Mentes Abiertas

Del pabellón psiquiátrico al pabellón deportivo: la portería que salvó a Vicario

Del pabellón psiquiátrico al pabellón deportivo: la portería que salvó a Vicario

Hay victorias que no se celebran levantando una copa. A veces, ganar es volver a salir de casa. Volver a ponerse unos guantes. Volver a mirar una portería sin que duela. Volver a sentirse parte de un equipo después de haber pasado demasiado tiempo peleando contra uno mismo. Luis Ángel Vicario lo sabe bien. Para él, el fútbol nunca ha sido solo un deporte. Durante muchos años fue refugio, identidad, válvula de escape y, con el tiempo, también una forma de volver a la vida.

Su historia es la protagonista del último episodio de Mentes Abiertas (disponible en Ivoox, Spotify y Apple Podcast), el podcast de salud mental de NueveCuatroUno, dedicado esta vez a la relación entre salud mental y deporte. Junto a él participa Ernesto Ortiz, director técnico de la Asociación Salud Mental La Rioja, entidad desde la que nació el Club Deportivo Arfes Rioja. Con ellos hemos tenido una conversación sobre fútbol, estigma, recaídas, motivación y segundas oportunidades. Pero, sobre todo, una conversación sobre esperanza.

Vicario habla con la serenidad de quien ha pasado por lugares muy oscuros y ha aprendido a nombrarlos sin esconderse. Reconoce que su infancia fue «bastante dura», marcada por el maltrato y el bullying. En medio de todo aquello apareció el fútbol. Primero como una actividad más de niño, después como algo mucho más profundo. «Me evadía de todos mis problemas». Los entrenamientos y los partidos de fin de semana le mantenían ilusionado, con ganas de superarse. En la portería encontró un sitio seguro: «Era mi refugio, donde podía ser yo mismo, donde no me sentía juzgado y donde podía sacar mi esencia».

A los cinco años empezó bajo palos. Su padre, también portero, le enseñó a mirar el fútbol desde ese lugar tan particular en el que se vive solo y acompañado a la vez. La portería se convirtió en su sitio en el mundo. Allí creció, compitió, mejoró, pasó por la selección riojana sub-12 y sub-14 y llegó a vivir momentos importantes. Pero también llegaron las heridas, las decepciones, la presión y algunas injusticias deportivas fueron apagando poco a poco aquello que hasta entonces le había sostenido.

A los 18 años tuvo que dejar el fútbol. El golpe fue profundo. Aquello que le había ayudado a sobrevivir empezó a hacerle daño. Ver fútbol, algo que antes le apasionaba, llegó incluso a provocarle llanto. «Lo que había sido un salvavidas dejó de serlo». Entonces decidió poner distancia con el balón y centrarse en los estudios. Más adelante se marchó a Valencia para estudiar la carrera de INEF. En esa etapa comenzó también a acudir a psicólogos y a distintas terapias. Después, la enfermedad mental se hizo más presente. Vicario sufre esquizofrenia paranoide y en 2018 tuvo su primer brote y su primer ingreso psiquiátrico. No fue el único: en total, atravesó cuatro ingresos. Años difíciles, de caída, incomprensión, depresiones y lucha interna.

Las idas y venidas al fútbol fueron varias, hasta que tomó conciencia de que necesitaba medicación, acudió al psiquiatra y comenzó un tratamiento. Desde entonces, no ha vuelto a sufrir ningún brote.

En ese proceso apareció también la Asociación Salud Mental La Rioja. Y con ella, de nuevo, el fútbol. Volvió a ponerse bajo los palos con el Club Arfes Rioja. No fue solo regresar a un campo, sino recuperar una parte de sí mismo. «Me sentí ilusionado por volver a la portería, por superarme y tener esa sensación de identidad, de pertenencia a un grupo».

El deporte como salvación

Para entender la importancia de ese regreso hay que escuchar también a Ernesto Ortiz. El director técnico de Salud Mental La Rioja resume la evolución de la atención a las personas con problemas de salud mental con una imagen poderosa: «Del pabellón psiquiátrico al pabellón deportivo». Recuerda que durante décadas este colectivo estuvo ligado a la marginación, a los hospitales psiquiátricos alejados de los núcleos urbanos y a modelos centrados más en la custodia que en la recuperación. Frente a ese pasado, la asociación nació para defender otro paradigma: que las personas con problemas de salud mental pudieran recuperarse en la comunidad y desarrollar su proyecto de vida como ciudadanos de pleno derecho.

