Natalia Mejías es una persona sorda. Es también presidenta de la Asociación de Personas Sordas de La Rioja, vocal de la junta directiva del CERMI La Rioja y ha sido secretaria general de la CNSE, la Confederación Estatal de Personas Sordas. Pero para poder mantener una conversación en igualdad de condiciones en el podcast Mentes Abiertas, necesita algo que muchas veces la sociedad todavía no garantiza: accesibilidad. Por eso acude acompañada de Stefany Benavides, intérprete de lengua de signos española que ejerce de puente imprescindible para que sus palabras lleguen a quienes oyen y para que las preguntas puedan volver a ella sin barreras.
El capítulo de esta semana (disponible en Ivoox, Spotify y Apple Podcast) aborda una realidad que suele estar cerca, pero que no siempre se mira de frente: cómo es la vida de las personas sordas en un mundo pensado casi siempre para quienes oyen. Ir al médico, pedir una cita, estudiar, trabajar, acudir a una administración, ver una película, participar en una comida familiar o simplemente seguir una conversación en grupo pueden convertirse en situaciones llenas de obstáculos.
«Muchas veces el error más común es gritar o no modular correctamente la voz al hablar», explica Natalia, que recuerda que no hace falta elevar el tono, sino algo mucho más sencillo: «Que haya contacto visual, que vocalices normal, que estés mirando cara a cara y que haya buena iluminación».
Natalia no habla de dificultades abstractas, habla de su día a día. De llamadas que no puede hacer para pedir cita médica, de una caldera rota cuya empresa solo atiende por teléfono, de un banco al que ya ha pedido que se comunique por carta o correo electrónico y que, aun así, sigue llamando. «Ese es el problema que seguimos teniendo como sociedad, que no somos conscientes de todas las barreras que hay a lo largo de un día normal».
También cuenta una escena en el hospital, mientras cuidaba a su abuelo. Para avisar a la enfermera tenía que pulsar un botón, pero después todo el sistema dependía de la voz y del oído. «Yo le llamo, pero no puedo explicarle por qué tiene que venir». Cuando la profesional llegó molesta, Natalia tuvo que explicarle: «Es que soy una persona sorda». La barrera, insiste, no está únicamente en la sordera, sino en un entorno que no se adapta.

La sanidad aparece como uno de los grandes espacios pendientes. Natalia recuerda una visita a su médica de cabecera en la que decidió acudir con intérprete porque estaba agotada de tener que leer los labios. La respuesta fue dolorosa: «Es que tú me entiendes perfectamente a mí». Aquello acabó en una crisis de ansiedad. «Necesitaba que me atendieran en igualdad que todos los pacientes que tienen en el día a día».
Para Natalia, la lengua de signos no es un complemento ni una herramienta menor. «Es mi lengua natural, la que me permite expresarme, poder expresar mis opiniones, poder responderte». Recuerda que tiene su propia gramática, su lingüística y sus valores, «igual que cualquier otra lengua», y que le permite acceder a la información y participar en todos los ámbitos de la vida.
Su historia personal ayuda a desmontar muchos prejuicios. Natalia nació oyente y perdió la audición alrededor de los 18 meses, posiblemente por una enfermedad rara. Durante buena parte de su infancia, su educación fue oralista. «En Primaria me prohibieron totalmente el uso de la lengua de signos», lamenta. Hoy lo define como una «privación lingüística”. Pasaba horas leyendo los labios de los profesores, sin poder apartar la mirada ni descansar. “Mis ojos se agotaban también por estar ahí durante cinco horas todos los días”.

Cuando quiso continuar sus estudios y pidió una intérprete, se la negaron. “Si tú tienes la capacidad perfectamente de leerme los labios y entenderme”, le dijeron. Pero no era suficiente. “Necesitaba la intérprete para poder entender y sentirme más a gusto y atender bien la clase”. El esfuerzo se multiplicaba durante los fines de semana, cuando tenía que recuperar por su cuenta todo lo que se había perdido en el aula.
El podcast también desmonta mitos que siguen vivos. El primero, el término “sordomudo”. “Realmente son dos palabras que han unido y que son totalmente diferentes”, aclara Natalia. La sordera tiene que ver con la audición; la mudez, con la imposibilidad de hablar por un problema en el aparato fonador. “Al final solo somos personas sordas”, reivindica.
Tampoco todas las personas sordas leen los labios. “La respuesta es no, todas no”, recalca. Depende de cada persona, de sus restos auditivos, de su edad, de la vocalización del interlocutor y de muchos otros factores. Además, leer los labios no permite acceder al cien por cien de la información. Lo mismo ocurre con los audífonos o los implantes: ayudan, pero no “curan” la sordera. “Hay que asumir que vamos a ser sordos para toda la vida”, señala.
Salud mental y cansancio acumulado
Mentes Abiertas es un podcast de salud mental, y ahí Natalia pone nombre a una carga silenciosa: ansiedad, aislamiento, agotamiento. “Llevas toda la vida luchando y esforzándote por integrarte. Entonces, al final te cansas”, explica. Lo compara con “una mochila” que se va llenando de piedras cada vez que aparece una nueva barrera.
El acceso a la atención psicológica también resulta complicado. Natalia buscó una profesional que conociera la lengua de signos y la comunidad sorda. Encontró una en Bilbao, pero con una lista de espera de hasta dos años. Finalmente acudió a una psicóloga privada que sabía lengua de signos porque sus padres eran sordos. “Yo tengo los recursos económicos para poder pagarme ese recurso. Pero si no los tengo, imagínate”, plantea.
Stefany Benavides llegó a la lengua de signos casi por casualidad, tras unas prácticas en un campamento con una niña sorda. “Ningún monitor estaba preparado para atender a esa niña”, recuerda. Aquella experiencia le despertó la curiosidad y acabó formándose como intérprete.

Hoy, la realidad en La Rioja es muy limitada. “Realmente, dos y medio se podría decir”, explica sobre el número de intérpretes disponibles, aunque en la práctica la asociación ha llegado a contar con “una intérprete y media” por bajas y jornadas parciales. Las cuentas no salen: pueden acumularse unos 2.000 servicios al año entre médicos, gestiones, reuniones, formación o plenos parlamentarios.
Natalia pide información completa para las familias que reciben el diagnóstico de un hijo sordo, apoyo emocional, intervención temprana y acceso a todos los recursos: audífonos, implantes, lengua oral y lengua de signos. También reclama más adaptaciones en colegios, institutos, universidades, empleos, residencias, centros de día, cine, teatro, televisión y administraciones.
Al final, deja dos ideas sencillas. La primera: no quedarse solo con la discapacidad. La segunda: atreverse a comunicarse. “Que te des la oportunidad de hablar con esta persona adaptándote y no pasa nada”. Porque escuchar, como demuestra este capítulo, no siempre significa oír. A veces significa mirar a la cara, respetar los turnos, preguntar con cuidado y entender que una sociedad inclusiva no se mide por sus discursos, sino por la forma en la que permite participar a todas las personas.


