobre todo, clientes.
Ahora Juanjo se jubila. Baja la persiana pero no del todo, porque el quiosco seguirá abierto gracias a un joven que se hará cargo del negocio. «Era como una condición que me había autoimpuesto para poder marcharme tranquilo, el que alguien siguiera con el trabajo que mi familia y yo hemos hecho durante todos estos años». Y así será.
El quiosco actual no es exactamente aquel primer puesto de sus padres. En el año 2001 se modernizó, ganó algo de espacio y se adaptó a un negocio que también había cambiado. «Antes podías vivir prácticamente solo del periódico y de cuatro revistas», recuerda Juanjo. Luego llegaron los años de esplendor de las colecciones, de los fascículos, de los suplementos y de las revistas que llenaban cada rincón. Más tarde, internet lo cambió todo.
El papel resistió pero no bastaba con eso. «Tuvimos que diversificar y buscar otros productos adaptándonos sin perder la esencia». Y en ese momento llegaron los llaveros, las postales, los cromos, los chicles, el agua fresquita… Aún con todo, Juanjo defiende que el periódico en papel sigue teniendo su púbico, «sobre todo gente de 50 para arriba. El resto prefieren las nuevas tecnologías, internet y demás».
Clientes que son familia
Y ese papel, en la Glorieta, ha tenido nombre propio durante décadas. Muchos clientes no necesitaban ni pedir. Juanjo ya sabía qué querían. El diario de siempre, la revista de costumbre, el coleccionable pendiente, el saludo rápido o la pequeña conversación de cada mañana. «Muchos son clientes de toda la vida y ya sabes lo que quieren y cuándo se van a pasar a por ello». Y es que, en un lugar tan de paso como la Glorieta, Juanjo ha construido una familia.

Con la sonrisa siempre en la boca, cuando le pregunto por qué es bonito ser quiosquero Juanjo no habla ni de ventas ni de números ni de pedidos. «El trato con la gente es lo mejor. Siempre hay alguien que se para en la ventanilla: hablas con uno, con otro… Nunca te aburres».
Porque un quiosco de toda la vida no solo vende periódicos. También mide el pulso de la ciudad. Ve pasar las prisas de la mañana, las jubilaciones, los colegios, los cafés, los cambios de gobierno, las obras, las modas, los domingos de paseo y las portadas que se quedan grabadas en la memoria. Desde su pequeño refugio en la Glorieta, Juanjo ha visto cambiar Logroño sin moverse apenas del sitio.
«He tenido días malos, claro, como en todos los sitios». Porque el quiosco también es sacrificio. Sábados, domingos, festivos, frío, calor y muchas horas de pie. «Aquí me he perdido mucho», lamenta. Pero él sigue quedándose con lo bueno. «He conocido a mucha gente. He tenido ratos aquí de tirarme por los suelos de la risa. He estado muy a gusto».
Esta historia, además, tiene una de esas vueltas que parecen escritas para cerrar bien un capítulo. El joven que toma ahora el relevo tiene un vínculo indirecto con los primeros años del quiosco. Su abuelo regentaba una librería en Avenida de Colón y fue distribuidor de revistas. Allí iba Juanjo, con 14 o 15 años, en bicicleta primero y en moto después, a recoger el material cuando todavía no había reparto.
«Para que veas lo que es la vida y las casualidades». Él se marcha y el puesto queda en manos del nieto de aquel distribuidor al que acudía cuando apenas empezaba a entender el oficio. Una especie de círculo que se cierra sin cerrarse del todo, porque la Glorieta seguirá teniendo quiosco, clientes y periódicos esperando a primera hora.
La decisión de jubilarse no le ha costado tanto por la edad, sino por la vida acumulada en ese pequeño espacio. Tiene 65 años y ganas de descansar. «Ya son años y quieras que no te cansas. Todos los días, todos los días…». No tiene grandes planes para esta nueva etapa. O sí, uno muy sencillo: no quedarse quieto. «A mí me gusta mucho andar. En casa no me voy a quedar. Buscaré otras cosas».
Gracias y más gracias
Cuando intenta enviar un mensaje a sus clientes, Juanjo se emociona. Le cuesta ordenar las palabras porque, en realidad, está despidiéndose de mucho más que un trabajo. Está dejando atrás una rutina de 43 años, una herencia familiar y una forma de estar en el mundo.
«Sobre todo, agradecimiento», alcanza a decir. «¡Estoy tan agradecido! He trabajado los años que he estado tan a gusto… Tengo sentimientos encontrados. La alegría de descansar y la pena de abandonar una esquina que ha sido ‘mío’ desde que era casi un crío».