En ese camino, el deporte se convirtió pronto en una herramienta fundamental. Primero de forma informal, dentro del centro ocupacional, y después a través de una estructura propia: el Club Deportivo Arfes Rioja, creado en 1997 para fomentar la actividad física y deportiva entre personas con problemas de salud mental en La Rioja. Su objetivo parece sencillo, pero tiene una enorme profundidad: abrir espacios de bienestar, autonomía, convivencia e integración a través del deporte.

Ortiz insiste en que el deporte aporta mucho más que una mejora física. A nivel emocional y psicológico genera relajación, equilibrio y bienestar personal. Mejora la autoestima, ayuda a recuperar la motivación y permite que muchas personas descubran que son capaces de hacer cosas que quizá habían dejado de creer posibles. Además, tiene un efecto especialmente importante en un colectivo que a menudo arrastra problemas de sobrepeso, sedentarismo, tabaquismo o enfermedades cardiovasculares asociadas a malos hábitos de vida o a los efectos de la medicación.

Pero su valor no se queda ahí. «El deporte de equipo funciona como excusa para salir de la soledad, convivir, compartir éxitos, gestionar derrotas, trabajar el autocontrol y mejorar habilidades sociales que después pueden trasladarse a otros ámbitos de la vida». En un entrenamiento o en un partido se aprenden valores como la cooperación, el compañerismo y la tolerancia a la frustración. Se gana y se pierde, pero sobre todo se pertenece. Para personas que han vivido aislamiento o rechazo, esa pertenencia puede ser una forma de reparación.

«Seguir luchando ya es una victoria»

Vicario lo ha vivido en primera persona. En la asociación encontró «un sitio seguro» en el que podía ser él mismo sin sentirse juzgado. Después de haber sentido el rechazo social y el peso del estigma, el vestuario le devolvió algo fundamental: sentirse parte de un grupo. El camino, sin embargo, no ha sido lineal. Volvió al fútbol, lo dejó de nuevo tras unas críticas que le afectaron profundamente y esta temporada decidió regresar otra vez. El impulso llegó tras un encuentro con Ernesto a la salida de un acto en el Parlamento. «Me dijo algo así como ‘mi portero’», recuerda. Aquella frase se le quedó dentro. Al llegar a casa pensó que había tenido sentimiento de portero toda la vida. Y volvió.

Hace apenas unos días, el Club Arfes Rioja ganó el Torneo Nacional de Fútbol 7 Pro Salud Mental Puerta Abierta. Vicario fue parte de esa victoria. Al preguntarle qué sintió, responde con dos palabras: «Orgullo y felicidad». Pero para él aquel título significó algo más que un resultado deportivo. Fue «el premio a todas las dificultades vividas, una forma de comprobar que seguir en pie también tiene recompensa».

En sus redes escribió una frase que resume todo este viaje: «Seguir luchando ya es una victoria». La entendió después de haber conocido la desesperanza y de haber sentido que no podía más. La entendió gracias a su familia, a sus psicólogos, a sus terapeutas, a los monitores del centro ocupacional y a la asociación. «Me di cuenta de que había que seguir luchando. El origen del que partes no tiene que determinar tu final».

Ese es, quizá, el gran mensaje de su testimonio. La enfermedad mental no define a una persona. No la resume. No la convierte en una etiqueta. Ortiz insiste en ello durante la conversación: no se debe sustantivar a nadie por su diagnóstico. No se trata de hablar de «un esquizofrénico», sino de una persona con esquizofrenia. Una persona con historia, con familia, con miedos, con talento, con heridas y con futuro. En el caso de Vicario, también con unos guantes de portero y una portería a la que ha decidido volver.

Por eso su historia emociona tanto. No porque sea perfecta ni porque responda al relato fácil de caer y levantarse como si todo dependiera únicamente de querer. Emociona porque es real. Porque habla de recaídas, de medicación, de ingresos, de miedo, de familia, de profesionales, de asociación, de deporte y de tiempo. Porque no promete curas milagrosas, sino algo mucho más honesto: la posibilidad de mejorar, de sostenerse y de volver a disfrutar.

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