La Rioja

De micorrizas, glucónico, metabolitos secundarios y del futuro de una región

Uno entra a una mesa sobre vino, agro y tecnología pensando que va a escuchar hablar de inteligencia artificial, drones, sensores, satélites y aplicaciones capaces de controlar el viñedo desde un móvil. Y sí, claro que aparecen drones, satélites y plataformas que predicen enfermedades o calculan el estrés hídrico de una parcela casi en tiempo real. Pero lo interesante de la conversación celebrada este martes en ‘La Redacción de NueveCuatroUno’ dentro del ciclo ‘La Rioja Que Viene’ es que ha acabado demostrando algo mucho más profundo: que Rioja ya no está discutiendo si debe cambiar, sino cómo quiere evolucionar.

Porque el viñedo riojano ya está transformándose. No de forma uniforme, ni al mismo ritmo en todos los sitios, ni tampoco sin resistencias. Pero basta escuchar durante una hora a investigadores, tecnólogos, bodegueros y responsables del sector para entender que el vino que viene se parecerá bastante poco al de hace apenas quince o veinte años. La tecnología ya forma parte de la conversación diaria del viñedo. El cambio climático ha obligado a replantear prácticas históricas. Y conceptos que hace nada parecían reservados a laboratorios o congresos científicos empiezan a entrar en el lenguaje cotidiano del sector.

Uno sale de allí habiendo escuchado hablar con absoluta naturalidad de metabolitos secundarios, glucónico, análisis hiperespectrales, estrés hídrico controlado o micorrizas. Ea. Y con la sensación de que quizá el futuro del vino no se esté jugando únicamente en las bodegas espectaculares, en los mercados internacionales o en las campañas de promoción, sino también en pequeñas decisiones invisibles que ocurren dentro de una planta, en cómo se maneja una cubierta vegetal o en lo que sucede bajo una cepa.

Durante años hemos simplificado el debate tecnológico del vino reduciéndolo a una especie de pelea entre tradición y modernidad. Como si hubiese que elegir entre el viticultor con tractor o el ingeniero con dron. Entre el romanticismo del campo y la frialdad del dato. Y sin embargo, lo interesante de la conversación fue comprobar cómo ambas cosas empiezan a mezclarse.

Una escena reveladora la contó Nathalie Beaucourt al explicar cómo algunos agricultores siguen viendo “hierbas” donde otros ya ven cubiertas vegetales capaces de retener agua y regenerar el suelo. O cuando María Paz Diago explicaba que un deshojado precoz —una práctica agronómica perfectamente estudiada— todavía provoca miradas de sospecha en muchos pueblos. “Se ríen de él en el bar”, hemos escuchado en la mesa. Y quizá ahí aparece uno de los rasgos más fascinantes de Rioja: su enorme complejidad cultural.

Rioja no es solo una región productora de vino. Rioja es una identidad construida durante más de un siglo alrededor de una manera concreta de entender el viñedo. Y cuando un territorio ha tenido éxito durante tanto tiempo, cambiar cuesta mucho más. No por incapacidad, sino precisamente porque durante décadas el modelo funcionó. Tal vez por eso resultó tan interesante escuchar a gente muy distinta coincidir en algo bastante importante: el cambio es necesariamente imparable. Lo que pasa es que el gran cambio quizá no sea tecnológico. Es cultural.

La inteligencia artificial ya está ayudando a predecir enfermedades o producciones. Los satélites ya permiten monitorizar parcelas enteras. Existen sensores capaces de calcular cuándo una planta necesita agua y cuándo no. Se trabaja incluso en sistemas que analizarán la calidad real de la uva en tiempo real cuando entra en bodega para dejar de pagar únicamente por kilos o grado alcohólico. Investigadores riojanos trabajan en proyectos para regenerar suelos utilizando microorganismos vivos o para reutilizar agua regenerada en el viñedo. Todo eso ya está ocurriendo.

En algún momento de la conversación hemos oído hablar de agricultura ecológica y robots en la misma frase. Durante mucho tiempo imaginamos la tecnología agrícola como algo agresivo, industrial o incompatible con la sostenibilidad. Pero la realidad empieza a ser justo la contraria: la tecnología más avanzada puede servir precisamente para intervenir menos. Para aplicar menos tratamientos, para usar menos agua, reducir fertilizantes y  entender mejor el suelo.

La paradoja es fantástica: cuanto más sofisticada se vuelve la agricultura, más intenta parecerse a los equilibrios naturales.

Y elevando la mirada, otra reflexión. La evolución de Rioja no se va a jugar solo en la producción. Ahí está seguramente una de las grandes transformaciones silenciosas que ya vive el sector. Rioja empieza a entender que su fortaleza futura no dependerá únicamente de cuántas botellas produzca, sino de algo mucho más complejo: la suma de marca, territorio y relevancia cultural. Eso cambia completamente la conversación. Porque entonces el viñedo ya no es solo producción agrícola. También es paisaje. Identidad. Turismo. Cultura. Experiencia. Relato. Y por eso el enoturismo se ha convertido en un acelerador tecnológico para muchas bodegas. No porque el turista quiera ver sensores o plataformas digitales, sino porque obliga a las empresas a relacionarse de otra manera con el consumido El visitante deja de ser un comprador anónimo para convertirse en alguien que pisa el territorio, entiende el paisaje y conecta emocionalmente con una marca. Y eso tiene muchísimo valor en un mundo donde el vino ya no compite solo contra otros vinos, sino contra miles de formas distintas de ocio y consumo.

¿Quieres recibir a primera hora del día toda la información de La Rioja en tu e-mail?

* campo obligatorio
To Top