Hay días en los que uno sale de una conversación con más preocupación que optimismo. Y, sin embargo, eso no siempre es una mala noticia. La preocupación, cuando está bien situada, es una suerte de inteligencia. Sirve para no dormirse, para no conformarse, para no repetirnos ese viejo mantra riojano de que aquí se vive muy bien, se come muy bien, se bebe muy bien y, por tanto, todo acabará saliendo bien.
La tercera mesa de La Rioja Que Viene ha dejado una idea tan sencilla como incómoda: la industria riojana tiene futuro, pero ese futuro no está garantizado. Hay empresas haciendo cosas extraordinarias. Empresas que fabrican cápsulas para el mundo, barricas inteligentes, software, soluciones digitales, proyectos industriales con capacidad de crecer y competir fuera. Hay financiación, hay conocimiento, hay instituciones cercanas y una red empresarial mucho más sofisticada de lo que a veces somos capaces de contar.
Pero también hay miedo, inercias, empresas pequeñas que no saben por dónde empezar, polígonos que necesitan más agilidad, logística que se vuelve cada vez más compleja y una digitalización que ya no admite discursos templados.
Durante años hemos relacionado digitalización con hacer una página web, instalar un programa de gestión o pedir una ayuda porque había una convocatoria abierta. Pero la digitalización en la industria realmente va de saber cuánto cuesta fabricar, dónde está cada producto, qué va a necesitar un cliente, qué madera comprar dentro de tres años, qué palé lleva demasiado tiempo parado, qué proceso no tiene sentido seguir haciendo a mano y qué parte de la empresa puede automatizarse antes de que lo haga otro y obtenga ventaja.
La inteligencia artificial ha llegado además para terminar de romper el tablero. Va a afectar al empleo, va a cambiar tareas y seguramente va a sustituir procesos. Y sí, habrá empresas enteras que sufrirán porque otras serán capaces de hacer lo mismo mejor, más rápido y con menos coste. El consuelo de que “esto no va con nosotros” suele durar poco. A veces dura exactamente lo que tarda un competidor en descubrir que sí iba con él.
La conversación entre Víctor de Pablo, Carlos Pagola, Marcos García, Daniel Martínez y José Ramón Aragón en La Redacción de NueveCuatroUno nos ha dejado, además, una reflexión que deberíamos tatuarnos como región. Atraer talento a La Rioja es difícil. Mucho. Podemos vender calidad de vida, cercanía, vivienda más razonable que en Madrid o Barcelona, gastronomía, paisaje y esa comodidad de vivir a una escala humana. Todo eso es verdad. Pero no basta.
No podemos permitirnos que se vayan los que tienen ganas, como ha dicho en la mesa Carlos Pagola. Los que quieren montar una empresa, los que están dispuestos a probar, los que se equivocan, los que preguntan, los que se quedan hasta las cinco de la mañana aprendiendo una herramienta nueva, los que no tienen todavía un gran currículum pero sí hambre, intuición y capacidad de trabajo. Esos que sostienen las regiones pequeñas, que convierten un polígono en una oportunidad y que hacen que una empresa familiar deje de ser una herencia y se convierta en un proyecto.
De la mesa nos llevamos otro reto pendiente para La Rioja: la necesidad de cooperar más y recelar menos. Nos falta compartir y contar mejor lo que hacemos bien. Nos falta sentar en la misma mesa a industrias, compitan o no entre sí, para que compartan proveedores, errores, robots, almacenes, sistemas, ayudas, bancos, sustos y soluciones. Nos falta humildad práctica. Aceptar que otro pueda saber algo que a mí me ahorra tiempo, dinero y disgustos. Y entender que eso nos hará mejores.


